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El César Vallejo que yo conocí

abril 15, 2011

 

Publi­cado en 1944, este texto es un recuerdo y un retrato del escri­tor peruano César vallejo, maes­tro de Ciro Ale­gría en sus años de infancia

‘…Me moriré en París con agua­cero, un día del cual tengo ya el recuerdo…’

Por Ciro Alegría:

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sie­rra del norte del Perú, situada exac­ta­mente en las últi­mas estri­ba­cio­nes andi­nas de la pro­vin­cia de Hua­ma­chuco. Se llama Mar­ca­bal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abis­mal del río Mara­ñón, el res­coldo cálido de la selva ama­zó­nica. Mi vida había sido la de un niño cam­pe­sino, hijo de hacen­da­dos, a quien su padre enseña en el momento opor­tuno a leer y escri­bir pasa­ble­mente y las artes más nece­sa­rias de nadar, cabal­gar, tirar al lazo y no asus­tarse frente a los lar­gos cami­nos y las tor­men­tas. Alter­naba mis tra­ji­nes por el campo –donde me pla­cía de modo espe­cial un paraje for­mado por cierto árbol grande y cierta pie­dra azul– con lec­tu­ras de Ander­sen, Las mil y una noches y otros libros mara­vi­llo­sos, entre ellos un grueso volu­men del natu­ra­lista Rai­mondi sobre via­jes y explo­ra­cio­nes de la selva que me pare­cía igual­mente fan­tás­tico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estu­diarla sino como un pio­nero. Con­quis­ta­ría ese mundo poblado de árbo­les innu­me­ra­bles y de indios bravos.

A los siete años de edad, tales eran mis cono­ci­mien­tos y mis anhe­los, pero mis padres abri­ga­ban ideas más amplias sobre mi pre­pa­ra­ción y un día me anun­cia­ron que debía ir a Tru­ji­llo, una lejana ciu­dad de la costa, a estu­diar. En com­pa­ñía de un her­mano menor de mi padre, que pasó con noso­tros sus vaca­cio­nes, hice el largo viaje. Ésos fue­ron para mí reve­la­do­res días en que tro­ta­mos a tra­vés de dos de las ris­co­sas cade­nas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cáli­dos ubi­ca­dos en el fondo de las que­bra­das y los ríos y subiendo, otras tan­tas, hasta altos pára­mos rodea­dos de rocas con­tor­sio­na­das. Vimos muchos pue­blos y aldeas y nos gol­pea­ron fre­cuen­te­mente los tena­ces vien­tos y llu­vias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apun­tar que estu­vi­mos en la ciu­dad de Hua­ma­chuco, capi­tal de nues­tra pro­vin­cia, y que saliendo de allí y al enca­mi­nar­nos hacia una cor­di­llera muy alta, se abrió el camino de la ciu­dad de San­tiago de Chuco, capi­tal de la pro­vin­cia limí­trofe, donde había nacido César Vallejo.

En ese largo viaje a caba­llo, que duró siete días sin con­tar el tiempo que pasa­mos en casa de ami­gos que mi padre tenía en la región, me impre­sio­na­ron sobre todo las altas mon­ta­ñas de los Andes, la puna enhiesta, llena de sole­dad y silen­cio y una sobre­co­ge­dora dra­ma­ti­ci­dad que parece nacer de sus inmen­sas rocas que se par­ten, for­mando abis­mos de vér­tigo, o tre­pan y tre­pan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo enca­po­tado del cielo. A veces, el pai­saje se dul­ci­fica un poco, tiene bon­dad de árbo­les fru­ta­les en los valles y ter­nura de sem­bríos ondu­lan­tes en las lade­ras, pero todo ello no es sino una tre­gua, por­que pre­do­mi­nan las rijo­sas mon­ta­ñas que se des­nu­dan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí per­sis­tirá siem­pre la impre­sión, que es como una herida, del pai­saje abrupto hecho de ele­va­das mese­tas, donde ape­nas cre­cen pajo­na­les ama­ri­llen­tos, y de roque­da­les cla­man­tes. Hay tris­teza y sobre todo una angus­tia per­ma­nente y callada. Los habi­tan­tes de ese vasto drama geo­ló­gico, casi todos ellos indios o mes­ti­zos de indio y espa­ñol, son silen­cio­sos y duros y se pare­cen a los Andes. Aun los de pura ascen­den­cia his­pá­nica o los forá­neos recién lle­ga­dos, aca­ban por mos­trar el sello de las influen­cias telú­ri­cas. Azo­ta­dos por las incle­men­cias de la natu­ra­leza y las incle­men­cias socia­les –en expo­ner éstas ya he empleado varios cen­te­na­res de pági­nas– sufren un dolor que tiene una dimen­sión de siglos y parece con­fun­dirse con la eternidad.

