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Entrevista con John Lennon y Yoko Ono I

diciembre 7, 2010

 

Una de las últi­mas entre­vis­tas que con­ce­dió a la Revista PLAYBOY

entrevista-yoko-lennon

El absurdo ase­si­nato de John Len­non cerró, el pasado diciem­bre, una de las pági­nas más significati­vas de la his­to­ria de nues­tro tiem­po. Poco antes de su muerte, John Len­non, junto con su esposa Yoko Ono, había con­ce­dido a David Sheff una entre­vista que PLAYBOY ha que­rido repro­du­cir en su totali­dad a pesar de su des­acos­tum­brada exten­sión por­que su inte­rés es in­dudable. Como dijo Yoko cuando toda­vía se dis­cu­tía la posi­bi­li­dad de rea­li­zarla, por muy impor­tan­tes que sean otras per­so­na­li­da­des en­trevistadas para esta revista, lo de ellos dos era dife­rente: –La gente como Jimmy Car­ter repre­senta a su pro­pio país única­mente, John y yo repre­sen­ta­mos el mundo entero-. Este es el informe del perio­dista que charló con ellos:

 

Hubo un momento en que pare­cía que esta entre­vista no lle­ga­ría a ser reali­dad. Había esta­ble­cido mis prime­ros con­tac­tos, y un día me llamó uno de los ayu­dan­tes de los Len­non para pre­gun­tarme cuál era mi signo astro­ló­gico. Al pare­cer, todo depen­día de la inter­pre­ta­ción que Yoko diera a mi horós­copo. Empecé a ima­gi­nar la cara que pon­drían en PLAYBOY cuando les dijera: «Lo siento. No hay entre­vista. “Mi luna está en Escor­pio”. Pero tuve suerte y pocos días des­pués atra­vesé los nume­ro­sos con­tro­les de segu­ri­dad que dan acceso a los apar­ta­men­tos Dakota —el mismo lugar don­de Len­non sería acri­bi­llado a bala­zos—. Temía lo que pudiera pasar una vez con ellos, por­que lo que se decía de la per­so­na­li­dad de Yoko, la mujer que nunca son­ríe, era corno para andar con pies de plomo. De hecho, siguiendo las ins­truc­cio­nes que me habían dado, me quité los zapa­tos antes de pisar la moqueta del apar­ta­mento. Len­non salió a re­cibirme y pre­paró un par de capuc­ci­nos para los dos. El músico tenía los ojos enro­je­ci­dos de sueño e iba sin afei­tar. Sin embargo, por can­sado que estu­viese, no nece­sitó más que la pri­mera hora de con­ver­sa­ción para ani­qui­lar todos los pre­jui­cios que yo pudiera haber acu­mu­lado sobre su per­sona. Se mos­traba mucho más abierto, franco e inge­nioso de lo que podía espe­rar. Estaba dis­puesto —con la apro­ba­ción de Yoko— a hablar sin­ce­ra­mente, y de todo.

A medida que avan­zaba la entre­vista, resultó evi­dente que las com­pli­ca­das y gene­ralmente mal enten­di­das rela­cio­nes entre John y Yoko eran el fac­tor clave de la vida de cada uno de ellos. “Me gus­ta­ría saber por qué no nos cree la gente cuando deci­mos que la único que pasa es que nos que­rer­nos”, dijo un día John. La coraza pro­tec­tora con que suele rodearse Yoko tam­bién acabó por caer. Llegó un ‘momento, cuando estaba pro­nun­cián­dose en con­tra del capi­ta­lismo, que empezó a darle hipo, y se son­rió. Des­pués de esta son­risa se con­vir­tió en un ser vul­ne­ra­ble y hasta tímido, con lo cual se borraba por com­pleto el mito del dra­gón que vino de Oriente a lavarle el cere­bro a John Len­non.

 

-¿Qué has estado haciendo?

–Ama­sando pan y cui­dando a nues­tro hijito.

-¿Con qué clase de pro­yec­tos escondidos?

