Skip to content

Teorías, conceptos y ensayos sobre la cultura del miedo en los pueblos latinoamericanos

marzo 28, 2011

 

La cul­tura del miedo es la ante­sala del auto­ri­ta­rismo, es el caldo de cul­tivo del secues­tro de una demo­cra­cia, aun­que ésta se man­tenga for­mal­mente. Los mejo­res antí­do­tos son la razón, el racio­ci­nio y el pen­sa­miento libre

La cul­tura del terror

La reac­ción de una parte de la pobla­ción al cono­cerse que un can­di­dato a la pre­si­den­cia esca­laba len­ta­mente en las encues­tas hasta posi­cio­narse en el pri­mer puesto, ha sido la espe­rada: El miedo. Ese espan­toso ger­men ino­cu­lado gra­dual­mente y que vive en nues­tro sub­cons­ciente social como una forma de auto­de­fensa ante la inmi­nente reali­dad, sigue inal­te­ra­ble e intacto al ser­vi­cio de oscu­ros intereses.

Aquí un resu­men de los dife­ren­tes pun­tos de vista que vin­cu­lan a nues­tros temo­res sociales.

___________

El miedo como polí­tica a nivel internacional

Autor: Pablo Korn­blum (Aná­li­sis económico)

Exis­ten dos gran­des méto­dos para domi­nar un Estado; la coer­ción y/o la anal­fa­be­ti­za­ción de sus habi­tan­tes. En diver­sos momen­tos de la his­to­ria con­tem­po­rá­nea, con uno solo de ellos bas­taba para alcan­zar los obje­ti­vos de sus pro­pul­so­res. La coer­ción durante las épocas más oscu­ras del esta­li­nismo sovié­tico es un claro ejem­plo. Por otro lado, la década neo­li­be­ral pasada nos ha ense­ñado a los argen­ti­nos que man­te­ner una ciu­da­da­nía igno­rante y ajena aca­rreó resul­ta­dos coyun­tu­ra­les posi­ti­vos para los gober­nan­tes de turno.

Pero la com­ple­ji­dad del siglo XXI ha con­lle­vado a la nece­si­dad de la apli­ca­ción de ambos méto­dos en forma con­junta para lograr la efec­ti­vi­dad que los par­ti­dos polí­ti­cos y los gru­pos de inte­rés requie­ren. El tra­bajo de los mis­mos es fino y mucha veces difuso; cuesta poder dis­cer­nir para el común de la ciu­da­da­nía a los ver­da­de­ros bene­fi­cia­dos y perjudicados.

Entre los ejem­plos que pode­mos men­cio­nar, el miedo siem­pre ha sido un exce­lente nego­cio del que pocos ciu­da­da­nos pien­san aho­rrar. El pre­si­dente George W. Bush casi no ha per­ci­bido resis­ten­cia en sus 8 años al frente del poder a pesar del enorme gasto mili­tar des­ti­nado a la gue­rra con­tra el terro­rismo. Y para el año fis­cal 2009, el depar­ta­mento de Defensa esta­dou­ni­dense soli­citó un pre­su­puesto de defensa de 515.000 millo­nes de dóla­res más otros 70.000 millo­nes adi­cio­na­les “para cubrir los cos­tes de gue­rra en los pri­me­ros meses de la nueva administración”.

No pode­mos dejar de men­cio­nar el actual temor de los ita­lia­nos por la per­dida de empleos y el incre­mento de la inse­gu­ri­dad. Estos hechos le han posi­bi­li­tado a Ber­lus­coni con­tar con luz verde para pro­mo­ver sus polí­ti­cas anti-inmigratorias. Sin ir más lejos, la semana pasada la Cámara Baja del Par­la­mento aprobó, bajo la pre­sión de la extrema dere­cha, la con­tro­ver­tida ley de Segu­ri­dad y Extran­je­ría que tipi­fica la inmi­gra­ción ile­gal como delito y per­mite la for­ma­ción de patru­llas loca­les con­tra el cri­men, inte­gra­das por civi­les. Esta ley crea un delito “de inmi­gra­ción y estan­cia” clan­des­ti­nas, repri­mido con una multa de entre 5.000 y 10.000 euros, y que vuelve posi­ble la denun­cia ante la jus­ti­cia de inmi­gran­tes en situa­ción irre­gu­lar. Lo que pocos se han pre­gun­tado es si los recur­sos a cuenta gotas gene­ra­dos con las mul­tas podrán cubrir los millo­nes de Euros anua­les des­ti­na­dos por el gobierno ita­liano para man­te­ner esta red anti-inmigrante (fuer­zas de segu­ri­dad, legis­la­ción, jus­ti­cia, etc.). Pero al pre­mier Ber­lus­coni, poco parece impor­tarte mien­tras reciba rédito polí­tico. Según él, un 76% de los ita­lia­nos apoya esta posición.

