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Mistura: el Perú que deseamos desterrar

septiembre 16, 2011

Mien­tras tanto yo me voy a Misiura, es mi derecho.

Misiura de Exportación

Cuen­tan las malas len­guas lime­ñas –y acaso per­ver­sas– de que Gas­tón Acu­rio es un racista aso­la­pado, un mer­ca­chi­fle del gusto popu­lar, un siba­rita de alto vuelo que uti­liza sus ofi­cios solo para esca­lar en su posi­ción social.

!Inju­rio­sas! repito al uni­sonó al escu­char su voz y pre­sen­cia en cuanto canal de tele­vi­sión se apa­rece por delante para con­tar­nos que jamás será can­di­dato a la pre­si­den­cia de nin­guna enti­dad pública del estado. Amén.

De aquel delan­tal de coci­nero que no se casa con nin­gún gobierno y que sin embargo apoya a todos, de aquel hom­bre que se la jugó por nadie en las pasa­das elec­cio­nes, se arman los hue­sos de un per­so­naje que se sabe mover en los nego­cios de la buena sazón, gas­tro­no­mía de expor­ta­ción que le dicen.

Atri­buirle ver­gon­zo­sas cua­li­da­des a un tenaz mili­tante del sabor demo­crá­tico es caer en el lum­pen bajo golpe de insul­tar por la pura y legen­da­ria envi­dia peruana (como escri­bi­ría mi ex admi­rado C. Hil­de­brandt).

Por un lado Mis­tura es un ejem­plo de lo que la demo­cra­cia sig­ni­fica para los Gas­to­nes Acu­rios de nues­tros tiem­pos: Si quie­res comer tie­nes que pagar, si quie­res pagar tie­nes que hacer cola, si quie­res hacer cola pri­mero tie­nes que entrar, si quie­res entrar tie­nes que pagar y así se cie­rra ese círculo empa­la­goso del nego­cio redondo en clave gastronómica.

Gas­tón Acu­rio tiene todo el dere­cho de ven­der sus pota­jes al pre­cio que mejor le bene­fi­cie, y la gente tiene todo el dere­cho de pagar el pre­cio que pueda, pero qué culpa tiene la ciu­dad Cen­tro His­tó­rico de Lima con­ver­tida ahora en un mer­ca­di­llo de los pla­tos desecha­bles, qué culpa la urbe Patri­mo­nio Cul­tu­ral para con­ver­tirla en res­tau­rante sin tene­do­res, que cul­pan tie­nen los árbo­les deca­pi­ta­dos sin bri­llo para que los tol­dos del cevi­che pue­dan ubi­carse en un mejor lugar. (Ver­sión de Alfredo Vanini)

Existe un con­glo­me­rado en Face­book denun­ciando que Mis­tura dis­cri­mina a los Dis­ca­pa­ci­ta­dos y adul­tos mayo­res, enten­diendo que no exis­ten faci­li­da­des para que la mino­ría se movi­lice mejor entre anti­cu­chos y pes­ca­dos. Yo aún no entiendo –y dis­cul­pen la insis­ten­cia– por­qué la gente tiene que pagar dos veces para con­su­mir un plato de comida y que­jarse de que no haya faci­li­da­des para hacerlo.

El tema no está cerrado pues sen­tado en el metro­po­li­tano que me lleva hacia mi casa en el sur, alguien me cuenta en el camino que un reco­no­cido Cheff peruano se pasa la vida dur­miendo sobre la vereda de la Bene­fi­cen­cia Pública, bus­cando algún edi­fi­cio his­tó­rico de Lima para con­ver­tirlo en un res­tau­rante gour­met de gla­mo­roso mal gusto, como algún día lo dijo entre dien­tes el mis­mí­simo Gas­tón Acu­rio que hubiera pre­fe­rido a la Casa de la Lite­ra­tura con­ver­tida en un “lindo mer­cado”. (min. 8.50)

Mis­tura y sus alre­de­do­res es lo que le pasa a un país con pro­fun­das y arrai­ga­das fisu­ras socia­les, sobre­vi­vien­tes de un modelo neo­li­be­ral y vio­lento. Mis­tura es la ven­de­dora de gela­ti­nas de a 50 cén­ti­mos el vasito y la maza­mo­rra morada que sobre los hom­bros del poder se sabo­rea muy rico casera.

Mis­tura tam­bién podría ser el Perú que algu­nos desea­mos desterrar.

Mien­tras tanto yo me voy a Misiura, es mi dere­cho.

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