–Eso es igual a lo que me ha pre­gun­tado todo el mundo en los últi­mos años: “Pero, ¿qué más has estado haciendo?”. A lo cual respon­do: “¿Hablas en serio?”. Por­que hacer pan y cui­dar bebés, como toda mujer sabe, es un tra­bajo full-time. Des­pués de haber hecho panes me sentí como si hubiese con­quis­tado algo. Pero cuando vi cómo comían el pan, pensé: “¡Vaya! ¿No van a darme un disco de oro, o un título, o algo?”.

-¿Qué te hizo vol­verte un marido casero?

–Muchos moti­vos. Siem­pre viví bajo la obli­ga­ción del con­trato, des­de los vein­ti­dós años hasta bien cum­pli­dos los treinta. Des­pués de tan­tos años, no cono­cía otra cosa. No era libre. Estaba enjau­lado. Mi con­trato era la mani­fes­ta­ción física de estar pri­sio­nero. Era más impor­tante enca­rarme a mí mismo y enfren­tar esa reali­dad que con­ti­nuar con mi vida de rock’n’roll y subir y bajar con la corriente capri­chosa de la pro­pia actua­ción o de la opi­nión que tiene de uno el público. El roc­k’n’roll dejó de ser diver­tido. Decidí no acep­tar las opcio­nes habi­tua­les en mi pro­fe­sión: ir a Las Vegas a can­tar los gran­des éxitos, si uno tiene suerte, o bien irse al dia­blo, como se fue Elvis (…) sacar dis­cos, uno tras otro por­que es lo que espe­ran de uno, como tanta gente que saca un álbum cada seis meses por­que se supone que tiene que sacarlo.

-¿Te refie­res a Paul McCartney?

–No sola­mente a Paul.

–La mayo­ría habría con­ti­nuado sacando el pro­ducto. ¿Cómo pudiste hallar la alternativa?

–La mayo­ría no vive junto a Yoko Ono.

-¿Lo cual quiere decir…?

–Que la mayo­ría de la gente no tiene una com­pa­ñera que le diga la ver­dad y se nie­gue a vivir junto a un artista de paco­ti­lla, crea­dor de ba­sura, que lo sé hacer muy bien. Soy capaz de crearla y de hacer que la creen todos a mi alre­de­dor. Yoko: esa es mi respuesta.

-¿Qué hizo por ti?

–Ella me mos­tró la posi­bi­li­dad de la alter­na­tiva. “No tie­nes que ha­cer esto.” “¿No? Real­mente… pero… pero…” Claro, las cosas no eran tan sen­ci­llas y no capté el men­saje de la noche a la mañana. Fue nece­sario repe­tirlo mucho. Ale­jarse es mucho más difí­cil que seguir. Yo hi­ce las dos cosas. Obe­de­cer la demanda y obe­de­cer el hora­rio. Había sacado dis­cos desde 1962 hasta 1975. Ale­jarse era como lo que hacen los vie­jos a los sesenta y cinco años, cuando de pronto se supone que no exis­ten ya y se los echa del tra­bajo (gol­pea tres veces el escri­to­rio i “Ter­minó tu vida. Llegó la hora de jugar al golf”. (…) Lo hice, y cuan­do me dedi­caba a lim­piar la sucie­dad del gato y a ali­men­tar a Sean, ella se sen­taba en cuar­tos lle­nos de humo con hom­bres ves­ti­dos con tra­jes cuyas cha­que­tas no con­se­guían abotonar.

Ono: –Yo me ocu­paba de los nego­cios, de Apple, Maclen (la com­pañía gra­ba­dora de dis­cos de los Beatles y la com­pa­ñía de publicacio­nes musi­ca­les, res­pec­ti­va­mente), y de las nue­vas inversiones.

–El único de noso­tros dos que tiene el talento y la capa­ci­dad para mane­jar las cosas en ese nivel es Yoko.

-¿Tenias expe­rien­cia en el manejo de una empresa de ese nivel?