Final­mente, el dinero de los paí­ses desa­rro­lla­dos des­ti­na­dos a com­ba­tir pan­de­mias his­tó­ri­ca­mente cir­cuns­crip­tas al ter­cer mundo, tiene como obje­tivo brin­dar una tran­qui­li­dad extra a sus ciu­da­da­nos, teme­ro­sos y cau­ti­va­dos por las infor­ma­cio­nes exa­cer­ba­das que lle­gan a tra­vés de las cade­nas de noti­cias inter­na­cio­na­les. Sin ir más lejos y según informó el minis­tro de Eco­no­mía de México, Agus­tín Cars­tens, el Banco Mun­dial, con la anuen­cia de los paí­ses más indus­tria­li­za­dos del mundo, ya le ha pres­tado al gobierno meji­cano 205 millo­nes de dóla­res para ayu­dar a com­ba­tir la gripe porcina.

Sin embargo, el enten­der las nece­si­da­des de finan­cia­miento y el cono­cer a los acto­res invo­lu­cra­dos, nos posi­bi­li­tan obser­var con mayor cla­ri­dad el pano­rama. Las gue­rras y sus deri­va­dos que entran en escena a tra­vés de ex mili­ta­res liga­dos a empre­sas de segu­ri­dad, el Lobby de los miem­bros de la pode­rosa indus­tria far­ma­céu­tica para pro­mo­ver el nego­cio de los medi­ca­men­tos, y el gasto guber­na­men­tal y sus inje­ren­cias polí­ti­cas bus­cando rédi­tos elec­to­ra­les, son fac­to­res que movi­li­zan enor­mes flu­jos de dinero a nivel mun­dial y nos ilus­tran un pano­rama donde los intere­ses guían las polí­ti­cas que embe­ben a la ciudadanía.

En defi­ni­tiva, pode­mos afir­mar que el miedo se ha glo­ba­li­zado y trans­for­mado en un nego­cio con­cen­tra­dor de riqueza del que solo una elite selecta se bene­fi­cia. Mien­tras tanto, los cos­tos se socia­li­zan entre millo­nes de per­so­nas de las más diver­sas nacio­na­li­da­des, que sin tener la cer­teza de una reali­dad muchas veces dis­fra­zada, solo inten­tan defen­derse pagando sus impues­tos y espe­rando que sus paí­ses los pro­te­jan de todos los males mediá­ti­cos glo­ba­li­za­dos que nos trajo este siglo.

Publi­cado en el dia­rio BAE, 19 de Mayo de 2009.

.…

La cul­tura del espanto

Por: José María Romera (Periodista)

A fina­les del siglo pasado, el soció­logo esta­dou­ni­dense Barry Glass­ner expuso en ‘The Cul­ture of Fear’ (La cul­tura del miedo, 1999) las varia­das caras que en nues­tro tiempo adquie­ren los temo­res, espe­cial­mente los colec­ti­vos. Hay mie­dos para todos los gus­tos: a la medida de los cre­yen­tes en cons­pi­ra­cio­nes y com­plós y para uso de asus­ta­di­zos urba­ni­tas que no ven en la Natu­ra­leza más que una fábrica de agre­sio­nes y catás­tro­fes, para apren­si­vos con­ven­ci­dos de la inmi­nen­cia de una plaga uni­ver­sal y para con­duc­to­res pusi­lá­ni­mes, para padres y madres de fami­lia obse­sio­na­dos por la segu­ri­dad de sus hijos y para los que se sien­ten ame­na­za­dos por las ante­nas de tele­fo­nía móvil. El mundo es una selva eri­zada de tram­pas donde nadie está a salvo.

