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Entrevista con John Lennon y Yoko Ono II

diciembre 7, 2010

 

En una con­ver­sa­ción pro­funda y rela­jada, el que fue cere­bro de los Beatles habla de música y músi­cos, de dinero y polí­tica, de amor y gue­rra, de la lucha con­tra su machismo…

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–La pre­gunta es la siguiente. ¿Cómo se con­ci­lia esto con tu filo­so­fía polí­tica? Se supone que eres socia­lista, ¿no?

–En Ingla­te­rra es posi­ble ser sólo dos cosas, fun­da­men­tal­mente. O esta­mos con el movi­miento labo­rista o esta­mos con el capi­ta­lista. Yo era un socia­lista ins­tin­tivo. Eso que­ría decir que yo creía que a la gen­te hay que pagarle la den­ta­dura pos­tiza y la salud y demás. Pero apar­te de eso, yo tra­bajé por dinero y que­ría ser rico. Enton­ces, qué dia­blos… si es una para­doja, diré que soy un socia­lista. Pero la ver­dad es que no soy nada. Lo que sen­tía antes era cul­pa­bi­li­dad por tener dine­ro. Es por eso que lo per­día, rega­lán­dolo o per­mi­tiendo que me estafa­sen mis lla­ma­dos agentes.

–Sea cual fuere tu posi­ción polí­tica, has jugado muy bien tu papel de capi­ta­lista, con­vir­tiendo tus ganan­cias de los Beatles en bie­nes inmue­bles, ganado… ¿Para qué puede nece­si­tar alguien ciento cin­cuenta mi­llones de dóla­res? ¿No esta­rías per­fec­ta­mente con­forme con cien millo­nes? ¿O con un millón?

-¿Qué pro­po­nes que haga­mos? ¿Rega­lar todo y pedir limosna en la calle? El budismo dice: “Des­hazte de todas las pose­sio­nes de la men­te”. Ale­jarse de todo ese dinero no ten­dría tal resul­tado. Es como los Beatles. No podría ale­jarme de los Beatles. Es algo que sigue pisán­dome los talo­nes, ¿no? Si me alejo de una casa, o bien de cua­tro­cien­tas casas, no voy a escapar.

-¿Cómo vas a escapar?

–Lleva tiempo des­pren­derse de toda esa basura que llevo con­migo y que ha influen­ciado mi manera de vivir. Tuvo mucho que ver con Yoko, pero men­tal­mente me llevó estos últi­mos años de lucha. Aprendí todo de ella.

–Lo que dices suena como una rela­ción de maes­tra y alumno.

–Es una rela­ción de maes­tra y alumno.

Yoko, ¿cómo te sien­tes por ser la maes­tra de John?

Ono: –John había tenido una extensa expe­rien­cia antes de que nos cono­cié­ra­mos, el tipo de expe­rien­cia des­co­no­cido para mí, de modo que yo tam­bién aprendí mucho de él. La influen­cia es mutua. Es posi­ble que yo tenga fuerza, una fuerza feme­nina. Las muje­res la desarro­llan… en una rela­ción, creo que ¡as muje­res tie­nen en reali­dad la sabi­duría inte­rior y que encie­rran esto mien­tras que los hom­bres tie­nen una espe­cie de sabi­du­ría para enca­rar a la socie­dad, ya que ellos la crea­ron. Los hom­bres nunca desa­rro­lla­ron esta sabi­du­ría inte­rior. Nunca tuvie­ron tiempo para desa­rro­llarla. Así la mayo­ría de los hom­bres se apo­yan real­mente en la sabi­du­ría inte­rior de las muje­res, lo expre­sen o no.

-¿En qué sen­tido te ha ense­ñado Yoko?

–Cuando dijo: “¡Vete! Por­que no logras enten­derlo”… diría que fue como si me man­da­sen al desierto. Y la razón por la que no me dejaba vol­ver era que yo no estaba listo to­davía para hacerlo. Tenía que arre­glar cosas en mi inte­rior. Cuado estuve listo para vol­ver, ella me aceptó. Y es con eso que estoy viviendo ahora.

–Te refie­res a la sepa­ra­ción entre ustedes.

–Sí. Nos sepa­ra­mos en los pri­me­ros años del ’70. Yoko me expulsó. De repente me encon­tré a la deriva, solo en una balsa en el uni­verso. Al prin­ci­pio pensé: “¡Hurra! ¡Hurra! ¡Vuelta a la vida de sol­tero!”. Pero un día me des­perté y pensé: “¿Qué es esto? Quiero vol­ver a casa!”. Pero ella no me dejaba vol­ver. Todo el tiempo hablá­ba­mos por telé­fono y yo le decía: “No me gusta nada esto. Estoy lleno de difi­cul­ta­des. Por favor, déjame vol­ver a casa”. Y ella decía: “‘No estás listo para vol­ver”. Y enton­ces, ¿qué hacía yo? Vuelta a empi­nar el codo. Sólo que­ría aho­gar en alcohol lo que sen­tía. Estaba enlo­que­cido. Fue el famoso fin de semana per­dido, pero duró die­ci­ocho meses. Nunca bebí tanto en mi vida. Traté de aho­garme en alcohol y lle­gué a estar entre los más gran­des bebe­do­res de mi pro­fe­sión. Me aver­güenza pen­sar en esa época, por­que actué como un gran tonto… pero pro­ba­ble­mente haya sido una buena lec­ción para mí.