Ono: –Aprendí. La ley ha dejado de ser un mis­te­rio para mí. Los po­líticos tam­poco son un mis­te­rio. No me asusta ya lo que lla­man esta­blish­ment. Al prin­ci­pio, mi pro­pio abo­gado y mi pro­pio con­ta­dor no podían acep­tar el hecho de que yo les indi­case qué tenían que hacer. Habla­ban siem­pre de “pero usted no entiende nada de cues­tio­nes le­gales. No puedo hablar con usted”. Yo les decía: “Muy bien, hable de manera que yo pueda com­pren­der. Yo tam­bién soy miem­bro del directorio”.

–No lo sopor­tan. Pero tie­nen que sopor­tarlo, por­que es ella quien nos repre­senta (ríe). Son típi­cos machis­tas, gran­des y gor­dos, lle­nos de coc­te­les de vodka para el almuerzo, machis­tas que hablan a gri­tos, como perros amaes­tra­dos, adies­tra­dos para ata­car todo el tiempo. (…)

-¿Qué hay de esa afir­ma­ción de que John Len­non está bajo el he­chizo y el con­trol de Yoko?

–Es un dis­pa­rate. Soy incontrolable (…).

–Comen­ce­mos por el prin­ci­pio. Cuén­ta­nos la his­to­ria de cómo se cono­cie­ron el mara­vi­lloso prín­cipe mís­tico y la exó­tica dama del dragón.

–Fue en 1966, en Ingla­te­rra. Me habían hablado de ese “gran éxito”, de esa artista japo­nesa de avan­zada que lle­gaba de los Esta­dos Uni­dos. Estaba paseando por la gale­ría cuando vi una esca­lera, subí por ella y miré por un cata­lejo que había arriba de la esca­lera… uno se sien­te un tonto, pero el caso es que miré y decía sola­mente “Si“‘. Ahora bien, en esa época todo lo de avan­zada con­sis­tía en rom­per el piano con un mar­ti­llo y la escul­tura a gol­pes, y todo era anti, anti, anti, anti, anti. Todo era un mon­tón de basura nega­tiva. Y sólo ese “Sí” me llevó a que­darme en esa mues­tra llena de man­za­nas y cla­vos. Había un car­tel que decía: “Clava este clavo”. Enton­ces pre­gunté: “¿En serio puedo cla­varlo?”. Pero Yoko me dijo que no, por­que la mues­tra no co­menzaba hasta el día siguiente. Enton­ces se acercó el patrón y le susu­rró: “Déjalo cla­varlo. No sé si sabes que es millo­na­rio. Quizá lo com­pre”. Y enton­ces hubo una breve con­ver­sa­ción entre ellos y por fin Yo­ko me dijo: “Bien, pue­des cla­var un clavo por cinco che­li­nes”. Y enton­ces el patrón, muy listo, dice: “Bien, yo te daré cinco che­li­nes imagina­rios para que cla­ves un clavo ima­gi­na­rio”. Y fue así como nos conoci­mos, cuando nues­tras mira­das se cru­za­ron y a ella le pasó y a mí me pasó.

-¿Tuvo algo que ver tu encuen­tro con Yoko con tu aban­dono de los Beatles?

–Hacía tiempo ya que tenía ganas de ale­jarme, pero cuando conocí a Yoko fue como cuando cono­ces a tu pri­mera mujer. Dejas a los ami­gos en el bar. Dejas de jugar al fút­bol. Dejas de jugar al billar y hacer caram­bo­las. Puede ser que algu­nos sigan hacién­dolo los vier­nes por la noche, por ejem­plo, pero una vez que encon­tré a la mujer, los mucha­chos per­die­ron todo inte­rés para mí, salvo el de ser vie­jos com­pa­ñe­ros de escuela. “Las cam­pa­nas de boda sepa­ran a esa vieja pan­di­lla mía.” Nos casa­mos tres años más tarde, en 1969. Fue el fin de los mucha­chos. Y dio la casua­li­dad de que los mucha­chos fue­sen gente famosa y no sim­ple­mente los chi­cos junto al bar. Todos se afli­gie­ron tanto… Y nos arro­ja­ron bas­tan­tes por­que­rías. Bas­tan­tes cosas odiosas.