Todo lo dicho viene a cuento por­que, días des­pués de aquel viaje, debía encon­trar en mi pro­fe­sor César Vallejo a un hom­bre que pro­ce­día de esos extra­ños lados del mundo y los lle­vaba en sí. El caso es que lle­ga­mos a Tru­ji­llo, ciu­dad de la costa clara y soleada, agra­da­ble­mente cálida. En su ambiente colo­nial, con trece igle­sias de labra­dos alta­res y casas de gran­des por­to­nes, patios amplios y bal­co­nes de estilo morisco, daban su nota de moder­ni­dad los auto­mó­vi­les que corrían por calles pavi­men­ta­das, la luz eléc­trica, los tre­nes que tra­que­tea­ban y pita­ban yendo y viniendo de los valles azu­ca­re­ros o el puerto pró­ximo. Mi niñez, acos­tum­brada a la natu­ra­leza vir­gen, estaba muy asom­brada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclu­sive de la nume­rosa gente locuaz, que ves­tía a la moda. Hasta que un día, cuando mis pier­nas endu­re­ci­das y ado­lo­ri­das por la cabal­gata se agi­li­za­ron, mi abuela resol­vió man­darme a clase.

Un cir­cuns­pecto señor, car­gado de años y sapien­cia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y enton­ces escu­ché por pri­mera vez el nom­bre de Vallejo y las dis­cu­sio­nes que pro­vo­caba. Se habló de que al día siguiente ini­cia­ría mis estudios.

–Si tuviera un nieto –opinó el señor en un tono de suge­ren­cia– lo man­da­ría al Semi­na­rio. Está regido por ecle­siás­ti­cos y es muy conveniente…

Yo era todo oídos escu­chando esa con­ver­sa­ción que me reve­laba mi des­tino de estu­diante. Mi abuela repuso con dignidad:

–Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Cole­gio Nacio­nal de San Juan. Es lo que ha dicho ter­mi­nan­te­mente. Todos los hom­bres de la fami­lia se han edu­cado allí.

-¿Y a qué año va a ingresar?

–Al pri­mer año de primaria…

El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:

-¡Mi señora!, ésa ya no es cues­tión de cole­gios sino de buen sen­tido… ¿Sabe usted quién es el pro­fe­sor de pri­mer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hom­bre a quien le falta un tornillo…

–Al fin y al cabo… para ense­ñar el pri­mer año… –dijo mi abuela tra­tando de calmarlo.

Mas nues­tro visi­tante estaba evi­den­te­mente resuelto a sal­var del peli­gro a un pobre niño inde­fenso como yo, y argumentó:

–No, no, mi señora… Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sor­pren­dió ver que el niño estaba leyendo el periódico…

Mi pre­sunto sal­va­dor puso una cara de des­con­suelo cuando mi abuela apuntó:

–Sí, ya sabe leer y escri­bir acep­ta­ble­mente, pero no las otras mate­rias que se ense­ñan en el pri­mer año.

El anciano estaba evi­den­te­mente resuelto a ago­tar todos sus recur­sos para librar a mi pobre cere­bro de influen­cias per­tur­ba­do­ras, y tomó un rumbo más pacificador.

–Pero no me va usted a dis­cu­tir, señora mía, que en cuanto a edu­ca­ción y espe­cial­mente en cuanto a reli­gión se refiere, el Semi­na­rio es el mejor cole­gio. Está adqui­riendo mucho prestigio…

Y mi abuela:

–En San Juan tam­bién ense­ñan la reli­gión, según el regla­mento de estu­dios, y no son anticatólicos…

El señor aban­donó la par­tida, pero sin duda para con­so­larse a sí mismo se puso a hacer con­si­de­ra­cio­nes fata­les para el moder­nismo y no sé cuán­tos ismos más y luego echó rayos y cen­te­llas de carác­ter esté­tico con­tra el arte de mi pro­fe­sor, todo lo cual no entendí. Mar­chóse por fin, lle­ván­dose una expre­sión de dis­creta con­tra­rie­dad y no sin desearme buena suerte en una forma entre espe­ran­zada y compasiva.

Me fue difí­cil con­ci­liar el sueño en medio de la inquie­tud que se apo­dera de un niño que irá a la escuela por pri­mera vez y pen­sando en mi pro­fe­sor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había lla­mado loco cuando no idiota.

Mi com­pa­ñero de viaje, que era tam­bién estu­diante del mismo cole­gio, me llevó hasta el local.

–Por aquí no entran uste­des –me dijo al lle­gar a una gran puerta sobre la cual se leía la ins­crip­ción dios y la patria-, esta puerta es para noso­tros los de la sec­ción media. Vamos por allá…

Cami­na­mos hasta la esquina y, vol­teando, se abrió a media cua­dra la puerta que usa­ban los pro­fe­so­res y alum­nos de la sec­ción pri­ma­ria. Nos detu­vi­mos de pronto y mi tío pre­sen­tóme a quien debía ser mi pro­fe­sor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hie­rá­tico, me pare­ció un árbol des­ho­jado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por pri­mera vez vi el intenso bri­llo de sus ojos cuando se inclinó a pre­gun­tarme, con una tierna aten­ción, mi nom­bre. Cam­bió luego unas cuan­tas pala­bras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entra­mos a un pequeño patio donde juga­ban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del pri­mer año. Ya allí, se puso a levan­tar la tapa de las car­pe­tas para ver las que esta­ban desocu­pa­das, según había o no pren­das en su inte­rior, y me señaló una de la pri­mera fila diciéndome:

–Aquí te vas a sen­tar… Pon aden­tro tus cosi­tas… No, así no… Hay que ser orde­nado. La piza­rra, que es más grande, debajo y encima tu libro… Tam­bién tu gorrita…

Cuando dejé arre­gla­das todas mis cosas, siguió:

–Muchos niños pre­fie­ren sen­tarse más atrás, por­que no quie­ren que se les pre­gunte mucho… Pero tú vas a ser un buen niño, buen estu­diante, ¿no es cierto?