-¿Por qué lo expul­saste a John, Yoko?

Ono: –Hubo muchas cosas. Soy el tipo de mujer al que le gusta “avan­zar”. Es por ese motivo que soy una de ¡as pocas que sobre­vi­ven como mujer, ¿sabes? Las muje­res tien­den a meterse más en los hom­bres, en gene­ral, pero yo no era…

Yoko ve a los hom­bres como asis­ten­tes… Con diver­sos gra­dos de inti­mi­dad, pero fun­da­men­tal­mente, asis­ten­tes. Y este asis­tente se va a hacer pis (sale).

Ono: –No hay comen­ta­rio. Pero cuando yo conocí a John, las mu­jeres eran para él bási­ca­mente gente que lo rodeaba para ser­virlo. Tu­vo que abrirse y enca­rarse con­migo… Y yo tuve que ver lo que estaba viviendo. Pero… pensé enton­ces que yo tenía que seguir mi camino, por­que estar junto a John me hacía sufrir.

-¿Por qué?

Ono: –La pre­sión del público, ser la cul­pa­ble de la sepa­ra­ción de los Beatles, la que hacía impo­si­ble que ellos vol­vie­sen a for­mar el grupo. Mi acti­vi­dad en arte tam­bién se per­ju­dicó. Pensé que me gus­ta­ría libe­rarme de ser la señora de Len­non y pensé luego que sería una buena idea que John se fuese a Los Ánge­les y me dejase tran­quila un tiempo. Hacía años que sopor­taba la situa­ción. Desde el prin­ci­pio, cuando John per­te­ne­cía aún a los Beatles, nos alo­já­ba­mos en un cuarto de ho­tel y tenía­mos la puerta cerrada y demás, pero nos olvi­dá­ba­mos de ce­rrarla con llave y solían entrar algu­nos de los cola­bo­ra­do­res de los Beatles y se ponían a con­ver­sar con él como si yo no estu­viese allí. Me vol­vía loca. Era invi­si­ble. La gente que rodeaba a John me veía como una gran ame­naza. Quiero decir que hasta oí algo sobre pla­nes de ma­tarme. Los Beatles, no, pero la gente que los rodeaba.

-¿Cómo te afec­ta­ron esos rumores?

Ono: –La socie­dad no com­prende que tam­bién es posi­ble para una mujer sen­tirse cas­trada. Yo me sen­tía cas­trada. Antes me iba a las mil mara­vi­llas. Mis obras no se ven­dían mucho, quizá; qui­zás era más po­bre pero tenía mi orgu­llo. Y lo más humi­llante fue que me vie­sen como un pará­sito. (…) Yo siem­pre había sido más macho que muchos de los hom­bres con quie­nes estaba, en cierto sen­tido. Siem­pre había sido quien ganaba el pan, por­que siem­pre quise tener la liber­tad y el domi­nio. Ines­pe­ra­da­mente me encuen­tro junto a alguien con cuyas ganan­cias no puedo com­pe­tir en abso­luto. Por fin no pude sopor­tarlo… o bien decidí no sopor­tarlo más tiempo. Habría tenido la misma difi­cul­tad aun si no me hubiese visto enre­dada con… con…

–John… me llamo John.

Ono: –Con John. Pero John no era sim­ple­mente John. Era ade­más su grupo y todos los que lo rodeaban…

-¿Cómo vol­vie­ron a jun­tarse por fin?

Ono: –Poco a poco lle­gué a des­cu­brir que la difi­cul­tad no estaba en John, ni mucho menos. John es un hom­bre extra­or­di­na­rio. Era la so­ciedad lo que se había vuelto dema­siado para él. Hoy nos reí­mos al re­cordarlo, pero comen­za­mos a salir jun­tos otra vez. Yo que­ría estar segura. Debo dar gra­cias por la inte­li­gen­cia de John…Me hizo bien me­terme en el nego­cio y recu­pe­rar mi amor pro­pio y el orgu­llo de mi pro­pia capa­ci­dad. Y me hizo bien que nece­si­tara él esta rever­sión de pa­peles que le hizo tanto bien.

–Y apren­di­mos que es mucho mejor para la fami­lia que los dos es­temos tra­ba­jando para ella. Yoko ocu­pán­dose de las finan­zas y yo siendo madre mujer. Hici­mos un reor­de­na­miento de prio­ri­da­des. La número uno es Yoko y la fami­lia. Todo el resto gira alre­de­dor de esta prioridad.

-¿Cómo mar­cha­ron las cosas desde que toma­ron esa decisión?

