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Tres cartas para Mario Vargas Llosa

diciembre 7, 2010

Tres misi­vas en tres his­to­rias de tres dis­tin­tos inte­lec­tua­les que rezan un texto para nues­tro lau­reado. Siendo estos: Julio Cor­tá­zar, José Donoso y Car­los Barral.

Bar­ce­lona, 29 de julio de 1969

Mos­sèn:

Mi tele­grama no era deli­rante. Creo sin­ce­ra­mente que Con­ver­sa­ción en La Cate­dral es una de las gran­des nove­las de este siglo. Una novela con un umbral estre­cho, como te decía en una carta ante­rior, y de una vas­te­dad insos­pe­chada una vez tras­puesto ese corre­dor tor­tuoso y limi­nar. Te leí en dos noches blan­cas, cabal­gando gale­ras lle­nas de erra­tas, de líneas sal­ta­das y caren­tes de divi­sio­nes. En mi loco entu­siasmo ordené a Rosa que te man­dara esas mis­mas gale­ras, tal como esta­ban, sin corre­gir, con el solo pro­pó­sito de inten­si­fi­car la comu­ni­ca­ción con­tigo acerca del libro, sin espe­rar a que hubiera gale­ras corre­gi­das. Tal vez fue un error; te ima­gino vomi­tando lisu­ras, haciendo huel­gas de ham­bre, rehu­sando hasta el cebi­che y el chupe de cama­ro­nes. Pero tal vez tu indig­na­ción y tu tris­teza ser­vi­rán de ace­le­ra­dor, impe­di­rán que te demo­res un solo minuto.

Es inú­til que te hable del libro. No soy capaz de otra crí­tica que no sea la pura adje­ti­va­ción. Habré de espe­rar a que la lec­tura se asiente y sus impre­sio­nes se sosie­guen. Me sentí cobarde con San­tiago, vis­coso con Ber­mú­dez, per­plejo entre todas las acti­vi­da­des con Ambro­sio y, por supuesto, reite­ra­da­mente lés­bica con la Musa y con la Queta. Pasé noches en tea­tru­chos y buli­nes, hice los más sucios nego­cios, humi­llé página tras página los here­da­dos prin­ci­pios mora­les y, sobre todo, aprendí, qué carajo, cómo se mete mano a la opo­si­ción, cómo se rom­pen sus mani­fes­ta­cio­nes y se true­can en apo­teo­sis de quien nos paga y, en fin, cómo se mane­jan los deli­ca­dos nego­cios del poder. En fin, como si hubiera estado en Lima en ese tiempo y hubiera ejer­cido simul­tá­nea­mente de puta y de cachaco. Natu­ral­mente hay mucho más que eso, pero no te lo voy a con­tar aho­rita; ape­nas comienzo a con­tár­melo a mí mismo.

En el libro no encon­tré desde el punto de vista esti­lís­tico nada que te pueda seña­lar como un incon­ve­niente o un defecto. Por decir algo te diré que me sor­pren­dió la fre­cuen­cia con que los per­so­na­jes requin­tan. Requin­tan casi tan fre­cuente como los del amigo Hor­te­lano se retre­pan en sus asien­tos. Claro que a lo mejor en el Perú se requinta más. Yo no requinto nunca. En fin, maes­tro, que mi crí­tica sea muda y entu­siasta, como un abrazo.

Creo que el libro puede ir en dos volú­me­nes. En dos volú­me­nes para que no sea un libro mons­truoso, pero que han de ser dos volú­me­nes siameses.

Estuve cenando con José Miguel Oviedo, que nos obse­quió con una cena crio­lla. Voy a publi­car su libro sobre ti cuando lo ponga al día, es decir, des­pués de que haya leído e incluido en el texto todo lo refe­rente a Con­ver­sa­ción en La Catedral.

Dicto esta carta en medio de un bochorno espeso que ni siquiera deja pen­sar con cla­ri­dad; es decir, con nota­ble esfuerzo mío y de Ana, lo cual indica que nada te excu­sará de con­tes­tar a vuelta de correo, de devol­verme el abrazo y de darme noticias.

Car­los Barral

P. S. Acabo de reci­bir tu carta del 20 de julio jun­ta­mente con el currículo y las fotos. El currículo revela que, a pesar de lo que dices en tus car­tas, no estás deci­dido a renun­ciar al cargo uni­ver­si­ta­rio inglés. Dime algo defi­ni­tivo en cuanto decidas.