Yo no sabía nada de las peque­ñas mañas de los chi­cos, de modo que no enten­día bien a qué se refe­ría, pero con­testé con ingenuidad:

–Sí, mi mamita me ha dicho que estu­die mucho…

Él son­rió dejando ver unos dien­tes blan­quí­si­mos y luego me con­dujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chi­cue­los que esta­ban por allí jugando la pega y le dijo:

–Éste es un niño nuevo: llé­valo a jugar…

Enton­ces se mar­chó y vinie­ron otros chi­cos, todos los cua­les se pusie­ron a mirarme curio­sa­mente, son­riendo. “¡Serrano cha­poso!”, comentó uno viendo mis meji­llas colo­ra­das, pues los habi­tan­tes de la costa tie­nen gene­ral­mente la cara pálida. Los demás se echa­ron a reír. El chico encar­gado de lle­varme a jugar, me pre­guntó sabiamente:

-¿Sabes jugar la pega?

Le dije que no, y él sentenció:

–Eres muy nuevo para saber jugar…

César Vallejo y Geor­gette Phi­lip­part (Paris)

Me deja­ron para seguir corre­teando. Yo estaba muy azo­rado y el bulli­cio que arma­ban todos me atur­día. Bus­qué con la mirada a mi pro­fe­sor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, con­ver­sando con otro pro­fe­sor gordo y de bigote erguido, buen hom­bre a quien yo tam­bién habría de lla­mar Cham­po­llion, como hacían los estu­dian­tes desde muchas gene­ra­cio­nes atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cru­zando otra puerta, lle­gué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí cami­nando y encon­tré otro patio, donde los estu­dian­tes eran más gran­des. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salo­nes, muchas arque­rías. Las pare­des esta­ban pin­ta­das de un rojo claro, casi son­ro­sado, qui­zás para tem­plar la seve­ri­dad de un edi­fi­cio que, en anti­guos tiem­pos, había sido con­vento. Sonó la cam­pana y yo no supe vol­ver a mi salón. Me perdí, entrando equi­vo­ca­da­mente a otro. Vino a sacarme de mi con­fu­sión el pro­pio Vallejo quien, al notar mi ausen­cia, se había puesto a bus­carme de salón en salón. Cogién­dome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sen­sa­ción que me pro­dujo su mano fría, grande y nudosa, apre­tando mi pequeña mano tímida y hui­diza debido al azoro. Me quise sol­tar y él me la retuvo. Mien­tras cami­ná­ba­mos por los amplios corre­do­res desier­tos me iba diciendo sin que yo ati­nara a responderle:

-¿Por qué te pusiste a cami­nar? ¿Te encon­traste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio… Este cole­gio es muy grande… ¿Estás triste?

Lle­ga­mos a nues­tro salón y me con­dujo hasta mi banco. Él pasó a ocu­par su mesa, situada a la misma altura de nues­tras car­pe­tas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a noso­tros. En ese momento me di cuenta de que el pro­fe­sor no se recor­taba el pelo como todos los hom­bres, sino que usaba una gran melena lacia, abun­dante, nigé­rrima. Sin saber a qué atri­buirlo, pre­gunté en voz baja a mi com­pa­ñero de banco: “¿Y por qué tiene el pelo así?”. “Poeta es poeta”, me cuchi­cheó. La per­so­na­li­dad de Vallejo se me antojó un tanto mis­te­riosa y comencé a hacerme muchas pre­gun­tas que no podía con­tes­tar. Él había de sacarme de mi per­ple­ji­dad dando, con la regla, dos gol­pe­ci­tos en la mesa. Era su modo de pedir aten­ción. Anun­ció que iba a dic­tar la clase de geo­gra­fía y, engar­fiando los dedos para simu­lar con sus fla­cas y more­nas manos la forma de la tie­rra, comenzó a decir:

–Niñosh… la Tie­rra esh redonda como una naranja… Eshta mishma Tie­rra en que vivi­mos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.

Hablaba len­ta­mente, sil­bando en forma pecu­liar las eses, que así sue­len pro­nun­ciar­las los natu­ra­les de San­tiago de Chuco, hasta el punto en que por tal carac­te­rís­tica son reco­no­ci­dos por los mora­do­res de las otras pro­vin­cias de la región.