–Vol­vi­mos a unir­nos, deci­di­mos que esta era nues­tra vida, que tener un hijo era impor­tante para noso­tros y que todo lo demás era secun­dario. Tra­ba­ja­mos mucho para tener ese hijo. Pasa­mos por experien­cias infer­na­les para tener ese hijo, abor­tos espon­tá­neos y otros proble­mas, es real­mente lo que lla­man “el hijo del amor”. Los médi­cos nos dije­ron que nunca podría­mos tener un hijo… Nos dije­ron que mi esperma no era nor­mal, que había hecho tanto abuso de mi cuerpo en mi juven­tud que no había nin­guna pro­ba­bi­li­dad. Yoko tenía 43 años, ha­bía tenido dema­sia­dos abor­tos y cuando era joven, como no había píl­do­ras, muchos abor­tos y pér­di­das. Debe tener la barriga como los Kew Gar­dens en Lon­dres. No había caso. Pero un chino de San Fran­cisco, espe­cia­lista en acu­pun­tura, nos dijo: “Pór­tense bien. Nada de droga: coman bien, nada de bebida. Ten­drán un hijo en die­ci­ocho meses”.Y noso­tros le diji­mos: “Pero los médi­cos ingle­ses dije­ron que…”. Y él re­plicó: “Olvi­den lo que dije­ron. Uste­des ten­drán chico”. Y tuvi­mos a Se­an y le man­da­mos una foto­gra­fía de él poco antes de que muriera el médico chino, que en paz descanse.

–Ahora que Sean tiene cerca de cinco años, ¿tiene con­cien­cia del he­cho de que su padre fue un beatle?

–No le había dicho nada. Sean vio A Yelow Sub­ma­ríne, de modo que tuve que expli­carle qué hacía esa cari­ca­tura mía en una pelí­cula. Diré aquí que Sean no va a la escuela. Con­si­de­ra­mos que puede apren­der a leer y a escri­bir y sumar cuando quiera… o cuando la ley diga que tiene que apren­derlo. No pienso opo­nerme. Pero de otro modo, no hay razón para que deba apren­der a sen­tarse inmó­vil, no veo nin­guna ra­zón para ello. Sean tiene ahora bas­tante com­pa­ñía de otros chi­cos, que según todo el mundo tiene impor­tan­cia, pero tam­bién está junto a adul­tos. Está adap­tado a las dos cosas. La razón por la cual los chi­cos se enlo­que­cen es que nadie es capaz de afron­tar la respon­sabilidad de criar­los. Todo el mundo tiene dema­siado mie­do para estar con los chi­cos todo el tiempo, y por eso los recha­za­mos y los ale­ja­mos de noso­tros y los tor­tu­ra­mos. Los que sobre­vi­ven son los con­for­mis­tas –les achi­can el cuerpo para que quepa den­tro del molde-, los chi­cos que lla­ma­mos “bue­nos”. Los que no caen den­tro del rótulo van a parar a los mani­co­mios o se vuel­ven artistas.

–Tu hijo Julián: el de tu pri­mer matri­mo­nio, debe ser un ado­les­cente. ¿Lo has visto a tra­vés de los años?

–A Cyn le die­ron la custo­dia. Yo tengo dere­cho a verlo durante las vaca­cio­nes y de­más, y por lo menos la línea de comu­ni­ca­ción está abierta. No es la mejor de las relacio­nes entre padre e hijo, pero hay una rela­ción. Tiene dieci­siete años. Julián y yo tendre­mos una rela­ción mejor en el futuro. Con el correr de los años ha lle­gado a compren­der la ima­gen de los Beatles y tam­bién la que puede haberle dado su madre, cons­ciente o incons­cien­te­mente. En este momento le intere­san las chi­cas y las moto­ci­cle­tas. Yo soy una espe­cie de figura en el cie­lo, pero no tiene otra alternati­va que comu­ni­carse con­migo, aun cuando no tenga ganas.

–Mues­tras gran fran­queza en cuanto a tus sen­ti­mien­tos hacia él, al punto de refe­rirte a Sean como tu pri­mer hijo. ¿Te preo­cupa la posi­bi­li­dad de herirlo?

–No voy a men­tirle a Julián. El noventa por ciento de la gente en es­te pla­neta, en espe­cial en Occi­dente, es hijo de una bote­lla de whisky y de un sábado por la noche y nunca hubo una inten­ción de tener ese hi­jo. Julián está den­tro de esa mayo­ría, como yo y todos. Sean fue un hi­jo deseado y allí está la dife­rencia. No quiero menos a Julián por eso. Sigue siendo mi hijo, aun­que haya par­tido de una bote­lla de whisky. O bien por­que enton­ces no exis­tía la píl­dora. Está aquí, es mi hijo y siem­pre lo será.

Yoko, tu rela­ción con tu hija ha sido mucho más turbulenta.

Ono: –Perdí a Kyoko cuando ella tenía cinco años. Yo era una madre bas­tante ori­gi­nal, pero nos comunicá­bamos muy bien. No la cui­daba mucho, pero estaba siem­pre a mi lado: en la esce­na o en las expo­si­cio­nes de arte, o lo que fuese. No había cum­plido un año cuando la llevé a la escuela como ins­trumento… un ins­tru­mento incon­tro­la­ble, te diré. Mi co­municación con ella era en el nivel de con­ver­sar y hacer cosas. Por eso estaba más cerca de mi ex marido.

-¿Qué pasó cuando ella cum­plió cinco años?

Ono: –John y yo nos uni­mos y me separé de mi ex marido (Tony Cox). Y me quitó a Kyoko. Fue un caso de secues­tro por uno de los padres y noso­tros tra­ta­mos de recuperarla.

–Es el caso clá­sico del hom­bre machista. Se vol­vió una situa­ción en la que Allen Klein y yo tenía­mos que domi­nar a Tony Cox. La acti­tud de Tony era: “Me qui­taste a mi mujer, pero no me qui­ta­rás a mi hija”. En esta bata­lla se olvidó del todo a Yoko y a la chica. Siem­pre me he sen­tido mal al res­pecto. Era como esos tiro­teos de pelí­cula del Far West. Cox huyó a las mon­ta­ñas y se escon­dió y yo, el “she­riff”, salí a bus­carlo. Al prin­ci­pio obtu­vi­mos la cus­to­dia legal. Yoko no que­ría recu­rrir a la jus­ti­cia, pero los hom­bres, Klein y yo, recu­rri­mos a ella, de todos modos.

Ono: –Sabía que lle­var­los a la jus­ti­cia los asus­ta­ría y desde luego los asustó. Enton­ces Tony des­a­pa­re­ció. Era muy tes­ta­rudo y estaba con­vencido de que los capi­ta­lis­tas, con su dinero y sus abo­ga­dos y sus detec­ti­ves, lo esta­ban per­si­guiendo. Eso le dio mayo­res fuer­zas.

–Lo per­se­gui­mos por todo el mundo. Dios sabe adónde fue. De mo­do que si es esto, Tony, actúa como un adulto. Ya pasó. No que­re­mos ya per­se­guirte, por­que hici­mos ya bas­tante mal.

Ono: –Tam­bién man­da­mos detec­ti­ves detrás de Kyoko y esto fue tam­bién bas­tante feo. Hubo un momento en España en que un aboga­do y John lle­ga­ron a pen­sar que ten­dría­mos que secues­trarla. Y la se­cuestramos y vol­vi­mos a enta­blar jui­cio de tenen­cia. La jus­ti­cia hizo algo muy sen­sato. La lle­va­ron a solas a un cuarto y le pre­gun­ta­ron con quién de noso­tros debía que­darse. Claro que ella dijo que con Tony. Había lle­gado a tener­nos muchí­simo miedo. Y ahora debe temer que, si viene a verme, nunca vol­verá a ver a su padre.

–Cuando tenga más de veinte años, com­pren­derá que actua­mos co­mo idio­tas y que sabe­mos que fui­mos idio­tas. Tal vez nos dé una nue­va oportunidad.

Ono: (A John) –Parte de la razón por la que las cosas se pusie­ron mal fue que en el caso de Kyoko eran tú y Tony quie­nes nego­cia­ban. Hom­bres. En el caso de tu hijo Julián, el trato fue entre muje­res… hubo más com­pren­sión entre Cyn y yo.

-¿Cómo lo explicas?

Ono: –Por ejem­plo, hubo una fiesta de cum­plea­ños para Kyoko y nos invi­ta­ron a los dos, pero John se puso muy tenso y no fue. No que­ría tra­tar nada con Tony. Pero nos invi­ta­ron a los dos al cum­plea­ños de Julián y fui­mos ¡os dos.

-¡Dios, ahora sale todo a relucir!

Ono: –O como cuando me invi­ta­ron a ir sola a casa de Tony. Yo no pude ir, pero cuando invi­ta­ron a John a casa de Cyn, él fue.

–Una regla para los hom­bres, otra para las muje­res.

Ono: –Y así las cosas fue­ron más fáci­les para Julián, por­que yo lo permití.

–Pero yo he rezado un millón de ave­ma­rías. ¿Qué dia­blos más pue­do hacer?

Yoko, des­pués de esta expe­rien­cia, ¿qué sien­tes en cuanto a haber dejado a John la crianza de Sean?

Ono: –En ese aspecto mis sen­ti­mien­tos son muy cla­ros. No me siento cul­pa­ble. Hago las cosas a mi manera. Puede ser que no sea lo mismo para otras madres, pero yo hago las cosas como puedo. En gene­ral, las madres tie­nen un gran resen­ti­miento con­tra sus hijos, a pesar de toda esta gran adu­la­ción alre­de­dor de la mater­ni­dad y de lo que pien­san en reali­dad las madres de sus hijos y sobre cuánto los quie­ren. Quiero decir que sí, los quie­ren, pero no es huma­na­mente posi­ble con­ser­var las emo­cio­nes que se supone que deben tener las madres en una socie­dad como esta. Las muje­res viven dema­siado en diver­sas direc­cio­nes para poder con­ser­var sus emo­cio­nes. Se les exige dema­siado. Y por eso le dije a John que yo llevo al bebé aden­tro durante nueve meses y es sufi­ciente. Tú pue­des cui­darlo des­pués. Suena como una decla­ra­ción brusca, pero re­almente creo que los niños per­te­ne­cen a la socie­dad. Si una madre lleva al niño en el vien­tre y luego el padre lo cría, la res­pon­sa­bi­li­dad se ve compartida.

-¿Te molestó tener que asu­mir tanta res­pon­sa­bi­li­dad, John?

–Te diré… a veces ella lle­gaba a casa y decía “estoy can­sada”. Y yo le decía, un poco en broma: “¿Y cómo dia­blos crees que estoy yo? ¡Estoy vein­ti­cua­tro horas con el chico! ¿Crees que es fácil?”. Y luego le decía: “Ten­drás que intere­sarte un poco más por el chico”. No me importa que se trate del padre o de la madre. Cuando hablo de gra­ni­tos o de hue­sos y de cuá­les pro­gra­mas de tele­vi­sión pode­mos de­jarle ver al chico, suelo decirle: “Oye, esto es impor­tante. No quiero oír nada de tus nego­cios de veinte millo­nes de dóla­res esta noche” (a Yoko). Yo que­rría que los dos padres cui­da­ran a los hijos, pero cómo hacerlo es un asunto dife­rente. El dicho “Has reco­rrido un largo ca­mino, mucha­cha”, se aplica más a mí que a ella. Como dice Harry Nils­sori, “todo es lo opuesto de lo que es”, ¿no? Son los hom­bres que han reco­rrido un largo camino desde haber con­tem­plado, si­quiera, la idea de la igual­dad. Pero aun­que existe este lla­mado movi­miento feme­nino, la socie­dad no hizo más que tomar un laxante, hasta ahora, y dejar esca­par sólo viento. Toda­vía le falta vaciar bien las tri­pas. Se plantó la semi­lla en algún momento hacia fines de la década del sesenta, ¿no? Pero los ver­da­de­ros cam­bios están por ve­nir aún. Soy yo quien he reco­rrido mucho camino. Yo era el cerdo. Y es un ali­vio haber dejado de ser un cerdo. La pre­sión resul­tante de ser un cerdo es enorme (…) ¿sabes? Yo era cruel con mis muje­res, y físi­camente… con cual­quier mujer. Gol­peaba. No podía expre­sarme y enton­ces gol­peaba. Peleaba con los hom­bres y gol­peaba a las muje­res. Es por eso que siem­pre estoy hablando de paz, ¿sabes? Todo es lo con­tra­rio. Pero creo sin­ce­ra­mente en el amor y la paz. Soy un hom­bre vio­lento que apren­dió a no serlo y que se arre­piente de su vio­len­cia. Ten­dré que cre­cer mucho más toda­vía antes de poder ad­mitir en público cómo tra­taba a las muje­res cuando era joven­cito. No tengo la menor ambi­ción de que me vean como a un objeto sexual, un hom­bre, un can­tante macho de rock’n’roll. Hace mucho que su­peré todo eso. Ni siquiera me interesa pro­yec­tar esa ima­gen. Por eso quiero que se sepa que sí, cuidé a mi hijo e hice pan y fui marido ca­sero y estoy orgu­lloso de haberlo sido. Es la onda del futuro y me ale­gro de estar a la cabeza de esa onda, además.

-¿En qué con­sis­tió ese famoso epi­so­dio de la cama?

–Nues­tra vida es nues­tro arte. Eso fue­ron los perío­dos en la cama. Cuando nos casa­mos, sabía­mos que nues­tra luna de miel sería públi­ca, de todos modos, y por eso deci­di­mos uti­li­zarla para hacer una de­claración. Sen­ta­dos en la cama, con­ver­sa­mos con los perio­dis­tas du­rante siete días. Fue algo desopi­lante. En efecto, hici­mos un aviso de publi­ci­dad en favor de la paz en la pri­mera plana de todos los dia­rios, en lugar de hacer uno en favor de la gue­rra. Res­pon­día­mos a pregun­tas. Un tipo repe­tía todo el tiempo algo de Hitler: “¿Qué hacen con­tra los fas­cis­tas? ¿Cómo se puede tener paz cuando se tiene un Hitler?”. Yoko dijo: “Yo me habría acos­tado con Hitler”. Según dijo luego, le ha­brían bas­tado sólo diez días en cama con Hitler. A la gente le gustó ese comentario.

Ono: –Lo dije en broma, desde luego. Pero ¡o impor­tante es que no vamos a cam­biar el mundo peleando. Quizá fui un poco inge­nua con esto sobre Hitler. Des­pués de todo, para John Len­non nece­sité trece años (ríe).

–John, ¿qué opi­nas de las ondas musi­ca­les más nuevas?

–Me encanta algún mate­rial punk. Es puro. Pero no me enlo­quece, en cam­bio, la gente que se des­truye a sí misma.

–No estás de acuerdo con las pala­bras de Neil Young en “Rust never sleeps”: “Es mejor que­marse que marchitarse”.

–Las detesto. Es mejor mar­chi­tarse poco a poco como un viejo sol­dado que que­marse. No apre­cio esa vene­ra­ción por el difunto Sid Vicious o el difunto James Dean o el difunto John Wayne. Es todo lo mismo. Hacer un héroe de Sid Vicious, o de Jim Morri­son… para mí eso es una basura. Yo venero a la gente que sobre­vive. Me quedo con los vivos y con los sanos.

–Ahora la pre­gunta inevi­ta­ble, John. ¿Escu­chas tus pro­pias grabaciones?

–Las mías menos que menos, ¿hablas en serio? Por pla­cer, no las es­cucharía jamás. Cuando las oigo, pienso sólo en la sesión de gra­bado, como un actor que se con­tem­pla en una vieja pelí­cula. Cuando oigo una can­ción, recuerdo al estu­dio de Abbey Road, la sesión, quién peleaba con quién, dónde estaba yo sen­tado, gol­peando la pan­de­reta en un rincón…

–Se hacen oír tus temas mucho más que los de otros auto­res. ¿Qué sen­sa­ción te da?

–Siem­pre me siento con­tento y or­gulloso de que toquen mis can­cio­nes. Me da pla­cer que lo inten­ten, siquie­ra, por­que muchas no son fáci­les de eje­cu­tar. Cuando voy a res­tau­ran­tes, los gru­pos siem­pre tocan “Yes­ter­day”. Hasta firmé el vio­lín con un ti­po en España cuando tocó “Yes­ter­day”. ¡No podía com­pren­der que yo no la había com­puesto, que es de Paul!

-¿Qué sen­sa­ción te da haber influen­ciado en tanta gente?

–En reali­dad no fui yo, ni nin­guno de noso­tros. Fue la época. Me su­cedió a mí con el rock and roll en la década del cin­cuenta. No tenía la menor idea de hacer música como medio de vida hasta que me gol­peó el rock and roll.

-¿Recuer­das qué te gol­peó específicamente?

–Creo que fue “Rock around the clock”. Me gus­taba Bill Haley, pe­ro no me enlo­que­cía. No fue hasta “Heart­break Hotel” que real­mente me hundí en esa música.

Ono: –Estoy segura de que hay mucha gente cuya vida fue afec­tada por­que oyó música india, o Mozart, o Bach. Más que nada, fue el mo­mento y el lugar en que sur­gie­ron los Beatles.

–Como base de nues­tro diá­logo, acep­te­mos que nin­gún artista o grupo de artis­tas con­tem­po­rá­neos ha con­mo­vido a la gente hasta el punto en el que lo hicie­ron los Beatles.

–Cua­les­quiera que fue­sen los vien­tos que sopla­ban en esa época, so­plaban para los Beatles tam­bién. No digo que fué­se­mos las ban­de­ras des­ple­ga­das en los topes de más­til del barco, pero el barco entero se agi­taba. Quizá los Beatles esta­ban en el puesto de vigía, gri­tando “¡Tie­rra!” o algo así, pero todos está­ba­mos en el mismo barco… (en voz baja): esta charla sobre los Beatles me abu­rre hasta la muerte. Va­mos a la lámina des­ple­ga­ble de tu revista (se refiere a los cele­bres posters nudis­tas de Play­boy)… Mira, sin­to­ni­zá­ba­mos el men­saje. Eso es todo. No pre­tendo menos­ca­bar a los Beatles cuando digo que no eran esto, o eran lo otro. Sólo trato de no exa­ge­rar su impor­tan­cia como al­go sepa­rado de la socie­dad. Y no creo que fue­sen más impor­tan­tes que Glenn Miller o Woody Her­man o Bes­sie Smith. Fue nues­tra genera­ción, nada más. Fue la música del sesenta.

-¿Qué tie­nes que decir a los que insis­ten en que todo el rock desde los Beatles no es más que nue­vas ver­sio­nes de los vie­jos Beatles?

–Toda la música es una nueva ver­sión de lo viejo. Hay muy pocas notas nue­vas. Son sólo varia­cio­nes sobre un mismo tema. Trata de de­cirles a los chi­cos del setenta que gri­ta­ban al oír a los Bee Gees que su música era un reco­cido de los Beatles. Los Bee Gees no tie­nen nada de malo. Son exce­len­tes. No habrá otra cosa que ellos.

–Pero por lo menos, ¿no era buena parte de la música de los Beatles algo mucho más inteligente?

–Los Beatles eran un poco más inte­lec­tua­les y por ello tenían eco tam­bién en ese nivel. Pero la atrac­ción fun­da­men­tal de los Beatles no era su inte­ligencia, sino su música. Fue sólo cuando alguien en el Times de Lon­dres dijo que había caden­cias grie­gas en “It won’t belong” que la clase media comenzó a escuchar­nos… por­que alguien nos puso un rótulo.

-¿Inclu­ye­ron caden­cias grie­gas en “It won’t belong”?

–Hasta el día de hoy no tengo la menor idea de dónde queda Eolia. Suena como pája­ros exóticos.

-¿Te molestó cuando las inter­pre­ta­cio­nes de tus can­cio­nes resul­ta­ron des­truc­ti­vas, como cuan­do Char­les Man­son sos­tuvo que tus letras eran men­sa­jes para el?

–Eso no tiene nada que ver con­migo. Es co­mo ese indi­vi­duo, “hijo de Sam”, que man­te­nía con­ver­sa­cio­nes con el perro. Man­son fue una ver­sión extrema de la gente que sacó a relu­cirr el asunto de “Paul ha muerto” o que deci­dió que las ini­cia­les de “Lucy in the Sky with Dia­monds” eran las LSD y llegó a la con­clu­sión de que yo hablaba de ácido lisérgico.

-¿Qué ori­gen tenía “Lucy in the Sky…”?

–Mi hijo Julián llegó un día con un dibujo que había pin­tado de una amiga de la escuela lla­mada Lucy. Había incluido unas estre­llas en el cielo y lla­maba a la ima­gen “Lucy in the Sky with Dia­mons”. Bien simple.

-¿Y las otras imá­ge­nes del tema no se ins­pi­ra­ban en la droga?