¿Cómo no enten­der, pues, la psi­co­sis de millo­nes de per­so­nas que ante una huelga de trans­por­tes se lan­zan a vaciar las estan­te­rías de los hiper­mer­ca­dos por temor al des­abas­te­ci­miento? Se trata al fin y al cabo de un miedo de menor escala, infi­ni­ta­mente menos acu­ciante que el sen­tido por los que han visto tem­blar la tie­rra bajo sus pies o han oído de cerca el esta­llido de los misi­les. Los desas­tres natu­ra­les, las gue­rras, el terro­rismo, las epi­de­mias y el ham­bre dibu­jan un esce­na­rio horri­pi­lante para un pla­neta capaz de gene­rar pánico tam­bién allá donde la vida parece más plá­cida y segura. Los mal­tra­tos domés­ti­cos en los paí­ses desa­rro­lla­dos, la desa­pa­ri­ción de niños secues­tra­dos o some­ti­dos a abu­sos, los acci­den­tes de avia­ción en aero­na­ves de líneas pres­ti­gio­sas advier­ten de que nadie está libre de amenaza.

El miedo es libre, cier­ta­mente. Y moti­vos no fal­tan para tenerlo por muy opti­mista y con­fiado que se sea. El miedo está gra­bado en nues­tro código gené­tico como una señal de defensa que des­en­ca­dena meca­nis­mos de pro­tec­ción, y en ese sen­tido hay que reci­birlo como un leal y útil guar­dián. Pero muchos de nues­tros temo­res, aun­que naz­can como reac­ción natu­ral alen­tada por el ins­tinto de super­vi­ven­cia, cre­cen al ser ali­men­ta­dos por agen­tes exter­nos intere­sa­dos en sobre­di­men­sio­nar la idea de peli­gro. Por­que los mie­dos tam­bién son una buena inversión.

Hay temo­res que, con­ve­nien­te­mente difun­di­dos, actúan como un efi­caz meca­nismo de con­trol y mani­pu­la­ción social. La mejor forma de con­di­cio­nar la con­ducta de per­so­nas y gru­pos no con­siste en dar­les órde­nes, ni en infun­dir­les con­fianza, ni en cubrir­los de elo­gios, ni en dar­les afecto: hay que asus­tar­los. Ya Pla­tón con­si­de­raba el miedo como un vicio con­tra­rio a las nobles vir­tu­des del gue­rrero que debían pre­si­dir su Estado ideal, por­que creaba suje­tos sumi­sos y dis­pues­tos a aca­tar cual­quier orden con tal de sen­tirse pro­te­gi­dos. «Que me odien, con tal de que me teman», sen­ten­ciaba el tirano Calí­gula. Ni que decir tiene que el uso polí­tico del terror (sea en sus for­mas más dra­má­ti­cas, sea a modo de mie­dos meno­res) forma parte esen­cial de esa his­to­ria uni­ver­sal de la infa­mia escrita desde la noche de los tiem­pos por la ‘razón de Estado’. De ahí que Hob­bes con­si­de­rase el temor como el prin­ci­pal aglu­ti­nante social, la pasión más pode­rosa para cimen­tar y con­so­li­dar las socie­da­des (‘Leviathan’).

Pero hay otro uso del miedo igual­mente exten­dido que ya no con­siste en el ‘argu­men­tum ad bacu­lum’, es decir, en ate­mo­ri­zar para con­tro­lar. Se trata del miedo como moneda de cam­bio, como bien coti­zado en el mer­cado de la comu­ni­ca­ción, el ocio y el entre­te­ni­miento. Desde el cine hasta los depor­tes de riesgo, desde la mor­bo­si­dad cul­ti­vada por unos medios que pri­vi­le­gian las noti­cias dra­má­ti­cas hasta las atrac­cio­nes de feria idea­das para des­car­gar adre­na­lina, el miedo nos acom­paña ame­ni­zando nues­tra ano­dina exis­ten­cia con sus fogo­na­zos de espanto Pasar miedo es tam­bién un ejer­ci­cio lúdico muy apre­ciado. Algu­nos soció­lo­gos han hablado de una cre­ciente ‘melan­co­lía del riesgo’ cau­sada por el exceso de lla­ma­das a la segu­ri­dad que se suce­den en nues­tra vida moderna. Al tiempo que ins­ta­la­mos sofis­ti­ca­dos sis­te­mas de alarma para pro­te­ger el chalé y nos blin­da­mos con póli­zas de seguro de todas cla­ses, prac­ti­ca­mos una amplia varie­dad depor­tes en –ing que ponen en entre­di­cho la idea de que que­re­mos sen­tir­nos ante todo sanos y sal­vos. Con­vi­vir con el riesgo y el peli­gro en forma de juego puede ser una forma de con­ju­rar­los. Tal vez pasando mie­dos más o menos con­tro­la­dos esta­mos ahu­yen­tando esos otros mie­dos más pro­fun­dos oca­sio­na­dos por reali­da­des tene­bro­sas a las que no que­re­mos hacer frente.