Se levantó des­pués para dibu­jar la Tie­rra en el piza­rrón y durante toda la clase nos repi­tió que era redonda, no siendo eso lo único sor­pren­dente sino tam­bién que giraba sobre sí misma. Dio como prue­bas las de la salida y puesta del sol, la forma en que apa­re­cen y des­a­pa­re­cen los bar­cos en el mar y otras más. Yo estaba sen­ci­lla­mente mara­vi­llado, tanto de que este mundo en el cual vivi­mos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi pro­fe­sor. Cuando la cam­pana sonó anun­ciando el recreo, César Vallejo se lim­pió la tiza que blan­queaba sobre una de sus man­gas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los gar­fios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que con­ver­saba con los otros pro­fe­so­res. Digo esto por­que tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estu­dio. La pró­xima sería de lec­tura. Había que repa­sar la lec­ción. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sec­ción de Pato. Tuve con­fianza en mi sabi­du­ría y le dije:

–Ya pasé Pato hace tiempo. Tam­bién Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro…

Vallejo me miró inquisitivamente:

-¿Sabes tam­bién escribir?

A mi res­puesta afir­ma­tiva, me pidió que escri­biera mi nom­bre y des­pués el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escri­bir su ape­llido, pero tuve suerte al deci­dirme y salí bien. Me probó con otras pala­bras y una frase larga.

La cosa pare­cía diver­tirle. Des­pués me preguntó:

–Y si sabes leer y escri­bir, ¿por qué te han puesto en pri­mer año?

–Por­que no sé otras cosas…

Enton­ces me dijo que fuera a sen­tarme. Traté de con­ver­sar con mi com­pa­ñero de banco, quien me cuchi­cheó que estaba prohi­bido hablar durante la hora de estudio.

Miré a mi profesor.

César Vallejo –siem­pre me ha pare­cido que ésa fue la pri­mera vez que lo vi– estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abun­dosa melena negra su faz mos­traba líneas duras y defi­ni­das. La nariz era enér­gica y el men­tón, más enér­gico toda­vía, sobre­sa­lía en la parte infe­rior como una qui­lla. Sus ojos oscu­ros –no recuerdo si eran gri­ses o negros– bri­lla­ban como si hubiera lágri­mas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la aber­tura del cue­llo blando, una pequeña cor­bata de lazo estaba anu­dada con des­cuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pen­saba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tris­teza. Nunca he visto un hom­bre que pare­ciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y osten­si­ble con­di­ción, que ter­minó por con­ta­giár­seme. Cierta extraña e inex­pli­ca­ble pena me sobre­co­gió. Aun­que a pri­mera vista pudiera pare­cer tran­quilo, había algo pro­fun­da­mente des­ga­rrado en aquel hom­bre que yo no entendí sino sentí con toda mi des­pierta y alerta sen­si­bi­li­dad de niño. De pronto, me encon­tré pen­sando en mis lares nati­vos, en las mon­ta­ñas que había cru­zado, en toda la vida que dejé atrás. Vol­viendo a exa­mi­nar los ras­gos de mi pro­fe­sor, le encon­tré pare­cido a Caye­tano Oruna, peón de nues­tra hacienda a quien lla­má­ba­mos Cayo. Éste era más alto y for­nido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos tenían gran seme­janza. El hom­bre Vallejo se me antojó como un men­saje de la tie­rra y seguí con­tem­plán­dolo. Tiró el ciga­rri­llo, se apretó la frente, se alisó otra vez la som­bría melena y vol­vió a su quie­tud. Su boca con­tra­íase en un ric­tus dolo­roso. Cayo y él. Mas la per­so­na­li­dad de Vallejo inquie­taba tan sólo de ser vista. Yo estaba defi­ni­ti­va­mente con­tur­bado y sos­pe­ché que, de tanto sufrir y por irra­diar así tris­teza, Vallejo tenía que ver tal vez con el mis­te­rio de la poe­sía. Él se vol­vió súbi­ta­mente y me miró y nos miró a todos. Los chi­cos esta­ban leyendo sus libros y abrí tam­bién el mío. No veía las letras y quise llorar…

Así fue como encon­tré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por pri­mera vez. Las pala­bras que le oí sobre la Tie­rra son tam­bién las que más se me han gra­bado en la memo­ria. El tiempo había de reve­larme nue­vos aspec­tos de su per­sona, los lar­gos silen­cios en que caía, su acti­tud de tris­teza inaca­ba­ble y otros que ya apa­re­ce­rán en estas líneas.

Por la noche, durante la comida, me pre­gun­ta­ron en casa:

-¿Te gusta tu profesor?

–Sí –res­pondí.

Era inexacto. No me había gus­tado pre­ci­sa­mente. Me había impre­sio­nado y con­tur­bado, intere­sán­dome, pero no sin pro­du­cirme una sen­sa­ción de leja­nía. Des­pués de la comida, por indi­ca­ción de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue gara­ba­teando mis impre­sio­nes. Cuando lle­gué a las del cole­gio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Des­pués de pen­sarlo mucho y ensa­yar varias expli­ca­cio­nes, escribí que mi pro­fe­sor se pare­cía a Cayo Oruna. Tiempo des­pués supe que, al leer la carta, mi madre había son­reído con dul­zura y mi padre se dio a pen­sar en el poeta. Amaba a su pue­blo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de que­bra­dos hori­zon­tes andinos.