–Las imá­ge­nes pro­ve­nían de Ali­cia en el País de las Mara­vi­llas. Era Ali­cia en el bote. Está com­prando un huevo y resultó ser Hum­pty Dum­pty. La mujer que atiende el comer­cio se trans­forma en una oveja y al minuto siguiente se encuen­tran remando en un bote en algún lugar y lo que yo visua­licé fue eso. Hay tam­bién la ima­gen de la mujer que un día ven­dría a sal­varme, “la mujer con ojos de calei­dos­co­pio” que ven­dría del cielo. Resultó ser Yoko, a pesar de que yo no la cono­cía enton­ces. Ten­dría que lla­marse el tema, enton­ces, “Yoko in the Sky with Diamonds”.

–Sobre tu niñez…

–Cuando era niño era mie­doso, por­que no tenía a nadie con quien esta­ble­cer un lazo. Ni mi tía ni mis ami­gos ni nadie com­pren­dían nun­ca lo que yo hacía. Me daba mucho, mucho miedo y el único con­tacto que tenía fuera de mí era a tra­vés de la lec­tura de Oscar Wilde, o Dylan Tho­mas, o Vin­cent Van Gogh… todos esos libros que tenía mi tía y que habla­ban del sufri­miento de estos tipos por las visio­nes que tenían. A causa de lo que veían, los tor­turó la socie­dad, por tra­tar de expre­sar lo que eran. Yo veía la soledad.

-¿Encon­traste a otros con quien com­par­tir tus visiones?

–Sólo gente muerta, en los libros. Lewis Carroll, cier­tos cua­dros. El surrea­lismo tuvo un fuerte efecto sobre mí, por­que com­prendí que mis imá­ge­nes y mis ideas no eran las de un loco, que si todo aque­llo era demen­cial, yo per­te­ne­cía a un club muy espe­cial de gente que ve el mun­do en esos tér­mi­nos. Para mí el surrea­lismo es una reali­dad. Las visio­nes psí­qui­cas son una reali­dad. Aun cuando era niño lo eran. Cuando me miraba en el espejo a los doce o trece años, lite­ral­mente caía en un trance alfa. No sabía enton­ces cómo se lla­maba. Años más tarde des­cu­brí que estos esta­dos tie­nen un nom­bre. Pero yo me encon­traba viendo imá­ge­nes alu­ci­nan­tes en que la cara me cam­biaba y se vol­vía cós­mica y total. Esto hacía que siem­pre fuese rebelde. Me pro­vo­caba un terror per­ma­nente, pero por otra parte deseaba que me qui­sie­ran y me acep­ta­ran. Parte de mí que­ría que todos los sec­to­res de la socie­dad me acep­ta­sen y no que­ría que fuese ese músico loco y gri­tón. Pero no puedo ser lo que no soy. Por esta acti­tud mía, los padres de todos los chi­cos, inclu­sive el padre de Paul, decían: “No sean ami­gos de él”. Los padres reco­no­cían ins­tin­ti­va­mente lo que era yo, alguien que creaba di­ficultades, en el sen­tido de que no me con­for­maba y que influen­ciaba a los otros, lo cual era ver­dad. Hacía siem­pre todo lo posi­ble para crear dis­cor­dia en la casa de todos los ami­gos que tenía. En parte, tal vez, por envi­dia al no tener yo ese así lla­mado “hogar”. Pero en reali­dad lo tenía. Tenía a mi tía y a mi tío y una bonita casa en los subur­bios, gra­cias. Oyes esto, tía. Hace poco la hirió un comen­ta­rio de Paul, acerca de que la razón por la que me que­daba junto a Sean ahora es que nun­ca tuve una vida fami­liar. Esto es un dis­pa­rate. Había cinco muje­res que eran mi fami­lia. Cinco muje­res fuer­tes e inte­li­gen­tes. Cinco her­manas. Una fue por casua­li­dad mi madre. Mi madre era la menor. Le ocu­rría que no sabía enca­rar la vida. Tuvo un mando que la aban­donó para embar­carse e ir a la gue­rra cuando yo tenía cua­tro años y medio. Ter­miné viviendo con su her­mana mayor. Te diré que esas muje­res eran fan­tás­ti­cas. Fue mi pri­mera edu­ca­ción femi­nista. De todos modos, el hecho de saber que no viví con mis padres me llevó a acep­tar que los padres no eran dio­ses. Pe­ro tam­poco era huér­fano. Mi madre vivía y vivió a quince minu­tos de mar­cha toda mi vida. La ve­ía de vez en cuando. Lo único que suce­día es que no vivía con ella.

-¿Vive?

–No, la mató un poli­cía borra­cho des­pués de haber ido a visi­tar ella a mi tía, en la casa donde yo vivía. Yo tenía die­ci­séis años. Ese fue otro he­cho trau­má­tico para mí. La perdí dos veces. Cuando a los cinco años fue a vivir con mi tía y luego cuando murió físi­ca­mente. Esto me dio más amar­gura aún. Ese ren­cor que siem­pre ha­bía lle­vado cla­vado en mí aumentó mucho en esa época. Empe­zaba a res­ta­ble­cer mi rela­ción con ella cuando murió.

-¿Qué clase de rela­ción tuviste con tu padre, que se fue al mar? ¿Vol­viste a verlo?

–Nunca volví a verlo hasta que gané mucho dinero y enton­ces vol­vió. Yo tenía 24 o 25 años. Un día abrí el Daily Express y allí estaba, la­vando pla­tos en un hote­lito o lugar así, muy cerca de donde vivía yo en el cin­tu­rón de los finan­cis­tas de las afue­ras de Lon­dres. Me había es­crito varias veces para comu­ni­carse con­migo. Yo no que­ría verlo. Esta­ba dema­siado herido por lo que nos había hecho a mí y a mi madre y por­que reapa­re­cía cuando yo era rico y famoso y no se había molesta­do en vol­ver antes. No pen­saba, pues, vol­ver a verlo, pero se dedicó a hacerme un chan­taje por la prensa hablando siem­pre de lo pobre que era y de tener que lavar pla­tos mien­tras yo vivía en el lujo. Me enterne­cí y fui a verlo y tuvi­mos una espe­cie de rela­ción. Murió de cán­cer unos años más tarde. Pero a los 65 años se casó con una secre­ta­ria que había estado tra­ba­jando para los Beatles, de 22 años, y tuvie­ron un hijo, hecho que me pare­ció aus­pi­cioso para un hom­bre que siem­pre vivió medio borra­cho y como vaga­bundo del Bowery.

-¿Qué recuer­dos te trae “Help!”?

–Cuando hici­mos “Help!” en 1965 yo estaba real­mente pidiendo soco­rro. Ahora bien, pen­sa­rás que tengo una acti­tud posi­tiva… es ver­dad, es ver­dad, pero… tam­bién sufro pro­fun­das depre­sio­nes, y tengo ganas de arro­jarme por la ven­tana, ¿sabes? Resulta más fácil vivir con­migo mismo en la medida que enve­jezco. No sé si uno adquiere domi­nio de sí mismo o no cuando madura, si se calma un poco. Sea como fuere, yo estaba gordo y depri­mido y pidiendo soco­rro a gritos.

-¿Qué te tenía depri­mido en la época de “Help!”?

–El asunto de los Beatles se había vuelto algo que nadie podía ima­ginar. Nos desa­yu­ná­ba­mos fumando marihuana. Está­ba­mos bien en­viciados y nadie podía comu­ni­carse con noso­tros, por­que éramos pu­ro ojo vidrioso y risi­tas ton­tas todo el tiempo. Meti­dos den­tro de nues­tro pro­pio mundo. Esa era la can­ción “Help!”, donde creo que apare­cía todo… hasta las can­cio­nes de Paul de ahora, que no pare­cen tra­tar de nada… siem­pre tie­nen algo de uno mismo.

-¿Fue “I’m loser” una decla­ra­ción igual­mente personal?

–Parte de mí sos­pe­cha que soy un per­de­dor y la otra cree que soy Dios Todopoderoso.

-¿Haces uso de dro­gas ahora?

–En reali­dad, no. Si alguien me da un ciga­rri­llo de marihuana, pue­de ser que lo fume, pero no lo busco.

-¿Cocaína?

–La probé, pero no me gusta. Los Beatles la usa­ban mucho en una época, pero es una droga tonta, por­que hay que repe­tir la dosis veinte minu­tos más tarde. Se te va toda la con­cen­tra­ción en obte­ner la próxi­ma dosis.

-¿Acido lisér­gico?

–Hace años que no. Un poco de hongo o de peyote no deja de atraerme tal vez dos veces por año, o algo así.

–Y los dos fuman como locos.

–La gente macro­bió­tica no cree que fumar sea nocivo. Claro está que si mori­mos, nos habre­mos equivocado.

-¿Cuál es tu sueño para el ochenta?

–La ver­dad es que cada uno crea su pro­pio sueño. Esa es la his­to­ria de los Beatles, ¿no? Es la his­to­ria de Yoko. Es lo que estoy diciendo ahora. Pro­du­cir el sueño pro­pio. No cuen­tes con que Jimmy Car­ter y Ronald Reagan o John Len­non o Yoko Ono o Bob Dylan o Jesu­cristo ven­gan a hacerte las cosas. Tie­nes que hacer­las tú mismo. Es lo que vie­nen diciendo los gran­des maes­tros y maes­tras desde el comienzo de to­dos los tiem­pos. Pue­den seña­lar el camino, dejar seña­les y bre­ves ins­trucciones en diver­sos libros que ahora lla­ma­mos sagra­dos y que vene­ramos por sus tapas y no por lo que dicen, pero las ins­truc­cio­nes son bien visi­bles para todos, siem­pre estu­vie­ron allí y siem­pre lo esta­rán. No hay nada nuevo bajo el sol. Todos los cami­nos con­du­cen a Roma. Y la gente no puede pro­por­cio­nár­te­los. Yo no puedo des­per­tarte. Tú pue­des des­per­tarte. Yo no puedo curarte. Tú pue­des curarte a ti mismo.

-¿Qué hace que la gente no acepte el men­saje?

–Es el temor a lo des­co­no­cido, que hace correr a todos huyendo, de­trás de los sue­ños, ilu­sio­nes, gue­rras, paz, amor, odio, todo eso… todo es una ilu­sión. Es des­co­no­cido. Acep­te­mos que es des­co­no­cido y las cosas serán más fáci­les. Todo es des­co­no­cido… y enton­ces hemos avan­zado. Así es. ¿Verdad?

_________________

— Para una ver­sión mas amplia de esta entre­vista puede con­sul­tarse Entre­vis­tas de Play­boy, Emecé, 1982

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