No, no voy a ir a la reunión de San­tiago; nece­sito las vaca­cio­nes de agosto para des­in­to­xi­carme, por lo menos.

El poeta de per­fil de meda­lla no con­testa a mis car­tas. Quién sabe por dónde andará. Si la corres­pon­den­cia no se reanuda en sep­tiem­bre ten­dré que bus­car otra solu­ción para las cará­tu­las. Te ten­dré infor­mado a par­tir del 1º de sep­tiem­bre. Si durante el mes de agosto te con­viene comu­ni­carte con­migo, hazlo a mis señas de Cala­fell (avda. de San Juan de Dios, 16).

Un abrazo.

Iowa City, 3 de marzo de 1967

Que­rido Mario:

No sabes cuánto te agra­dezco tu carta y el gusto que me dio reci­birla. Los lati­noa­me­ri­ca­nos somos epis­to­lar­mente mudos, y son muy pocos los que se han dado la moles­tia de acu­sar recibo de mis libros –sólo los bue­nos ami­gos y los que antes se lla­ma­ban en las ter­tu­lias lite­ra­rias “los espí­ri­tus selec­tos”. Agré­gale a esto la leyenda en que te has trans­for­mado, y mi admi­ra­ción por tu obra, que de sobra sabes.

Te incluyo un Coro­na­ción (per­dón, la por­tada no es mía). Esto como preám­bulo a mi deleite de pen­sar que qui­zás pronto te cono­ceré, ya que mi mujer y yo par­ti­mos a Europa el 20 de mayo, por un año y medio por lo menos. Como es boli­viana (creo que tu mujer tam­bién: la mía dice que te pre­gunte “de qué Urqui­dis es por­que los Urquidi son muy ami­gos de mi fami­lia”) y la tengo ence­rrada en medio de las tun­dras del medioeste, añora y sueña con costa, con mar, y hace años que me viene acu­sando de que le estoy qui­tando costa como si yo tuviera la culpa de la gue­rra del 79. Para apla­car su año­ranza de costa sepul­tada en su incons­ciente colec­tivo de boli­viana, le he pro­me­tido pasar tres meses en Mallorca. Des­pués, por­que parece que la vida allí es más barata, nos ire­mos a España, cerca de una ciu­dad grande pero en el campo. Via­ja­re­mos cons­tan­te­mente, me ima­gino, y no dudo de que ire­mos a Lon­dres, donde espe­ra­mos verte. Lo mismo si tú vie­nes al sur. A pro­pó­sito, acabo de saber que mis bue­nos ami­gos los Fla­koll están viviendo en Mallorca. ¿Sabes tú su direc­ción –pue­des man­dár­mela, ya que qui­siera hacer­les lle­gar mis libros?

El año pasado hice un semi­na­rio aquí sobre la novela lati­noa­me­ri­cana en tra­duc­ción al inglés, en que quise incluir La ciu­dad y los perros. Pero no alcanzó a salir a tiempo. En enero del 69 haré otro semi­na­rio igual en que sin duda la incluiré. Es para alum­nos que no hablan espa­ñol ni saben nada de Lati­noa­mé­rica. Enlo­que­cie­ron con Cor­tá­zar y con Bor­ges. Tengo un alumno de Uganda, negro como un piano de cola, que escribe cuen­tos al estilo bor­giano, sobre su abuelo, que era caní­bal. Buena com­bi­na­ción, ¿no te parece? Roger Klein me dice que el que leyó para él la ver­sión espa­ñola de La casa verde le dijo que “desde Ulys­ses de Joyce no expe­ri­men­taba una emo­ción esté­tica pare­cida”. Lo que no deja de ser.

Por supuesto que qui­siera hablar horas y horas sobre tus nove­las y las mías. Por el momento no tengo nada para tu revista en Perú –este año estoy haciendo un semi­na­rio sobre la novela de la ado­les­cen­cia en este siglo (Musil, Radi­guet, McCu­llers, Mis­hima, Rilke, Joyce, Th. Wolfe, Hesse, etc.), que me tiene sor­bido el seso, y no he escrito nada. De mi novela gorda, El obs­ceno pájaro de la noche, tengo mil qui­nien­tas cuar­ti­llas des­or­de­na­das–, para eso es el año y medio en España sin hacer nada. Si tie­nes oca­sión de reco­men­dar­les a los de tu revista (conocí a Westp­ha­len en Roma, 1960) que se ocu­pen de mis libros, te lo agra­de­ce­ría. Lo mismo, si me pue­des enviar el nom­bre de quien quedó a cargo de Popu­li­bros des­pués de la muerte de Sala­zar, y su direc­ción, mira que tengo unfi­nis­hed busi­ness con ellos.