Geor­gette Phi­lip­part — (Dis­trito de Lince — Lima. Perú)

En Tru­ji­llo, Vallejo tenía detrac­to­res tena­ces así como par­ti­da­rios acé­rri­mos. En casa, como en todas las de la ciu­dad, las opi­nio­nes esta­ban divi­di­das. Los más lo ata­ca­ban. Mi tía Rosa, per­sona muy culta y dada a leer, que escri­bía a hur­ta­di­llas, era su admi­ra­dora incon­di­cio­nal. “¡Es un gran poeta, es un genio!”, decía casi gri­tando, en medio del baru­llo de las dis­cu­sio­nes. Recuerdo per­fec­ta­mente que, cierta vez, llegó un tío mío enar­bo­lando un dia­rio en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros.

–A ver, Rosita, quiero que me expli­ques esto: “¿Dónde esta­rán sus manos que, en acti­tud con­trita, plan­cha­ban en las tar­des por venir?”. ¿Esto es poe­sía o una cha­rada? A ver, explícame…

Mi tía Rosa tomó el dia­rio y, a medida que iba leyendo, su faz enro­je­cía. La mujer­cita frá­gil y ner­viosa que era se irguió por fin llena de rabia:

–Éste es un her­moso poema y si no lo entien­des, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto.

La dis­cu­sión se armó de nuevo.

Mien­tras tanto, yo con­ti­nuaba yendo a clase. César Vallejo nos ense­ñaba rudi­men­tos de his­to­ria, geo­gra­fía, reli­gión, mate­má­ti­cas y a leer y escri­bir. Tam­bién tra­taba de ense­ñar­nos a can­tar, pero noso­tros lo hacía­mos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a mar­char, no se preo­cu­paba de que lo hicié­ra­mos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus dis­cí­pu­los los maes­tros de gra­dos supe­rio­res. Cuando los alum­nos del cole­gio pasá­ba­mos en for­ma­ción por las calles, yendo al campo de paseo o en los des­fi­les del 28 de julio, los del pri­mer año de pri­ma­ria, con nues­tro mele­nudo pro­fe­sor a la cabeza, no mar­cá­ba­mos regu­lar­mente el paso y éramos una tro­pi­lla bas­tante des­gar­bada. Oía­mos que la gente esta­cio­nada en las ace­ras mur­mu­raba viendo a nues­tro pro­fe­sor: “¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!”.

Algo que le com­pla­cía mucho era hacer­nos con­tar his­to­rias, hablar de las cosas tri­via­les que veía­mos cada día. He pen­sado des­pués en que sin duda encon­traba deleite en ver la vida a tra­vés de la mirada lim­pia de los niños y sor­pren­día secre­tas fuen­tes de poe­sía en su len­guaje lleno de impen­sa­das metá­fo­ras. Tal vez tra­taba tam­bién de des­per­tar nues­tras apti­tu­des de obser­va­ción y crea­ción. Lo cierto es que, fre­cuen­te­mente, nos decía: “Vamos a con­ver­sar”… Cierta vez se interesó gran­de­mente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora con­tando cómo pelea­ban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pre­gunta acu­ciante. Son­reía mirán­dome con sus ojos bri­llan­tes y daba gol­pe­ci­tos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la cam­pana sonó anun­ciando el recreo, me dijo: “Has con­tado bien”. Sos­pe­cho que ése fue mi pri­mer éxito literario.

No siem­pre le pro­du­cían pla­cer nues­tros rela­tos. Un día llamó a un mucha­chito que era deci­di­da­mente tardo. El pequeño, quizá más tra­bado por el mal talante que traía nues­tro pro­fe­sor –tenía la boca y el entre­cejo fie­ra­mente fruncidos-, no pudo decir casi nada, repi­tió varias veces la misma frase y de repente se calló. “Sién­tese”, le ordenó con cierta des­pec­tiva rudeza. El chi­qui­llo se fue a su banco y, cru­zando los bra­zos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llo­rar aho­ga­da­mente. Vallejo se incor­poró estre­me­cido y fue hasta el pequeño. Estre­chán­dole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le aca­ri­ció la cabeza y las meji­llas hasta cal­marlo. Sacó un gran pañuelo para enju­gar las lágri­mas que bri­lla­ban aún sobre la carita tri­gueña y luego se quedó mirán­dolo lar­ga­mente. Sin duda, en la des­con­so­lada angus­tia del narra­dor frus­trado, sin­tió esa que a él mismo solía opri­mirlo muchas veces y ha alu­dido en sus ver­sos. Cuando recuerdo aque­lla oca­sión, me parece verlo arro­di­llado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.

Pero había ratos en que la ale­gría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y enton­ces era uno más entre noso­tros, salvo que grande y con la auto­ri­dad nece­sa­ria para tomarse tre­men­das ven­ta­jas. Había que verlo cuando hacía de detec­tive. Estaba prohi­bido comer fru­tas o chu­par cara­me­los durante la hora de clase. Los chi­cos solía­mos com­prar pre­fe­ren­te­mente, por la razón de que eran abun­dan­tes y bara­tos, unos cara­me­los a los que lla­má­ba­mos cua­dra­dos, mer­can­cía que más pro­di­gaba la escasa gene­ro­si­dad de los dul­ce­ros esta­cio­na­dos en la esquina del plan­tel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fin­gía leer mien­tras alguno le daba la lec­ción, pero lo que en reali­dad hacía era echar bajo las cejas mira­das explo­ra­do­ras sobre toda la clase. Cuando des­cu­bría a algún delin­cuente se erguía con una son­risa triun­fal y, yendo hacia él, lo amo­nes­taba: “¿No he dicho que no coman cua­draos en clase?”. En seguida le qui­taba los cara­me­los, sacán­do­los con aspa­ven­tera dili­gen­cia de los bol­si­llos, y los repar­tía entre todos o los más pró­xi­mos según la can­ti­dad. Nunca supe si lo que le gus­taba más era sor­pren­der a los infrac­to­res o repar­tir los cara­me­los entre los chi­cos. Durante tales bati­das nos embar­gaba su mismo espí­ritu jugue­tón y reía­mos todos lle­nos de felicidad.

El regla­mento pres­cri­bía el cas­tigo de reclu­sión para los que tuvie­ran mala con­ducta o no die­ran bien sus lec­cio­nes. César Vallejo, durante todo el día, iba for­mando una lista de los que habla­ban durante la hora de estu­dio o no sabían la lec­ción pero, a la hora de salida, rom­pía la tiri­lla de papel en peda­zos. Se com­prende que no otor­gá­ba­mos mucha impor­tan­cia al hecho de ser apun­ta­dos en su lista, pero de tiempo en tiempo y sin duda para que no nos pro­pa­sá­ra­mos, solía dar­nos sor­pre­sas y, a las cua­tro de la tarde, entre­gaba la com­pun­gida cuota de reclu­sos del pri­mer año de pri­ma­ria al ins­pec­tor de turno. Su cas­tigo usual era sim­ple y directo: un tirón de los cabe­llos que que­dan a la altura de las sienes.

Por las maña­nas lle­gaba a clase minu­tos des­pués de la pri­mera cam­pa­nada y aun con un retardo más con­si­de­ra­ble. Entrá­ba­mos a las ocho, pero acaso se entre­gaba mucho a la vigi­lia de la crea­ción o a tras­no­char en com­pa­ñía de ami­gos –que lo eran suyos todos los escri­to­res jóve­nes de la ciu­dad– o a sus estu­dios de uni­ver­si­ta­rio, de modo que el sueño lo rete­nía dema­siado. Su impun­tua­li­dad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el pro­pio rec­tor del cole­gio acu­dió a ver lo que pasaba y se puso a tomar­nos la lec­ción. Cuando Vallejo arribó, se pro­dujo una escena emba­ra­zosa que el rec­tor cortó dicién­dole que pasara por su ofi­cina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo lle­gando tem­prano, pero des­pués vol­vió a las anda­das y, aun­que ya no con tanta fre­cuen­cia, seguía pre­sen­tán­dose tarde.

Fuera del cole­gio sus ver­sos con­ti­nua­ban pro­vo­cando la con­si­guiente reac­ción de comen­ta­rios ácidos y lau­da­to­rios e inclu­sive de pro­tes­tas. Corrió la noti­cia de que nues­tro pro­fe­sor había sido asal­tado durante la noche por un grupo de indi­vi­duos que tra­ta­ron de cor­tarle la melena. Él se había defen­dido dando fero­ces puñe­ta­zos y pun­ta­piés. Miré con curio­si­dad su melena de león. Estaba intacta. Me pare­ció que durante esos días, tanto como sin duda le duró la impre­sión del ata­que, su tris­teza habi­tual tenía algo de vio­len­cia con­te­nida y acen­drada amargura.

Me con­mo­vió mucho el asalto, no alcan­zando a expli­cár­melo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admi­ra­dor de Vallejo, si cabe la expre­sión. Fue que un día, deci­dido a exa­mi­nar esa mis­te­riosa e incom­pren­si­ble poe­sía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los ver­sos de mi pro­fe­sor, que ella recor­taba sin dejar uno y guar­daba celo­sa­mente. Al dár­me­los, hun­dió los lirios de sus manos en mis cabe­llos y me dijo que si no los enten­día, no pen­sara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bru­ces sobre la mesa y los poe­mas, me di cuenta pri­me­ra­mente de que tenían muchas pala­bras cuyo sig­ni­fi­cado igno­raba. Bus­qué un grueso dic­cio­na­rio que ape­nas podía car­gar y me dedi­qué a una explo­ra­ción que me resul­taba muy difícil.

Lejana vibra­ción de esqui­las mus­tias,

en el aire derrama

la fra­gan­cia rural de sus angustias.

A bus­car la pala­bra esqui­las. A bus­car mus­tias. A medida que avan­zaba en mi penosa lec­tura, me iban asal­tando y dejando muchas y con­tra­dic­to­rias emo­cio­nes. Sufría y gozaba, me espe­ran­zaba y des­con­so­laba. Me inva­dió un pleno sen­ti­miento de feli­ci­dad cuando, en ese mismo poema, pude cap­tar al gallo (“ale­teando la pena de su canto”). Enten­diendo y no enten­diendo, el poema “Aldeana”, uno de los pri­me­ros publi­ca­dos por Vallejo, me pare­ció muy her­moso. La emo­ción del cre­púsculo rural, los soni­dos y los colo­res de la tarde muriente me envol­vie­ron. ¿Qué secreta cua­li­dad hacía que ese hom­bre escri­biera así? Encon­tré poe­mas menos pic­tó­ri­cos que no entendí de prin­ci­pio a fin, y al leer “Idi­lio muerto”, la pre­gunta hecha a mi tía Rosa en pasa­dos meses me pare­ció for­mu­lada a mí mismo. Yo tam­poco enten­día lo refe­rente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me con­solé con lo poco que había com­pren­dido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande… Entre­gué a tía Rosa sus recor­tes sin decirle media pala­bra y ella no me dijo nada tam­poco. Pese a sus momen­tá­neas exal­ta­cio­nes, era muy fina y segu­ra­mente temió herirme si sus pre­gun­tas resul­ta­ban indis­cre­tas. Mas desde aque­lla vez, me ale­graba como si hablara en mi nom­bre cuando ella elo­giaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi pro­fe­sor. Algo había podido apre­ciar de la belleza que pro­di­gaba en sus ver­sos. En cuanto a su hos­que­dad y su tris­teza… bueno, Cayo Oruna… y uno está tan solo a veces… Por­que yo me sen­tía muy solo en el cole­gio… Los mucha­chi­tos solían bur­larse de mi con­di­ción de “serrano” y de que tenía cha­pas y era muy inge­nuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebe­larme con­tra alguien. Que deja­ran en paz a ese hom­bre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos…

Y el pro­fe­sor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dán­do­nos clase y el tiempo pasaba. En las horas de con­ver­sa­ción me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído con­tar. Recuerdo que le impre­sionó la his­to­ria de un ciego que vivía en una hacienda pró­xima a la nues­tra, quien iba de un lado a otro por los áspe­ros sen­de­ros de la serra­nía, tal como si tuviera ojos, y podía reco­no­cer por el tim­bre de la voz a per­so­nas a las cua­les no había oído durante años y ade­más era adi­vino. Una tarde me pre­guntó: “¿Tú lees otros libros?”. Le informé y me dijo que, como ya sabía el regla­men­ta­rio, lle­vara otros para leer. Claro que car­gué hasta el salón de clase los libros de cuen­tos que me obse­quia­ban mis parien­tes o yo com­praba con mis pro­pi­nas, y tam­bién las revis­tas y libros que mi tía Rosa que­ría pres­tarme sacán­do­los de su biblio­teca per­so­nal. A veces, Vallejo me pre­gun­taba sobre mis lec­tu­ras y, por mi parte, nunca le conté que me había atre­vido con sus ver­sos. Temía que me inte­rro­gara si los había enten­dido y, en tal caso, tener que con­fe­sarle que no del todo, que en bue­nas cuen­tas casi nada o nada. No con­si­de­raba sufi­ciente excusa la posi­bi­li­dad de expli­carle que tía Rosa me había adver­tido que yo era muy niño para poder apre­ciar esos poe­mas. Así que me callaba espe­rando tiem­pos mejo­res. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus ver­sos y de toda clase de ver­sos. Cuando una vez me pidió que reci­tara algo, me guardé las esqui­las en el fondo del pecho y dije uno de los más sim­ples ver­sos infan­ti­les que sabía. Era uno que comen­zaba así:

¿Oyes el zor­zal, María?

Desde el arbusto flo­rido

En donde tiene su nido,

Al cielo su canto envía.

Los jue­ves por la tarde íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciu­dad, donde jugá­ba­mos a la pelota y corría­mos. A raíz de mi reci­ta­ción, me llamó a su lado una de esas tar­des y, sen­ta­dos sobre la grama, me pidió que le reci­tara todos los ver­sos que sabía. Así lo hice, teniendo que repe­tirle varias veces el que dejo apun­tado, y me regaló una naranja. Des­pués, se quedó sumido en un gran silen­cio. Su expre­sión plá­cida de momen­tos antes había des­a­pa­re­cido. Inmó­vil, con las manos sobre las rodi­llas, pare­cía mirar a los chi­cos que juga­ban al fút­bol y habían seña­lado el empla­za­miento de los arque­ros con mon­to­nes for­ma­dos por sus sacos y gorras. Noté que las inci­den­cias del juego no le intere­sa­ban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su pro­lon­gado silen­cio llegó a inco­mo­darme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo espe­raba en vano que me per­mi­tiera mar­charme. “¿Puedo irme?”, le pre­gunté. Su silen­cio y su inmo­vi­li­dad per­sis­tie­ron. Casi fur­ti­va­mente, me escu­rrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los mon­to­nes y me puse a patear la pelota…

En el tiempo que siguió –creo que ya había­mos pasado del medio año de estu­dios– nues­tro pro­fe­sor me tra­taba con cierta cor­dia­li­dad. Cuando tro­pe­zaba con­migo en su camino me daba una amis­tosa pal­ma­dita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños hacía una dife­ren­cia muy espe­cial. Posi­ble­mente pen­saba: “Éste es un mucha­chito al que le gusta leer”, y me daba rienda suelta en eso. En cam­bio yo, lenta y pro­gre­si­va­mente, había ido adqui­riendo una fe ciega en él. Hay cierta pre­dis­po­si­ción al par­ti­da­rismo en el alma de los jóve­nes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un defi­nido par­cial suyo. No me cabía duda de que ese hom­bre extraño era un gran artista, aun­que a nadie hubiera podido expli­carle bien por qué lo creía. Esta oca­sión llegó una tarde, antes de clase. Uno de mis com­pa­ñe­ros mani­festó que su padre afir­maba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que hon­rara y res­pe­tara a los maes­tros, por­que su tarea es muy noble, y le reproché:

-¿Y qué? Es pro­fe­sor y eso es bueno…

-¿Crees que ser pro­fe­sor es una gran cosa? Y toda­vía ser el último pro­fe­sor de un cole­gio, el de pri­mer año… Un “muertodehambre”…

Recién comencé a darme cuenta del des­dén con que se mira a los pro­fe­so­res en el Perú. El chico que hablaba era miem­bro de una de las gran­des fami­lias de la ciu­dad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para ter­mi­nar de apa­bu­llar al pobre pro­fe­sor, dijo:

–Ni siquiera como poeta sirve… mejor es Cho­cano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.

–Es un gran poeta –repli­qué muy afirmativamente.

-¿Qué sabes tú? ¿Crees que por­que te deja leer libros pue­des hablar?

–Es un gran poeta –insistí.

–A ver, dinos por qué es un gran poeta…

No supe qué razo­nes adu­cir. Refe­rirme a la opi­nión de tía Rosa no me pare­cía sufi­ciente. Hubiera que­rido decir algo definitivo.

–Dinos aho­rita mismo por qué es un gran poeta –repi­tió mi oponente.

Yo estaba per­plejo. Como a algu­nos pugi­lis­tas en trance de caer ven­ci­dos, me salvó la campana.

Día a día, lec­ción a lec­ción, el año de estu­dios pasó. Lle­ga­ron los exá­me­nes y nues­tro pro­fe­sor nos aprobó a todos, citán­do­nos para la cere­mo­nia de la repar­ti­ción de pre­mios, que se rea­li­za­ría a fines de diciembre.

La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Cole­gio Nacio­nal de San Juan estaba de gala. Pro­fu­sa­mente alum­brado y con asien­tos arre­gla­dos en forma de gale­rías, mos­traba al fondo un estrado donde toma­ron asiento el rec­tor y los pro­fe­so­res. Casi todos lle­va­ban ves­tido de eti­queta. Las fami­lias de los alum­nos fue­ron aco­mo­da­das delante y, noso­tros, a los lados y detrás. Los moco­sos del pri­mer año fui­mos lan­za­dos a una de las últi­mas filas. Debido a que Vallejo ocu­paba un lugar muy secun­da­rio en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resal­taba cla­ra­mente entre tanta pechera blanca y tanta luz… y entre tanta cabeza sin carácter.

No viene al caso que deta­lle la cere­mo­nia. Es sí per­ti­nente que refiera que no me tocó nin­gún pre­mio por­que, como éramos varios los que obtu­vi­mos las pri­me­ras notas, los habían sor­teado y los favo­re­ci­dos fue­ron otros. Casi al ter­mi­nar el acto Vallejo aban­donó el estrado y vino hacia noso­tros. Vién­dome sin nin­guna car­tu­lina de pre­mio en la mano, recordó lo ocu­rrido y me dijo: “No te importe la suerte”. Cam­bió algu­nas pala­bras más con muchos de noso­tros, nos pre­guntó a varios dónde pasa­ría­mos las vaca­cio­nes y luego se mar­chó. Al poco rato, pudi­mos adver­tir que, en vez de vol­ver al estrado, se había puesto a pasear por los corre­do­res. En medio de la penum­bra que arro­ja­ban las arque­rías, veíase ape­nas su silueta negra, alar­gada, casi fan­tas­mal, tras el cocuyo de su cigarrillo.

Cuando el rec­tor, solem­ne­mente, declaró clau­su­rado el año esco­lar, César Vallejo se diri­gió a la puerta y salió, con­fun­dién­dose entre la muche­dum­bre for­mada por los estu­dian­tes y sus fami­lias. Ins­tan­tes des­pués lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciu­dad. Magro, lento, se per­dió a lo lejos… Pude haberle dicho adiós, pues no vol­ve­ría a verlo más. Cuando las cla­ses se reabrie­ron, César Vallejo no dic­taba ya el pri­mer año ni nin­guno. Al recor­darlo, siem­pre tuve la impre­sión de que esta­ría haciendo un duro camino de artista y hom­bre car­gado de penas y dis­tan­cias.

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cen­tra­lita Sam­sung

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