El caso es que el miedo forma parte de nues­tra cul­tura y se erige como uno de sus sobe­ra­nos. Una vez alcan­zado un grado razo­na­ble de segu­ri­dad en la vida bus­ca­mos la aven­tura y el riesgo, o la obser­va­ción dis­tante del dolor ajeno, para sen­tir ese esca­lo­frío de pánico sin el cual quizá no habría­mos per­du­rado como espe­cie. Dicho de otro modo: nece­si­ta­mos el miedo casi tanto como la calma. Ésta nos pone en armo­nía con la zona del mundo bien hecha, apa­ci­ble y serena; aquél nos adies­tra ante la adver­si­dad y nos hace fuer­tes ante la otra parte de un mundo colé­rico, hos­til e insoportable.

La cul­tura del miedo

Por: Chomsky, Noam (Filósofo)

“El peso que la cul­tura del terror ha tenido en la domes­ti­ca­ción de las expec­ta­ti­vas de la mayo­ría con res­pecto a alter­na­ti­vas que no fue­ran las de los pode­ro­sos.” Este es el punto cru­cial, cuando tales méto­dos se emplean para sub­yu­gar al “enemigo interno.” La física israelí Ruchma Mar­ton, quien forma parte de la van­guar­dia en la inves­ti­ga­ción de los méto­dos de tor­tura emplea­dos por las fuer­zas de segu­ri­dad de su pro­pio país, apunta a que, dado que las con­fe­sio­nes obte­ni­das bajo tor­tura care­cen de valor, el ver­da­dero pro­pó­sito de la tor­tura no es la con­fe­sión, sino que es más bien el silen­cio, “el silen­cio indu­cido por el miedo.” “El miedo es con­ta­gioso,” pro­se­guía, “y se extiende a los demás miem­bros del grupo opri­mido, silen­cián­do­los, para­li­zán­do­los. La induc­ción al silen­cio mediante el supli­cio es el ver­da­dero obje­tivo de la tor­tura, en su sen­tido más pro­fundo y fun­da­men­tal.” Lo mismo atañe a todos los demás aspec­tos de las doc­tri­nas que han sido urdi­das y apli­ca­das, con o sin orien­ta­ción y apoyo, a base de una serie de pro­ce­di­mien­tos frau­du­len­tos. La impo­si­ción del silen­cio del enemigo interno es vital en las democracia-duras que la polí­tica de Esta­dos Uni­dos de Amé­rica pre­tende impo­ner en sus domi­nios, desde que “asu­miera, en base a sus pro­pios intere­ses, la res­pon­sa­bi­li­dad del bie­nes­tar del sis­tema capi­ta­lista mun­dial”, según pro­fe­ría el diplo­má­tico e ilus­tre his­to­ria­dor de la CIA Gerald Hai­nes, en un debate sobre la inva­sión nor­te­ame­ri­cana de Bra­sil en 1945 — e incluso antes, lo cual habría de tener tam­bién impor­tante reper­cu­sión interna. Es vital impo­ner el silen­cio, máxime, en la región donde se dan las mayo­res desigual­da­des del mundo, gra­cias, en gran medida, a las polí­ti­cas de la super­po­ten­cia que prác­ti­ca­mente la con­trola. Es nece­sa­rio impo­ner el silen­cio y hacer que cunda el pánico en paí­ses como Colom­bia, donde el selecto 3% de la elite posee más del 70% de la tie­rra cul­ti­va­ble, mien­tras el 57% de los cam­pe­si­nos más pobres sub­sis­ten con el 3% –, en un país donde el 40% de la pobla­ción vive en la “más extrema pobreza”, inca­pa­ci­tado para cubrir sus nece­si­da­des de sub­sis­ten­cia más bási­cas, a tenor de un informe ofi­cial del gobierno de 1986, y el 18% de sus gen­tes vive en la “abso­luta mise­ria” sin posi­bi­li­dad de satis­fa­cer sus nece­si­da­des bási­cas de nutri­ción. El Ins­ti­tuto Colom­biano de Bie­nes­tar Fami­liar cal­cula que cua­tro millo­nes y medio de niños meno­res de 14 años, la mitad de los niños del país, son pasto del ham­bre. Recor­de­mos que se trata de un país de enorme poten­cial y recur­sos, que cuenta con “una de las eco­no­mías más salu­da­bles y flo­re­cien­tes de Amé­rica Latina,” según ase­gu­raba el experto en la mate­ria, John Martz, en Current His­tory, loando este triunfo del capi­ta­lismo en una socie­dad con “estruc­tu­ras demo­crá­ti­cas”, que, al mar­gen de sus inevi­ta­bles defec­tos, figura entre los más con­so­li­da­dos del con­ti­nente,” modelo de “una bien ins­ti­tuida esta­bi­li­dad polí­tica” –, con­clu­sio­nes que no resul­ta­rían desa­cer­ta­das, si no fuera por el sen­tido que se les pre­tende dar.

