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Monseñor Cipriani: El ‘Gran Canciller’ de la Pontificia Universidad Católica del Perú

septiembre 15, 2011

 

Car­de­nal Juan Luis Cipriani

Siem­pre es mejor tomar dis­tan­cia, aguar­dar un momento, espe­rar que los acon­te­ci­mien­tos dis­cu­rran y las pasio­nes se des­ace­le­ren antes de emi­tir opi­nión o jui­cio en asun­tos polé­mi­cos o de suma con­fron­ta­ción. Esa es una lec­ción que un maes­tro uni­ver­si­ta­rio nos repe­tía con insis­ten­cia durante un ciclo en la cáte­dra de redac­ción y argu­men­ta­ción. Esta lec­ción cobra mayor vali­dez cuando se trata de un asunto en el cual el autor de la nota se encuen­tra par­cia­li­zado de ante­mano con la defensa de cier­tos prin­ci­pios y con­cep­tos que lo acer­can a una de las par­tes y lo dis­tan­cian de la adver­sa­ria. Por estas razo­nes, y a pesar del pedido de algu­nos ami­gos que me dis­tin­guen con la lec­tura y comen­ta­rio que sue­len hacer de las refle­xio­nes que trato de difun­dir a tra­vés de este espa­cio, me he tomado un res­piro, he con­tado hasta diez y he pre­fe­rido obser­var aten­ta­mente lo que en las últi­mas sema­nas ha sig­ni­fi­cado el enfren­ta­miento mediá­tico y vio­lento entre dos de las ins­ti­tu­cio­nes más impor­tan­tes del país: El Arzo­bis­pado de Lima, repre­sen­tado por el Car­de­nal de la ciu­dad, Mon­se­ñor Juan Luis Cipriani y la Pon­ti­fi­cia Uni­ver­si­dad Cató­lica del Perú., para muchos, entre los cua­les me incluyo, el cen­tro de for­ma­ción uni­ver­si­ta­ria de mayor pres­ti­gio en nues­tro país.

Los días han trans­cu­rrido, y can­sado de ver cómo los medios de comu­ni­ca­ción y algu­nos perio­dis­tas, con­ver­ti­dos de un tiempo a esta parte en publi­cis­tas y faná­ti­cos defen­so­res del car­de­nal, vier­ten una serie de men­ti­ras sobre este dife­rendo, he tomado la deci­sión de pro­nun­ciarme con la fina­li­dad de acla­rar algu­nas medias ver­da­des o infie­les men­ti­ras, pro­pa­la­das por esta prensa, pro­ducto, espero yo, de la igno­ran­cia en temas de índole jurí­dico y no del evi­dente carga mon­tón que de un tiempo a esta parte se cierne sobre la uni­ver­si­dad con el único ánimo de res­tarle pres­ti­gio e impor­tan­cia en nues­tra comu­ni­dad, impul­sado, como tam­bién creo resulta evi­dente, por un sec­tor con­ser­va­dor e into­le­rante que busca hacer de la PUCP un cen­tro de for­ma­ción aca­dé­mico en el cual la crí­tica, la liber­tad, la tole­ran­cia y el res­peto por la plu­ra­li­dad de pun­tos de vista sean valo­res que se dero­guen y cedan posi­cio­nes frente al dis­curso mono­corde que desde muy arriba se pre­tende impo­ner por per­so­na­jes de espí­ritu y men­ta­li­dad pro­fun­da­mente ultramontanos.