Ono: –Aún ahora acabo de leer que Paul dijo: “Com­prendo que quiera estar con ella, pero ¿por qué tiene que estar con ella todo el tiempo?”.

Yoko, ¿sigues empe­ñada en arras­trar esa cruz? Eso suce­dió hace años.

Ono: –No, no, no. Lo dijo hace poco tiempo. Lo que quiero decir es que decidí, más o menos, acos­tarme con ese tipo que me gus­taba y de pronto, al día siguiente, me encon­tré con esos tres sue­gros para­dos allí.

–Siem­pre pensé que había ese sen­ti­miento sub­ya­cente en el tema de Paul, “Get back”, Vuelve. Cuándo está­ba­mos gra­bán­dolo en el estu­dio, cada vez que can­taba el verso “Vuelve a donde per­te­ne­ciste una vez”, miraba a Yoko.

-¿En serio?

–En serio. Pero tal vez él diga que tengo deli­rio de persecución.

–Quizá sea el momento de hablar de esos “sue­gros”, como los lla­mó Yoko. John, te lo han pre­gun­tado mil veces, pero ¿por qué es tan incon­ce­bi­ble que los Beatles pue­dan vol­ver a inte­grarse para hacer música?

-¿A ti te gus­ta­ría vol­ver a la escuela secun­dada? ¿Por qué habría yo de retro­ce­der diez años para crear una ilu­sión para ti que yo sé que no existe? No puede exis­tir. (…) ¿No debe­rían haber seguido jun­tos Dean Mar­tin y Jerry Lewis, sólo por­que a mí me gus­taba ver­los jun­tos? ¿Qué es ese juego de hacer cosas por­que otros lo desean? La idea de­trás de los Beatles era hacer lo que uste­des que­rían, ¿no? Car­gar con las res­pon­sa­bi­li­da­des de ustedes.

–Bien, pero vol­va­mos a la música misma. ¿No estas de acuerdo en que los Beatles crea­ron la mejor música rock’n’roll que se haya conocido?

–No, no estoy de acuerdo. Te diré… los Beatles… estoy dema­siado mez­clado con ellos en el sen­tido artís­tico. No puedo ver­los en forma obje­tiva. Estoy insa­tis­fe­cho con todos nues­tros dis­cos, todos los que hici­mos como Beatles. No hay ni uno solo que no que­rría gra­bar otra vez, de todos los dis­cos de los Beatles, y todos los míos indi­vi­dua­les, tam­bién. No puedo enton­ces hacer un jui­cio de lo que son los Beatles. Pero cuando era uno de ellos, los con­si­de­raba el mejor grupo de todo el mundo. Y haber creído tal cosa es lo que nos hizo lo que fui­mos, lo lla­me­mos el me­jor grupo de rock’n’roll o el mejor de pop, o lo que sea. Pero vuelvo a tu pre­gunta sobre los Beatles y su música: la res­puesta es que crea­mos algu­nas cosas bue­nas y otras malas.

Aparte de los millo­nes que les han ofre­cido por un con­cierto del grupo, ¿qué pen­saste de la gene­rosa oferta de Lome Michaels de tres mil dos­cien­tos dóla­res por apa­re­cer jun­tos en Satur­day Night Live hace pocos años?

–Ah, sí. Paul y yo está­ba­mos jun­tos mi­rando ese pro­grama. El había venido a vi­sitarnos a nues­tra casa en el Dakota. Está­bamos mirán­dolo y en un momento estuvi­mos ten­ta­dos de ir al estu­dio, para divertir­nos, íbamos a tomar un taxi, pero la ver­dad es que está­ba­mos dema­siado cansados.

-¿Cómo ocu­rrió que tú y Paul estuvie­sen mirando tele­vi­sión juntos?

–Era la época en que Paul apa­re­cía muy seguido en la puerta de casa con su gui­ta­rra. Yo lo reci­bía, pero por fin debí decirle: “Por favor, llama antes de venir. No esta­mos en 1956 y apa­re­cer en la puerta sin avi­sar no es ya lo mismo. Llá­mame por telé­fono, ¿quie­res?”. A Paul le dolió esto, pero no se lo dije con mala in­tención. Lo único que quise sig­ni­fi­car fue que yo tenía que cui­dar a mi hijo todo el día y que cuando un tipo apa­rece en la puerta sin avisar…

-¿Fue la última vez que viste a Paul? Siem­pre hay muchas conjetu­ras en cuanto a si los “Cua­tro Famo­sos” eran enemi­gos acé­rri­mos o bien ínti­mos amigos.

–No somos ni una cosa ni la otra. No sé cuánto tiempo hace que no veo a nin­guno de los Beatles. Ya no sigo el tra­bajo de ellos. Me impor­ta un rábano lo que hacen en el último álbum de Paul, de George, ni lo que hace Ringo. No me interesa, como no me interesa lo que hacen Elton John o Bob Dylan. No es cruel­dad, sino sólo que estoy dema­siado ocu­pado viviendo mi pro­pia vida para seguir lo que hacen los demás, sean los Beatles o bien gente con quien fui a la escuela o gente con quien tuve rela­cio­nes estre­chas antes de cono­cer a los Beatles.

–Enton­ces hable­mos del tra­bajo que hicie­ron jun­tos. ¿Dijiste alguna vez que escri­bían la mayo­ría de los temas sepa­rado de Paul, a pesar de fir­mar­las ambos?

–La ver­dad es que era men­tira (ríe). Dije eso cuando estaba resenti­do, cuando con­si­de­raba que todo lo hacía­mos por sepa­rado. Pero en reali­dad muchas de las can­cio­nes fue­ron escri­tas por los dos, trabajan­do codo a codo. Nos comu­ni­cá­ba­mos lo sufi­ciente, y más tarde fue por ese motivo que sentí ren­cor por todo ese mate­rial. Ahora me doy cuenta de que se tra­taba del mismo juego com­pe­ti­tivo de siempre.

–Pero el juego com­pe­ti­tivo te hacía mucho bien, ¿no?

–Al prin­ci­pio sí. Hacía­mos un disco en doce horas, o algo por el es­tilo. Pedían un sim­ple cada tres meses y tenía­mos que crearlo en un cuarto de hotel o en un ómni­bus. Así el tra­bajo en cola­bo­ra­ción era fun­cio­nal, ade­más de musical.

–Una pequeña digre­sión, pero mien­tras esta­mos en este tema de las letras y tu resen­ti­miento con PauL ¿qué te hizo escri­bir “How do you sleep”? Son pala­bras tales como “Los mari­cas tenían razón cuando decían que esta­bas muerto” y “Lo único que hicis­te fue ayer / y desde que te fuiste, no eres mas que un día cualquiera”.

-(Son­ríe) En reali­dad no me sen­tía tan lleno de rabia en ese momento. Pero uti­licé mi resentimien­to con Paul para crear un tema, por así decir. El vio que se refe­ría con­cre­ta­mente a él y el público lo per­si­guió a causa de esa can­ción. Aun­que debo de­cirte que en su pro­pio álbum, publi­cado antes que mi can­ción, hay unas cuan­tas pata­das para mí. Las da con tanto disi­mulo que la gente no reparó en ellas, pero yo sí. Y enton­ces pensé: “La ver­dad es que yo no disi­mulo nunca, sino que digo ni más ni menos lo que quiero decir”. El hizo cosas a su manera y yo a la mía. Pero en cuanto a las pala­bras que citaste, creo que como crea­dor Paul murió, es cierto sentido.

–Pase­mos a Ringo. ¿Qué opi­nas de él desde el punto de vista musical?