‘El Comer­cio’ y sus ata­ques psicológicos

Los efec­tos del adies­tra­miento y la venta de arma­mento de EE.UU. no se limi­tan a Colom­bia. El his­to­rial de los horro­res está pla­gado. En el dia­rio Jesuita Amé­rica, el Reve­rendo Daniel San­tiago, sacer­dote radi­cado en El Sal­va­dor, infor­maba en 1990 de la his­to­ria de una cam­pe­sina que, un día, al lle­gar a casa, se encon­tró a su madre, her­mana y tres hijos sen­ta­dos alre­de­dor de una mesa, en la que sus cabe­zas sec­cio­na­das yacían frente a sus muti­la­dos cuer­pos y sus manos colo­ca­das sobre sus pro­pias cabe­zas, “cual si estu­vie­ran dán­dose pal­ma­di­tas.” A los ase­si­nos de la Guar­dia Nacio­nal Sal­va­do­reña les había resul­tado difí­cil con­se­guir que las manos del bebe de 18 meses se man­tu­vie­ran en su sitio, de modo que las habían cla­vado en su cabeza. Un enrome cuenco de plás­tico repleto de san­gre pre­si­día el cen­tro de la mesa. Dos años antes, el grupo sal­va­do­reño pro Dere­chos Huma­nos, que se man­te­nía al pié del cañón pese al ase­si­nato de sus fun­da­do­res y direc­to­res infor­maba de la apa­ri­ción de 13 cadá­ve­res en las dos sema­nas siguien­tes, de los que la mayo­ría pre­sen­taba sig­nos de tor­tura y entre las que se halla­ban dos muje­res que habían sido col­ga­das del pelo a un árbol, sién­do­les sec­cio­na­dos sus pechos, y sus ros­tros pin­ta­dos de rojo. Los hallaz­gos son el pan de cada día, pero el momento resul­taba sig­ni­fi­ca­tivo puesto que Washing­ton se hallaba a punto de con­cluir con éxito la cínica exen­ción de sus cri­mi­na­les clien­tes de los tér­mi­nos de los acuer­dos de paz de Cen­tro Amé­rica, pro­cla­mando la “jus­ti­cia, la liber­tad y la demo­cra­cia” impe­rante, “el res­peto por los dere­chos huma­nos,” y las garan­tías de “inte­gri­dad e invio­la­bi­li­dad de toda forma de vida y liber­tad.” El his­to­rial es inter­mi­na­ble e inter­mi­na­ble­mente aso­la­dor. Tan maca­bras esce­nas, rara­mente refle­ja­das en la prensa con­ven­cio­nal de los EE.UU., están dise­ña­das para la inti­mi­da­ción. Más ade­lante San­tiago des­cribe que “los escua­dro­nes de la muerte no sólo ase­si­nan a la gente — la deca­pi­tan y luego los empa­lan en altas esta­cas que luego uti­li­zan para orna­men­tar el panorama.