Gra­cias, de nuevo, por tu carta, tu entu­siasmo y tu amis­tad ofre­cida, que corres­pondo con un abrazo igual. ~

José Donoso

Gine­bra, 18 de agosto de 1965

Que­rido Mario:

A esta máquina le fal­tan todos los acen­tos; los iré poniendo a mano cuando relea esta carta, pero per­do­na­rás que se me sal­ten algu­nos. Por paquete cer­ti­fi­cado te devuelvo la novela, y espero que reci­bas las dos cosas sin demora. He dejado pasar una semana des­pués de la lec­tura de tu libro, por­que no que­ría escri­birte bajo el arre­bato de entu­siasmo que me pro­vocó La casa verde. Y sin embargo, ahora que voy a decirte algu­nas cosas sin pen­sar­las dema­siado, dejando que la máquina vuele casi a su gusto, siento que el entu­siasmo no sola­mente no ha dis­mi­nuido sino que se ha afir­mado, se ha vuelto ya eso que todo nove­lista quiere para su obra: recuerdo, memo­ria segura y firme. Qui­siera decirte, ante todo, que una de las horas más gra­tas que me reserva el futuro será la relec­tura de tu libro cuando esté impreso, cuando no haya que luchar con esa “a” par­tida en dos que tiene tu con­de­nada máquina (tírala a la calle desde el piso 14, hará un ruido extra­or­di­na­rio, y Patri­cia se diver­tirá mucho, y a la mañana siguiente encon­tra­rás todos los peda­ci­tos en la calle y será estu­pendo, sin con­tar la estu­pe­fac­ción de los veci­nos, puesto que en Fran­cia las-máquinas-de-escribir-no-se-tiran-por-la-ventana).

Sí, leer tu libro impreso va a ser una gran mara­vi­lla, por­que vol­veré a vivir el largo viaje de Fus­hía y Aqui­lino, que me parece la viga maes­tra del edi­fi­cio, o mejor, el hilo con­duc­tor de todo el tapiz, como en los dia­gra­mas geo­grá­fi­cos la línea del nivel del mar parece regir todas las cur­vas ascen­den­tes y des­cen­den­tes, las mon­ta­ñas y las fosas sub­ma­ri­nas. Y vol­veré a encon­trarme con Boni­fa­cia y con Lituma, con Nie­ves y con Lalita, para mí los per­so­na­jes más vivos y logra­dos de la novela des­pués de Fus­hía, o junto con él. Fíjate que así, sol­tán­dote unas pri­me­ras impre­sio­nes casi pasio­na­les, te estoy dando ya una opi­nión sobre el libro; pero me parece nece­sa­rio decirte, antes de seguir, alguna cosa sobre la tota­li­dad del libro. Bueno, MarioVar­gas Llosa. Ahora te voy a decir toda la ver­dad: empecé a leer tu novela muerto de miedo. Por­que tanto había admi­rado La ciu­dad y los perros (que secre­ta­mente sigue siendo para mí Los impos­to­res), que tenía un casi incon­fe­sado temor de que tu segunda novela me pare­ciera infe­rior, y que lle­gara la hora de tener que decír­telo (pues te lo hubiera dicho, creo que nos cono­ce­mos). A las diez pági­nas encendí un ciga­rri­llo, me recosté a gusto en el sillón, y todo el miedo se me fue de golpe, y lo reem­plazó de nuevo esa misma sen­sa­ción de mara­vi­lla que me había cau­sado mi pri­mer encuen­tro con Alberto, con el Jaguar, con Gam­boa. A la altura de los pri­me­ros diá­lo­gos de Boni­fa­cia con las mon­ji­tas ya estaba yo total­mente domi­nado por tu enorme capa­ci­dad narra­tiva, por eso que tenés y que te hace dife­rente y mejor que todos los otros nove­lis­tas lati­noa­me­ri­ca­nos vivien­tes; por esa fuerza y ese lujo nove­lesco y ese domi­nio de la mate­ria que inme­dia­ta­mente pone a cual­quier lec­tor sen­si­ble en un estado muy pró­ximo a la hip­no­sis (y eso no sig­ni­fica pér­dida de luci­dez, sino paso a otra forma de luci­dez, que es el mila­gro de toda gran novela, de un Lowry o un Joyce Cary o un Dos­toievski, y no te pon­gas colo­rado, perua­nito, que yo no elo­gio así nomás a nadie, aun­que sea un amigo muy querido).