–Ringo era una estre­lla por dere­cho pro­pio en Liver­pool aun antes de que nos cono­cié­ra­mos. El talento de Ringo se habría expre­sado de una manera u otra y en cual­quier situa­ción, con los Beatles o sin ellos. Ringo es un bate­rista extra­or­di­na­rio. Téc­ni­ca­mente, no es bueno, pero creo que se sub­es­tima la eje­cu­ción de Ringo, como se sub­es­tima la eje­cu­ción de Paul en el bajo. Paul fue unos de los bajis­tas más ori­gi­na­les de todos los tiem­pos. Y la mitad de lo que se oye hoy pro­viene direc­ta­mente de su período con los Beatles. En todos los demás aspec­tos de su vida es un egó­la­tra, pero en cuanto a su eje­cu­ción en el bajo, Paul siem­pre se mos­tró bas­tante modesto. Creo que Paul y Ringo pue­den ocu­par su lugar entre los mejo­res artis­tas de rock. No son gran­des téc­ni­cos… nin­guno de noso­tros tiene mucha téc­nica musi­cal. Nin­guno de noso­tros sabía leer música. Nin­guno de noso­tros sabía escri­birla. Pero como músi­cos puros, como seres huma­nos con ins­pi­ra­ción para hacer el ruido nece­sa­rio, somos tan bue­nos como el mejor.

–No hablaste mucho de George hasta ahora.

–Sin­ce­ra­mente me dolió mucho su libro I, Me, Mine. Mediante la omi­sión más fla­grante implica que mi influen­cia en su vida es abso­lu­ta­mente cero, nada. En ese libro, que según se supone trata de la cla­ri­dad de su visión que influen­ciaba cada tema que escri­bía, recuerda a cada uno de los saxo­fo­nis­tas o gui­ta­rris­tas insig­ni­fi­can­tes que cono­ció en los años sub­si­guien­tes, pero yo no apa­rezco para nada. Es una rela­ción de odio y de amor y creo que George sigue sin­tiendo ren­cor hacia mí por haber sido yo el papá que dejó el hogar. El no lo admi­ti­ría, pero es lo que yo siento. Yo me sentí dolido. Me borró, sen­ci­lla­mente, como si no exis­tiera. No quiero ser ego­cén­trico pero él fue una espe­cie de dis­cí­pulo mío cuando comen­za­mos. Pero no me inter­pre­ten mal. Sigo que­riendo a esos mucha­chos. Los Beatles ter­mi­na­ron, pero John, Paul, George y Ringo toda­vía viven.

–Para ter­mi­nar con tu “tema pre­di­lecto”, ¿qué opi­nas de la sugeren­cia de que los cua­tro debe­rían dejar a un lado sus sen­ti­mien­tos perso­nales y reagru­parse para ofre­cer un con­cierto gigan­tesco con fines de cari­dad, una espe­cie de bene­fi­cio gigante?

–No quiero saber nada con bene­fi­cios. Siem­pre son una estafa. No actúo por lucro per­so­nal desde 1966, cuando se pre­sen­ta­ron los Bea­tles por última vez. Cada con­cierto desde enton­ces fue ofre­cido por Yoko y por mí para dis­tin­tas obras de cari­dad, con la excep­ción de una fun­ción en Toronto que fue un reen­cuen­tro de rock’n’roll. Todas esas fun­cio­nes fue­ron un desas­tre o bien una estafa. Por eso ahora damos dinero a quie­nes que­re­mos. ¿Sabes lo que es el diezmo?

–Sí, dar un por­cen­taje fijo de tus ingresos.

–Exac­ta­mente. Es lo que pienso hacer, pero en forma pri­vada. No pienso caer en el nego­cio de sal­var al mundo en público. La fun­ción es siem­pre un desas­tre y el artista siem­pre queda mal. (…) A todos los que lean esto, que no me hagan lle­gar esas tonte­rías de “venga a sal­var a los indios y a sal­var a los negros y a sal­var a los vete­ra­nos de gue­rra”. Cuando yo quiera sal­var a cual­quiera lo ayudaré.

–Hablando del tema de tu riqueza per­so­nal, el New York Post dijo hace poco que admi­tías tener unos ciento cin­cuenta millo­nes de dóla­res y que…

-… Muy bien, somos ricos. ¿Y qué?

Con­ti­núa…

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