La Guar­dia del Tesoro Sal­va­do­reño no se con­tenta con des­tri­par a los hom­bres, sino que tiene que sec­cio­nar sus geni­ta­les y relle­nar con ellos sus bocas. La Guar­dia Nacio­nal no sólo viola a las muje­res sal­va­do­re­ñas, sino que les extrae sus úteros y los uti­liza para cubrir sus ros­tros. No les es sufi­ciente con ase­si­nar a los niños, los arras­tran sobre alam­bre espi­noso hasta que se les des­prende la carne de sus hue­sos, mien­tras sus padres son obli­ga­dos a pre­sen­ciarlo. La esté­tica del terror en El Sal­va­dor es reli­giosa. El pro­pó­sito es ase­gu­rarse de que el indi­vi­duo quede total­mente subor­di­nado a los intere­ses de la Madre Patria, razón por la que, en oca­sio­nes, los escua­dro­nes de la muerte son deno­mi­na­dos por el par­tido gober­nante, ARENA, “Ejér­ci­tos de Sal­va­ción Nacio­nal”. Lo mismo ocu­rre en la vecina Gua­te­mala. En la tra­di­cio­nal “cul­tura del miedo”, el experto en asun­tos lati­noa­me­ri­ca­nos Piero Glei­je­ses escri­bía, “la paz y el orden se garan­ti­za­ban mediante una feroz repre­sión, y, sus coe­tá­neos, siguen el mismo curso: “Al igual que a los indios se les tildó de bes­tias sal­va­jes para jus­ti­fi­car su explo­ta­ción, tam­bién los gru­pos socia­les son tacha­dos de terro­ris­tas, tra­fi­can­tes de dro­gas o como quiera que sea el tér­mino artís­tico actual. La razón fun­da­men­tal, no obs­tante, sigue siendo la misma: las bes­tias sal­va­jes pue­den caer bajo la influen­cia de los “sub­ver­si­vos” que cues­tio­nan el régi­men de injus­ti­cia, opre­sión y terror, que debe reinar al ser­vi­cio de los intere­ses de los inver­so­res extran­je­ros y de los pri­vi­le­gios nacionales.

.…

La cul­tura del miedo

Por: Anto­nio Argan­doña (Pro­fe­sor de Eco­no­mía del IESE)

La cul­tura del miedo en que vivi­mos nos la hemos mon­tado, o nos la han mon­tado, y en ella vivi­mos. ¿Por qué? Hay, segu­ra­mente, intere­ses crea­dos que la pro­vo­can. Algu­nos abo­ga­dos, sobre todo en la socie­dad anglo­sa­jona, viven de las recla­ma­cio­nes por acci­den­tes de trá­fico, fallos de pro­duc­tos o erro­res médi­cos. Las com­pa­ñías de segu­ros deben con­ven­cer­nos de que nues­tra casa puede que­marse o ser robada, para que con­tra­te­mos una póliza. Alguna epi­de­mia de vez en cuando viene bien a las com­pa­ñías far­ma­céu­ti­cas, para pro­mo­ver sus investigaciones.

Y tam­bién muchas orga­ni­za­cio­nes de la lla­mada socie­dad civil viven de eso: los mie­dos colec­ti­vos vie­nen bien para pro­mo­ver sus agen­das. Y los gobier­nos tam­bién par­ti­ci­pan, claro. Las ame­na­zas, cuando se cum­plen, les com­pli­can la vida: véase la reac­ción (me parece que his­té­rica) de los ciu­da­da­nos de una ciu­dad grande cuando se estro­pean los semá­fo­ros des­pués de una llu­via torren­cial. Pero les dan tam­bién tra­bajo, un pre­su­puesto que admi­nis­trar, oca­sión para salir en los medios de comunicación…