A todo esto Aurora se había apo­de­rado del pri­mer cua­der­ni­llo, y me seguía de cerca, de modo que ter­mi­na­mos casi al mismo tiempo el libro y pudi­mos hablar mucho y cri­ti­car todo lo que encon­trá­ba­mos cri­ti­ca­ble, y con­tro­lar­nos mutua­mente para evi­tar las inge­nui­da­des o los entu­sias­mos exce­si­vos o momen­tá­neos. Para mí fue una gran ale­gría que mi mujer sin­tiera exac­ta­mente lo mismo que yo, por­que es una crí­tica severa y tiene sobre mí la ven­taja de que es más desapa­sio­nada y toma sus dis­tan­cias y juzga obje­ti­va­mente. Cuando sentí que ella reac­cio­naba igual que yo, las pocas dudas que pudie­ran haberme que­dado sobre mi pri­mera impre­sión se disi­pa­ron total­mente. Hoy, a muchos días ya de la lec­tura, segui­mos hablando con el mismo tono del pri­mer día. Has escrito una gran novela, un libro extra­or­di­na­ria­mente difí­cil y arries­gado, y has salido ade­lante por todo lo alto, como diría alguno de nues­tros com­pa­ñe­ros espa­ño­les. Me río per­ver­sa­mente al pen­sar en nues­tras dis­cu­sio­nes sobre Alejo Car­pen­tier, a quien defien­des con tanto encar­ni­za­miento. Pero hom­bre, cuando salga tu libro, El siglo de las luces que­dará auto­má­ti­ca­mente situado en eso que yo te dije para tu escán­dalo, en el rin­cón de los tras­tos anacró­ni­cos, de los bri­llan­tes ejer­ci­cios de estilo. Vos sos Amé­rica, la tuya es la ver­da­dera luz ame­ri­cana, su ver­da­dero drama, y tam­bién su espe­ranza en la medida en que es capaz de haberte hecho lo que sos.

Quizá te moleste este tono un poco exal­tado. De acuerdo, bajaré el regis­tro y te hablaré pro­fe­sio­nal­mente, sin olvi­dar las crí­ti­cas que se me ocu­rren y sobre las que vol­ve­re­mos a hablar cuando nos vea­mos. Pero como tam­bién me ocu­rre que la novela me interesa pro­fe­sio­nal­mente, hay algo que tengo que decirte de entrada y sin el menor rega­teo: en el plano téc­nico, La casa verde es mara­vi­llosa. Yo no sé si alguien ha empleado ya el recurso que uti­li­zas de los flash­ba­cks incor­po­ra­dos a la acción en pre­sente; no recuerdo nin­gún ejem­plo, y pienso que lo has inven­tado. Cuando lo advertí por pri­mera vez (Fus­hía y Aqui­lino hablan en la barca, Aqui­lino quiere saber cómo se eva­dió Fus­hía de la cár­cel, y ahí nomás sigue un diá­logo entre Fus­hía y sus com­pa­ñe­ros de eva­sión, para vol­ver des­pués a ren­glón seguido al diá­logo en pre­sente, y otra vez atrás) sentí una impre­sión casi ver­ti­gi­nosa. Com­prendí que con­se­guías un télés­co­page del tiempo y el espa­cio, que le aho­rra­bas al lec­tor un mon­tón de ideas y situa­cio­nes inter­me­dias, que toca­bas lo esen­cial de lo narra­tivo, esa elec­ción de lo real­mente sig­ni­fi­ca­tivo y nece­sa­rio, que a su manera todo gran nove­lista logra. A ese pri­mer acierto téc­nico, que me sigue pare­ciendo cada vez más extra­or­di­na­rio, se suman muchos otros análo­gos; la irri­tante, a veces exas­pe­rante ambi­güe­dad de los pla­nos del tiempo, que exige del lec­tor una aten­ción vigi­lante, los epi­so­dios que coexis­ten en un solo momento del relato por el hecho de que hay una rela­ción analó­gica entre ellos y es natu­ral que los acer­ques (es natu­ral, pero había que hacerlo, y es difí­cil, como en el relato para­lelo de la muerte de Toñita y del aborto de Boni­fa­cia). Es curioso, pero cuando iba lle­gando al final del libro, antes del epí­logo, tuve una sen­sa­ción que pocas veces he tenido al leer nove­las; la de que había como una com­ple­jí­sima estruc­tura musi­cal, en el sen­tido en que un poema sin­fó­nico supone temas entre­te­ji­dos de una manera que el oído, que los per­cibe con­se­cu­ti­va­mente, puede sin embargo lograr gra­cias a la dis­tri­bu­ción, a los tim­bres, a los desa­rro­llos y los leit-motivs, algo como una estruc­tura simul­tá­nea, un enorme pedazo de música petri­fi­cada en la que todo lo que fluía se orga­niza en un inmenso tapiz sus­pen­dido delante de los ojos –del oído, si quie­res– como una viven­cia total y simul­tá­nea. No sé expli­carme mejor, pero pienso que mien­tras hil­va­na­bas los temas, los sub­te­mas, las infi­ni­tas recu­rren­cias y reso­nan­cias de la novela, entraste sabién­dolo o no en una dimen­sión musi­cal. No lo entien­das a la manera de una influen­cia, por supuesto (creo que no eres dema­siado meló­mano), sino de una analo­gía “estruc­tu­ral”. Yo, que soy meló­mano incu­ra­ble, no encuen­tro otra manera de decirte hasta qué punto la trama de tu libro me parece una espe­cie de poten­cia­ción, de pro­yec­ción hacia ese plano de la arqui­tec­tura sonora, sin la cual nin­guna obra humana (plás­tica, lite­ra­ria o poé­tica) puede superar sus limi­ta­cio­nes. En todo caso, desde el punto de vista de la arma­zón narra­tiva, tu libro es uno de los más com­ple­jos y más inci­tan­tes que he leído en muchos años.

Te pro­metí las crí­ti­cas, y paso a ellas para no seguir elo­giando de una manera que pueda pare­certe indis­cri­mi­nada. La pri­mera obser­va­ción viene de Aurora, y yo la com­parto. No nos gusta el título del libro. Es pin­to­resco, y muy por debajo de todo lo que ocu­rre. Ya sé que un título es cosa difí­cil, pero trata de ima­gi­nar otro. Me gus­ta­ría suge­rirte alguno, pero no se me ocu­rre nada. Y ahora, pasando a los per­so­na­jes, quizá te sor­prenda que, para mí, Anselmo no está logrado. Digo que quizá te sor­prenda por­que en algún sen­tido debe ser para vos el eje mismo del libro, sin con­tar que el epí­logo está cen­trado en torno a él. Pues bien, no he logrado “vivir” a Anselmo. Así como Lituma cho­rrea vida, y Boni­fa­cia, y Fus­hía, y los incon­quis­ta­bles en pleno, y Lalita, me ocu­rre que a Anselmo lo veo… lite­ra­ria­mente. No entiendo dema­siado su lle­gada, la fun­da­ción del pros­tí­bulo, su deca­den­cia, me fas­ti­dia un poco cuando está viejo y tra­baja para su hija, no llega a emo­cio­narme su amor por la ciega ni su muerte. Me pre­gunto por qué, y quizá cuando vuelva a leer el libro lo descubra.

En líneas gene­ra­les siento como si la segunda parte de la novela estu­viera algo por debajo de la pri­mera, pero es que hay una tal varie­dad y una tal fuerza en todo lo que ocu­rre al prin­ci­pio y hasta la mitad, que uno queda un poco como un perro apa­leado y puede ser que enton­ces influya alguna fatiga hasta física. No te preo­cu­pes por esta obser­va­ción, que puede ser dema­siado sub­je­tiva. Pienso tam­bién (hice una nota para indi­carte el lugar exacto, pero la he per­dido) que algu­nas refe­ren­cias “expli­ca­ti­vas” están com­ple­ta­mente de más, a menos que sean iró­ni­cas y se me haya esca­pado la inten­ción. Me refiero a una parte donde das algu­nos datos geo­grá­fi­cos sobre el Mara­ñón (u otro río, pero creo que es el Mara­ñón), y lo haces en uno o dos párra­fos que pare­cen inter­ca­la­dos didác­ti­ca­mente, y que me moles­tan por eso. Pre­ci­sa­mente lo estu­pendo del libro (ayer se lo decía a Deus­tua) es que la des­crip­ción de la natu­ra­leza, que es fun­da­men­tal en la novela, está de tal manera fusio­nada con la acción, que jamás se da uno cuenta de que tú le estás mos­trando al lec­tor cómo es un claro del bos­que, una curva del río, una calle de la ciu­dad. Hay una sola atmós­fera en que todo ocu­rre simul­tá­nea­mente, esce­na­rios y accio­nes, y eso es de lo más difí­cil y te lo digo por amarga expe­rien­cia per­so­nal. El clima gene­ral del libro (seque­dad y arena y viento, o calor húmedo y ali­ma­ñas y pan­ta­nos) surge con una fuerza tre­menda, y alguna vez que me he dete­nido a ana­li­zar un par de pági­nas para ver cuál era la acu­mu­la­ción de deta­lles que pro­vo­caba esa fuerza, he visto lo que te digo más arriba, es decir, que te basta con­tar a tu manera para que todo se dé en una misma ins­tan­cia narra­tiva, sin esa sepa­ra­ción esco­lar entre “des­crip­ción” y “acción” que es pro­pia del nove­lista común.

Hablando de des­crip­ción, se me ocu­rre que así como en la edi­ción de La ciu­dad y los perros Seix Barral incluyó la foto del Leon­cito Prado, esta­ría muy bien que en La casa verde hubiera un mapa. Los no perua­nos ten­dría­mos un gran pla­cer en ubi­car mejor el esce­na­rio gene­ral del libro, y creo –es una idea de Aurora, que como ves cola­bora bas­tante en esta carta– que si la cubierta del libro fuera un gran mapa de toda la Ama­zo­nía (abar­cando el lomo y la con­tra­tapa), en esa forma se eli­mi­na­ría lo que tiene de pedante o “cien­tí­fico” un mapa en el inte­rior del libro, y a la vez el lec­tor se daría el gusto de situar a Iqui­tos o de ima­gi­nar la barca de Aqui­lino en algún tramo del río. A esto te agrego que un pequeño glo­sa­rio no sería inú­til; las diver­sas tri­bus indí­ge­nas, y unas cin­cuenta palabras-clave del libro, mere­ce­rían una expli­ca­ción. Uno las va com­pren­diendo por el con­texto, pero com­pren­de­rás que los no perua­nos esta­mos a veces un poco per­di­dos. Sila­ba­rio puta, sol­dado carajo, che. Chun­cha de la madre, calato, gami­tana o zún­garo, sila­ba­rio jodido, che Mario.

Última cosa: Creo que nunca le das su ver­da­dero nom­bre al Pesado, pero al final, cuando se ha casado con Lalita, le das su ape­llido y el lec­tor se queda des­con­cer­tado hasta que lo reco­noce. O le supri­mís el ape­llido (creo que sería lo mejor, por­que uno ya es amigo del Pesado, y no tiene otro nom­bre que ése) o se lo das un par de veces al comienzo para que no sor­prenda al final.

Bueno, yo creo que por esta vez ya está bien. Espero no haberte abu­rrido dema­siado, pero cuando nos encon­tre­mos (alguien susu­rra que venís a Gine­bra en estos días, y sería estu­pendo, por­que noso­tros esta­re­mos hasta el 27 y podría­mos quizá encon­trar­nos toda­vía) vol­ve­re­mos a hablar mucho de tu libro. Te agra­dezco que me lo hayas con­fiado así, en manus­crito; me per­mití pres­tár­selo a Raúl, que lo había leído sólo en parte y que­ría ter­mi­narlo. Otros me lo pidie­ron (Gir­bau, por ejem­plo), pero me negué, por­que no me sen­tía auto­ri­zado a hacerlo.

Per­dó­name la impro­vi­sa­ción de esta carta, dale un beso a Patri­cia de parte de Aurora y de mí, y un gran abrazo de este her­mano tuyo que se siente tan feliz de haberte escrito esta carta,

Julio (Cor­tá­zar)

[P. S.] Ole­riny me manda una pos­tal, y dice que no le has man­dado el libro. Me pide que “pierda dos pala­bras en su favor”. En checo, supongo que quiere decir que te recuerde que le gus­ta­ría reci­bir la novela. No tengo aquí la direc­ción de Cher­mak en Praga. ¿Podrías hacerle lle­gar las líneas que te envío adjun­tas? Muchí­si­mas gracias.

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