El car­de­nal, mal acon­se­jado, segu­ra­mente por algu­nos abo­ga­dos ávidos de algu­nas mone­das, por­que para ganar dinero siendo abo­gado no se nece­sita tener de lado a la razón, al menos así parece ser en nues­tro país, afirma o quiere creer con fe ciega, con esa misma fe que él ha invo­cado tan­tas veces para defen­der las posi­cio­nes más retró­gra­das jamás vis­tas, tener dere­chos de pro­pie­dad sobre los bie­nes cedi­dos como legado por Riva Agüero a la PUCP. Pues bien, esta afir­ma­ción es abso­lu­ta­mente falsa, cual­quier per­sona que haya cur­sado los pri­me­ros ciclos de dere­cho en la uni­ver­si­dad más humilde de este país sabe la dis­tin­ción exis­tente entre la figura del Pro­pie­ta­rio y la del Alba­cea. Este dato es impor­tante pues si uno revisa el tes­ta­mento de Riva Agüero lle­gará a la con­clu­sión de que la par­ti­ci­pa­ción del Arzo­bis­pado de Lima en la Junta de Admi­nis­tra­ción de bie­nes ins­ti­tuida por el difunto es en cali­dad de alba­cea, por ello en el men­cio­nado texto se habla de “alba­ceazgo man­co­mu­nado” y no de copro­pie­dad entre esta ins­ti­tu­ción y la PUCP con res­pecto a los bie­nes cedidos.

¿Y qué hacen enton­ces los alba­ceas? Los alba­ceas, y así se señala expre­sa­mente en el Código Civil peruano y en toda la doc­trina escrita sobre el tema, admi­nis­tran la volun­tad del tes­ta­dor velando por el cum­pli­miento fiel de la misma, esa que en este caso en par­ti­cu­lar ha sido cum­plida en todos sus extre­mos. Riva Agüero dis­puso que los bie­nes pasa­sen a pro­pie­dad de la uni­ver­si­dad, sin nin­gún tipo deli­mi­ta­ción, res­tric­ción o con­di­ción, a los 20 años de su muerte y siem­pre que la PUCP siguiese fun­cio­nando como enti­dad edu­ca­tiva, con­di­ción que como todos sabe­mos se cum­plió a caba­li­dad. En tal sen­tido, pode­mos afir­mar sin lugar a equí­vo­cos que el patri­mo­nio de la PUCP, valo­ri­zado en varios millo­nes de dóla­res, de ahí la astu­cia y codi­cia de algu­nos por pre­sen­tarse como pro­pie­ta­rios cuando en reali­dad no lo son, resulta de la suma de los bie­nes lega­dos por Riva Agüero y de la explo­ta­ción que de ellos ha hecho la uni­ver­si­dad en cali­dad de pro­pie­ta­ria durante muchos años, ade­más del esfuerzo de sus tra­ba­ja­do­res y de las pen­sio­nes de los alum­nos y ex alum­nos, grupo este último entre los cua­les me encuentro.

Ahora bien, y como men­tir no cuesta nada, y mucho menos cuando se pone de garante a Dios, al Papa, a la Igle­sia Cató­lica, o a algu­nos mal inten­cio­na­dos polí­ti­cos que se pres­ta­ron al juego del car­de­nal e hicie­ron del besa manos una prác­tica dia­ria, se ha seña­lado tam­bién que la PUCP está obli­gada a modi­fi­car sus esta­tu­tos en los tér­mi­nos dic­ta­dos desde Roma por las auto­ri­da­des de la Santa Sede.

¿Por qué la PUCP no mues­tra un mayor res­peto por Roma y acata man­sa­mente sus órde­nes si es o se pro­clama “Cató­lica”? Pri­mero, por­que jurí­di­ca­mente hablando la uni­ver­si­dad, como cual­quier otra en nues­tro país, se rige por sus pro­pios esta­tu­tos y por la Cons­ti­tu­ción y las leyes de la Repú­blica. Segundo, por­que de acuerdo a la legis­la­ción vigente la PUCP elige a su rec­tor con el voto mayo­ri­ta­rio de la Asam­blea Uni­ver­si­ta­ria. Este dato es impor­tante ya que casual­mente lo que el Arzo­bis­pado de Lima quiere es que se modi­fi­que en el esta­tuto el modo de elec­ción de la máxima auto­ri­dad. Según el Arzo­bis­pado, la deci­sión final sobre quién asume el cargo de rec­tor lo debe tomar Roma y no este órgano de gobierno uni­ver­si­ta­rio. Si a eso le suma­mos que en 1978 mediante un Tra­tado fir­mado por El Vati­cano y el gobierno de nues­tro país, el pri­mero aceptó estas reglas de juego, no vemos cómo, o bajo que jus­ti­fi­ca­ción, 33 años des­pués, el car­de­nal pre­tende sen­tar en el edi­fi­cio del rec­to­rado a un amigo suyo y no a quien los alum­nos, los pro­fe­so­res y los miem­bros de la comu­ni­dad PUCP eli­gen libre­mente. Y ter­cero, por­que ceder a esta pre­sión abri­ría un espa­cio para la cen­sura o el veto de aca­dé­mi­cos e inte­lec­tua­les que siendo pro­fe­so­res de la PUCP no podrían acce­der a este cargo por el solo hecho de no comul­gar o defen­der las ideas del car­de­nal, dicho de manera más sen­ci­lla, nin­gún pro­fe­sor de corte libe­ral o pro­gre­sista sería ele­gido rec­tor por muchos que sean sus logros y triun­fos alcan­za­dos en el campo cien­tí­fico y aca­dé­mico, sobre todo si el “pen­sa­miento Cipriani” se impone, como al pare­cer sucede, sobre el de los demás entre el clero.

Algu­nas per­so­nas, entiendo yo, aje­nas a la comu­ni­dad PUCP, u otras muy cer­ca­nas pero sega­das por sus pro­pios pre­jui­cios y fobias más ínti­mas y per­so­na­les, creen ver en esta disputa una con­fron­ta­ción de tipo eco­nó­mico y comer­cial. Nada más ale­jado de la reali­dad. Defen­der la pro­pie­dad de la PUCP, defen­der la auto­no­mía y la inde­pen­den­cia de la uni­ver­si­dad, de todas las uni­ver­si­da­des del país, no supone única­mente velar por sus bie­nes o ren­tas, supone tam­bién, y creo que ello es lo más impor­tante, garan­ti­zar un espa­cio de diá­logo per­ma­nente, un espa­cio que por su pro­pia natu­ra­leza y deno­mi­na­ción debe ten­der a la expan­sión y a la difu­sión del cono­ci­miento uni­ver­sal de modo libre.

El pleito jurí­dico, como bien lo señalan algu­nos ana­lis­tas, es impor­tante, sin dudas es impor­tante, será en los tri­bu­na­les civi­les en los cua­les se deter­mine los alcan­ces del tes­ta­mento de Riva Agüero, y los dere­chos de pro­pie­dad exis­ten­tes sobre su legado, algo que en mi opi­nión no admite mayor dis­cu­sión, sin embargo, del otro lado tene­mos el debate social y polí­tico en torno al tipo de uni­ver­si­dad que se quiere cons­truir y los valo­res que se deben defen­der en estos espa­cios de cono­ci­miento. Defen­der la liber­tad de cáte­dra, la sana crí­tica, el diá­logo abierto y libre entre todos los miem­bros de una comu­ni­dad uni­ver­si­ta­ria son los ele­men­tos que carac­te­ri­zan una ense­ñanza demo­crá­tica en la cual nin­gún alumno, pro­fe­sor o per­so­nal admi­nis­tra­tivo es per­se­guido o cen­su­rado por el solo hecho de no com­par­tir una visión polí­tica, ideo­ló­gica o reli­giosa deter­mi­nada. Son estos los valo­res que casual­mente ha venido defen­diendo la PUCP a lo largo de toda su his­to­ria, incul­cando en sus alum­nos la nece­si­dad por la cons­truc­ción de un país más soli­da­rio, apo­yada en los prin­ci­pios de tole­ran­cia y plu­ra­lismo, tan impor­tan­tes en una socie­dad tan hete­ro­gé­nea como la nuestra.

Todo ello lo digo con la auto­ri­dad y el cono­ci­miento que me da el haber tenido el pri­vi­le­gio de estu­diar y de desem­pe­ñarme como asis­tente de cáte­dra, pri­mero, y como pro­fe­sor adjunto luego, en esta casa de estu­dios. En la uni­ver­si­dad, en mi uni­ver­si­dad, se res­pira un clima de liber­tad y fres­cura que hacen posi­ble un libre inter­cam­bio de ideas y pun­tos de vista. En mi uni­ver­si­dad no exis­ten libros prohi­bi­dos, como quizá lo pro­pon­dría Fran­cisco Tudela con auto­res como Lenin, Marx o Mao, tam­poco exis­ten pelí­cu­las prohi­bi­das, como seguro sería el deseo del car­de­nal Cipriani con films como La última Ten­ta­ción de Cristo, por ejem­plo. En mi uni­ver­si­dad se pro­pi­cia la lec­tura en todos su nive­les y en todas sus for­mas, y se pro­pende al debate entre alum­nos y pro­fe­so­res, por­que se entiende que el camino más cer­tero hacia el cono­ci­miento es la lec­tura y que más impor­tante que escu­char a los que pien­san como uno es tener la opor­tu­ni­dad de com­par­tir con aque­llos que pre­sen­tan pun­tos de vista anta­gó­ni­cos a los nues­tros, pues esa es la manera racio­nal de refor­zar nues­tras creen­cias, replan­tear­las o aban­do­nar­las por com­pleto pero de manera abso­lu­ta­mente libre sin pre­sio­nes de nin­gún tipo.

No soy cató­lico, nunca lo he sido, pero espero por el bien de la uni­ver­si­dad que la gra­cia de Dios recaiga sobre las men­tes de todos los cre­yen­tes invo­lu­cra­dos y les devuelva la cor­dura. Estoy seguro que este entuerto puede ser resuelto de manera amis­tosa, no existe nece­si­dad de tras­la­dar a los medios asun­tos que debie­ron ser resuel­tos al inte­rior de la pro­pia comu­ni­dad uni­ver­si­ta­ria. Resulta penoso ver cómo la máxima auto­ri­dad de la Igle­sia Cató­lica y el rec­tor de la más impor­tante uni­ver­si­dad del país se sumer­gen en un fuego cru­zado de insul­tos, impro­pe­rios y adje­ti­vos agra­vian­tes. El pro­blema, para la igle­sia, como lo hace notar con inte­li­gen­cia la perio­dista y abo­gada, Rosa María Pala­cios, ex alumna de la PUCP, a la cual pue­den acu­sar de todo menos de no ser una mujer cató­lica, apos­tó­lica y romana mili­tante, es que cuando el rec­tor de una uni­ver­si­dad se equi­voca, genera un pasivo que debe ser asu­mido por los miem­bros de su uni­ver­si­dad, pero cuando la máxima auto­ri­dad ecle­sial miente, difama, y ame­naza con el apoyo de “los de siem­pre” quien debe hacerse cargo de esa deuda es toda la feli­gre­sía. Los cató­li­cos de nues­tro país no se mere­cen este fes­tín de inju­rias y calum­nias, los perua­nos no nos mere­ce­mos esto, pero sobre todo, los alum­nos de esta casa de estu­dios no mere­cen ver alte­rado su desa­rro­llo aca­dé­mico y per­so­nal por la tor­peza de estos hom­bres. Ya viene siendo hora que esto acabe, el rec­tor debe mos­trar fir­meza en la defensa de sus fue­ros pero al mismo tiempo res­peto por las auto­ri­da­des ecle­sia­les y el car­de­nal Cipriani, deberá dejar de lado sus pre­jui­cios, sus mie­dos, sus odios hacia todo aquel que se siente a su izquierda y quiera ser libre, pues de no ser así, ter­mi­nará siendo recor­dado como “El Gran Can­ci­ller del odio, la codi­cia y el embuste”.

Rafael Rodrí­guez Campos

http://www.agoraabierta.blogspot.com

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