Por­que los medios nece­si­tan noti­cias que engan­chen al lec­tor. La paliza de un hom­bre a su ex com­pa­ñera es un for­mi­da­ble titu­lar: pri­mero por el morbo y segundo por­que abre todo un mundo de refle­xio­nes, una línea de nego­cio, en el len­guaje empre­sa­rial. Y eso es lo alar­mante de esa cul­tura del miedo. Lo de menos es que se con­ta­gie con faci­li­dad. Sobre todo, el pro­blema se con­vierte en inso­lu­ble, debido al carác­ter gene­ra­li­zado y difuso de las ame­na­zas. Por ejem­plo, el pla­neta se está reca­len­tando. ¿De quién es la culpa? De los coches, de la indus­tria, del uso de la ener­gía…, de la gente que se va de vaca­cio­nes, de los que que­re­mos no pasar frío en nues­tras casas, de los que cor­tan madera para hacer mue­bles…, de la acti­vi­dad de millo­nes de per­so­nas: del hom­bre mismo. Ya no hay ami­gos o enemi­gos. Todos con­ta­mi­na­mos. Todos ago­ta­mos las reser­vas de petró­leo. Paul Ehr­lich afir­maba poco des­pués de los aten­ta­dos del 11 de sep­tiem­bre que “la gran mayo­ría de terro­ris­tas son jóve­nes mayo­res”, y en los paí­ses isla­mis­tas “hay gran­des can­ti­da­des de chi­cos por debajo de los 15 años”. Sí: hemos encon­trado al enemigo… y somos noso­tros mis­mos: todo joven es un terro­rista en espera de encon­trar su opor­tu­ni­dad. Lo malo de esta pos­tura es que no se arre­gla dando una cuota a Green­peace, prac­ti­cando el con­trol de la nata­li­dad o com­prando pro­duc­tos no tra­ta­dos gené­ti­ca­mente: hay que aca­bar con noso­tros mis­mos, por­que noso­tros somos el pro­blema. Pero, si ése es el punto de vista sobre el ser humano en nues­tra socie­dad, nues­tro miedo no tiene solu­ción, sea por la vía del diá­logo o por la de la fuerza. A lo mejor no nos que­dará otro reme­dio que cam­biar nues­tra manera de pen­sar sobre noso­tros mismos…

Autó­ma­tas de la cul­tura del miedo

David Rodrí­guez Seoane. Perio­dista. Enviado por el CCS.

Cons­truida con una inten­cio­na­li­dad pre­me­di­tada o no, la cul­tura del miedo forma parte, a todas luces, de las nue­vas ten­den­cias socia­les del siglo XXI. La socie­dad de este siglo está tan ate­mo­ri­zada que per­ma­nece ador­me­cida, sin acti­tud crí­tica y con­mo­cio­nada por la des­con­fianza en casi todo. Los indi­vi­duos, por su parte, obe­dien­tes y escla­vi­za­dos por los man­da­tos del poder esta­ble­cido sólo encuen­tran ali­vio en un con­su­mismo com­pul­sivo que les per­mita com­prar la segu­ri­dad que las ins­ti­tu­cio­nes y las infor­ma­cio­nes de los noti­cie­ros ponen en duda.

La des­hu­ma­ni­za­ción del mundo ha hecho que las per­so­nas sean sus­ti­tui­das por autó­ma­tas y que el miedo se haya con­ver­tido en el ver­da­dero opio del pueblo.

Jo-Marie Burt: “Fuji­mori ins­taló la cul­tura del miedo

–Explí­ca­nos por qué usas con­cep­tos de Anto­nio Gramsci, como con­senso y coer­ción, para enten­der el auto­ri­ta­rismo en el Perú.

–Fue útil por­que me sirve para enten­der cómo un gobierno auto­crá­tico con una volun­tad auto­ri­ta­ria es tan apre­ciado por la pobla­ción. Alguna vez entre­visté a per­so­nas que me mani­fes­ta­ban que no esta­ban de acuerdo con las desa­pa­ri­cio­nes for­za­das y las matan­zas de La Can­tuta. Yo les pre­gun­taba por qué no lo hacían notar. Un diri­gente barrial me res­pon­dió: “Quien habla es terro­rista. Si yo hablo con­tra este gobierno me van a sin­di­car como terro­rista”. El gobierno de Fuji­mori logró cons­truir la idea de que la opo­si­ción era sinó­mino de terro­rista. El terro­rista es arres­tado, es con­de­nado o ase­si­nado, eso infun­dió miedo. La gente opta por el silen­cio pro­vo­cado por el miedo.

Jo-Marie Burt (Escri­tora)

Anuncios

From → Uncategorized

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: