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Santiago Roncagliolo: Los perros de Deng Xiao Ping

julio 8, 2010

Ahora que se toca el tema de una posi­ble renun­cia a la CIDH no debe­mos olvi­dar­nos que el ver­da­dero y único cul­pa­ble de este enfren­ta­miento con los orga­nis­mos inter­na­cio­na­les es el reo Alberto Fuji­mori alias ‘pre­si­dente de la repú­blica’ y que purga con­dena en las cel­das de la DIROES.

Gra­cias a él y su sinies­tro grupo de ‘jue­ces sin ros­tro’ el Perú se encuen­tra aco­rra­lado por las denun­cias de aque­llos ciu­da­da­nos INOCENTES que vie­ron vio­lado su liber­tad por muchos años, y que ahora le piden cuen­tas país. Por otro lado están los terro­ris­tas ahora ‘arre­pen­ti­dos’ que tam­bién se están apro­ve­chán­dose de estas sentencias.

Al res­pecto quiero hacer un acer­ca­miento al recor­dado Padre Hubert Lans­siers quien fue parte de la CVR y que por su labor sacer­do­tal estuvo cerca de los con­de­na­dos por terro­rismo y vivió en carne pro­pia sus pesadillas.

Los perros de Deng Xiao Ping

San­tiago Roncagliolo

Hubert Lans­siers

Conocí al padre Hubert Lans­siers en la cár­cel de Picsi, en Chi­clayo, un día de mayo de 1999. Aun­que estaba dise­ñada para tres­cien­tos pre­sos, Picsi alber­gaba a 974 reos, 252 de los cua­les cum­plían con­de­nas por “trai­ción a la Patria”, la figura legal que incluía los deli­tos de terro­rismo. Para mí, en ese momento, Sen­dero Lumi­noso era his­to­ria pasada. Lle­vá­ba­mos siete años sin bom­bas, ya no había apa­go­nes, el líder Abi­mael Guz­mán estaba preso. Punto. Aparte de eso, yo sabía muy pocas cosas de la his­to­ria del movi­miento y nunca, hasta enton­ces, había visto per­so­nal­mente a un terrorista.

Tam­bién era la pri­mera vez que entraba en una pri­sión de alta segu­ri­dad. En el regis­tro de la puerta, un poli­cía me quitó la cámara de fotos. Y dos pasos más allá, el aire pesaba el doble que en el exte­rior. Entre los reclu­sos de Picsi y la liber­tad se inter­po­nían dos muros de ocho metros de altura, rema­ta­dos por alam­bre de púas y sepa­ra­dos entre sí por la lla­mada Tie­rra de Nadie, una zona gris y árida de diez metros de ancho que sólo se cru­zaba para entrar o salir de los pabe­llo­nes.

Para quien entraba en la pri­sión, la Tie­rra de Nadie era un pri­mer aviso del infierno. Los poli­cías que juga­ban car­tas y se seca­ban el sudor del cue­llo con sus galo­nes sabían que ése no era el mejor lugar para un ascenso y even­tual­mente des­car­ga­ban su frus­tra­ción a escu­pi­ta­jos con­tra los barro­tes. Muchos de los pre­sos pren­di­dos de las rejas de los pabe­llo­nes no habían visto más que esos muros durante diez años. Para die­ci­séis reclu­sos del pabe­llón E, con­de­na­dos a cadena per­pe­tua, el can­chón desér­tico repre­sen­taba el último hori­zonte que su mirada alcan­za­ría de por vida.

El padre Hubert Lans­siers y el Defen­sor del Pue­blo Jorge San­tis­te­van diri­gían la comi­sión para el indulto de inocen­tes con­de­na­dos por terro­rismo. Su tra­bajo con­sis­tía en entre­vis­tar a los con­de­na­dos que lo soli­ci­ta­sen, revi­sar sus casos y reco­men­dar su excar­ce­la­ción si con­si­de­ra­ban que los habían ence­rrado sin prue­bas o en jui­cios suma­rios. No era un tra­bajo popu­lar entre las auto­ri­da­des, ni siquiera entre la opi­nión pública. En pri­mer lugar, por­que todo el país con­si­de­raba que más valían diez inocen­tes pre­sos que un terro­rista libre. En segundo lugar, por­que nadie que­ría hur­gar en la herida aún abierta del terrorismo.

Entra­mos al pabe­llón E acom­pa­ña­dos por dos abo­ga­dos más. Lans­siers iba a la cabeza, paseando con reso­lu­ción su 1.86 de esta­tura entre los pre­sos que, con­forme avan­zá­ba­mos, se apar­ta­ban en silen­cio para dejar­nos pasar. Noté con preo­cu­pa­ción que no lle­vá­ba­mos escolta. Pero cuando lle­ga­mos al patio cen­tral del pabe­llón, entre las mesas de los talle­res de cerá­mica y las pesas con que se ejer­ci­ta­ban, com­prendí que no la necesitábamos.

Los sen­de­ris­tas no tenían ahí la mirada desa­fiante y orgu­llosa que exhi­bían ante las cáma­ras cuando eran arres­ta­dos. Tam­poco osten­ta­ban el dis­curso incen­dia­rio de sus pro­cla­mas. Algu­nos se mos­tra­ban alti­vos, pero Lans­siers tenía una mirada aún más firme y hablaba con una segu­ri­dad que impo­nía res­peto. Yo nunca había sabido que un terro­rista res­pe­tase a un sacerdote.

–Llevo aquí ocho años –dijo uno de los reclusos-, y estoy con­de­nado a veinte más. Me metie­ron por­que me acusó fal­sa­mente un vecino terro­rista que que­ría ven­garse por­que lo denun­cié. Mi fami­lia está afuera, pero son tres muje­res y un niño. No pue­den cul­ti­var mi par­cela, así que la vamos a per­der. Mi hija se está dedi­cando a la pros­ti­tu­ción para sobre­vi­vir. ¿Qué sen­tido tiene tenerme aquí? Si mi caso no se revisa rápido. ¿Qué van a hacer mis hijos? ¿Cómo quie­ren que no se vuel­van delin­cuen­tes?

Le susu­rré al abo­gado que me acom­pa­ñaba:

–A éste lo han jodido. Tiene razón.

Él son­rió y me susu­rró de vuelta:

-¿Ése? Es el cama­rada Ramiro. Ha ase­si­nado a vein­ti­séis per­so­nas a san­gre fría. Su caso ya ha sido revisado.

Lans­siers escu­chó a todos los que habla­ron y ase­guró que todos los casos serían exa­mi­na­dos, pero que no serían libe­ra­dos los que hubie­ran come­tido hechos de san­gre. No lo dijo como un desa­fío. Sim­ple­mente, era ver­dad. Pero lo dijo mirando a los ojos del cama­rada Ramiro y de otros pre­sos cuyos deli­tos tam­bién cono­cía. Me llamó la aten­ción el res­peto que exhi­bía incluso por ellos, los ase­si­nos, mien­tras cla­vaba la vista en sus pupi­las. Des­pués des­cu­brí que esa mirada era la misma que dedi­caba a los poli­cías, a los fun­cio­na­rios y a los abo­ga­dos. Era una mirada azul y pétrea que reco­no­cía seres huma­nos. Ni más ni menos.

Para mí era difí­cil enten­der esa mirada, y el hecho de que no odiase. Aparte de sus crí­me­nes com­pro­ba­dos, algu­nos de los reclu­sos de Picsi eran sos­pe­cho­sos de haber par­ti­ci­pado en el aten­tado de Tarata, un coche bomba lleno del explo­sivo plás­tico Anfo que había volado en 1992 una de las prin­ci­pa­les calles comer­cia­les de Lima en hora punta. El saldo fue­ron dece­nas de muer­tos y tres calles ente­ras inha­bi­ta­bles a sólo un kiló­me­tro de mi casa. Esa noche, un com­pa­ñero de tra­bajo de mi padre llamó a decir que no iría a la ofi­cina al día siguiente por­que su apar­ta­mento aca­baba de con­ver­tirse en escom­bros. Y podría haber sido el nuestro.

Siete años des­pués, en el pabe­llón E, de pie ante los res­pon­sa­bles, me resul­taba difí­cil no ya sen­tir pie­dad, sino cual­quier asomo de res­peto. Sin embargo, con­forme se suce­dían las decla­ra­cio­nes, fui per­ci­biendo que la dife­ren­cia entre un inocente y un cul­pa­ble es una línea más borrosa y tenue de lo que sole­mos creer. Uno de los con­de­na­dos por repar­tir infor­ma­ción y pro­pa­ganda de Sen­dero Lumi­noso era anal­fa­beto. ¿Era inocente o cul­pa­ble? Otro, acu­sado de colo­car tres bom­bas en ayun­ta­mien­tos y dele­ga­cio­nes poli­cia­les, pade­cía Sín­drome de Down. Pero podía poner bom­bas. ¿Cuál era el vere­dicto más justo? ¿Y quién podía darlo?

Sali­mos de la cár­cel cuando ya oscu­re­cía y fui­mos a tomar una copa con los abo­ga­dos de Dere­chos Huma­nos. En la barra del hotel, Lans­siers pidió un vaso de leche y habló más dis­ten­di­da­mente, pero con el mismo espa­ñol directo y sin vaci­la­cio­nes con que se diri­gía a los sen­de­ris­tas, ape­nas con­ta­mi­nado por las erres que dela­ta­ban su ori­gen fran­có­fono. Fumaba Inca negros, los más bara­tos y apes­to­sos del mer­cado, y los iba encen­diendo con las coli­llas que ter­mi­naba. En un momento, me atreví a comen­tarle:

–Usted parece muy acos­tum­brado a los asesinos.

–Lo impor­tante es que ellos se acos­tum­bren a mí –res­pon­dió seca­mente.

–Ya. Se nota que usted no vivió lo que noso­tros.

A gran­des ras­gos, mien­tras los abo­ga­dos pla­nea­ban su siguiente jor­nada, le conté mi historia.

Mi pri­mer recuerdo de mi país es la ima­gen de varios perros muer­tos col­gando de los pos­tes del cen­tro de Lima en 1980. Sus cuer­pos iner­tes esta­ban envuel­tos en car­te­les que decían: “Deng Xiao Ping, hijo de perra”. Por enton­ces, yo vivía en México y tenía cinco años. Vi la foto en una revista que mi padre había traído a casa. Evi­den­te­mente, yo no sabía quién era Deng Xiao Ping, y se me hacía difí­cil pro­nun­ciar entero el nom­bre de Sen­dero Lumi­noso. Lo olvidé rápido. Pero pocos años des­pués, cuando mi padre me anun­ció son­riente que vol­ve­ría­mos al Perú, me acordé de los perros, y dije que yo no que­ría regre­sar ahí.

Vol­vi­mos de todos modos. Era difí­cil por enton­ces saber hasta dónde lle­ga­ría Sen­dero Lumi­noso, a cuya vio­len­cia se suma­rían con los años el Movi­miento Revo­lu­cio­na­rio Tupac Amaru y, final­mente, el comando para­mi­li­tar Rodrigo Franco. Para cuando pudi­mos enten­der lo que ocu­rría, no sólo era tarde, sino que está­ba­mos acostumbrados.

Para la clase media de Lima, más que víc­ti­mas cer­ca­nas, el terro­rismo repre­sen­taba un con­junto de incon­ve­nien­tes coti­dia­nos: lle­var velas a las fies­tas de Navi­dad por­que Sen­dero volaba las torres eléc­tri­cas pun­tual­mente a media­no­che; sellar las ven­ta­nas con cinta adhe­siva por si la onda expan­siva de una bomba las hacía esta­llar; saber que al oír una explo­sión hay que tirarse al piso con la boca abierta para que los tím­pa­nos no revien­ten; salir de copas tem­prano para vol­ver a casa antes del toque de queda; reac­cio­nar con calma ante los fusi­les que te apun­ta­ban a la cabeza si tenías que acer­carte dema­siado a ins­ta­la­cio­nes mili­ta­res. Con la prác­tica, los actos más maca­bros se con­vier­ten en ruti­nas que eje­cu­tas mecá­ni­ca­mente, sin pararte a pen­sar.

Quizá por eso, tres meses des­pués de la bomba en Tarata, cuando cap­tu­ra­ron a Abi­mael Guz­mán, decidí –como casi todos, supongo– borrar de mi memo­ria los últi­mos diez años. Y acep­tar lo que hiciese falta. Tras la cap­tura, el golpe de Estado de Alberto Fuji­mori incre­mentó su apoyo popu­lar. Pro­gre­si­va­mente se fue­ron endu­re­ciendo las leyes con­tra el terro­rismo y el nar­co­trá­fico. Se ins­ti­tu­ye­ron tri­bu­na­les mili­ta­res sin ros­tro para juz­gar los deli­tos de trai­ción a la patria. Casi 500 inocen­tes fue­ron encar­ce­la­dos sin que nadie pro­tes­tase fuera de las ONG de dere­chos huma­nos que el gobierno des­acre­di­taba sis­te­má­ti­ca­mente. Era el costo de la paz. Una madru­gada, cinco ami­gos míos que salían de una fiesta fue­ron arres­ta­dos por tomarse fotos borra­chos dema­siado cerca de un cuar­tel mili­tar. Dur­mie­ron cua­tro noches en una celda de la Direc­ción Nacio­nal con­tra el Terro­rismo, en con­di­ción de sos­pe­cho­sos. Al salir, ni siquiera esta­ban moles­tos. Les pare­cía lo nor­mal.

Ni siquiera los inte­lec­tua­les ni los escri­to­res pro­tes­ta­ron mien­tras el Ser­vi­cio de Inte­li­gen­cia ampliaba sus facul­ta­des y la Super­in­ten­den­cia Tri­bu­ta­ria se con­ver­tía en un órgano polí­tico de chan­taje. De hecho, las reac­cio­nes indig­na­das espe­ra­ron al último ter­cio de la década, cuando se disol­vió el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal y el Perú aban­donó la juris­dic­ción de la Corte Inter­ame­ri­cana de Dere­chos Huma­nos. Y aún así, ante el miedo al resur­gi­miento del terro­rismo, esas cosas resul­ta­ban dema­siado abs­trac­tas para la opi­nión pública: reso­lu­cio­nes, decre­tos, pape­les. De hecho, muchos aún creía­mos –como yo traté de sos­te­ner ante Lans­siers– que para demo­cra­ti­zar al régi­men había que reti­rar del debate público todos los temas vin­cu­la­dos al terro­rismo, que sólo nos des­acre­di­ta­ban a los demó­cra­tas.

Des­pués de escu­char mi relato, que yo supo­nía con­mo­ve­dor, el padre Lans­siers son­rió y pidió otro vaso de leche. Luego me dijo:

–Cuando yo era niño, vivía en una pequeña ciu­dad cerca de Bru­se­las. Me acuerdo de ale­gría inmensa del 10 de mayo de 1940, cuando lle­ga­mos a la escuela y encon­tra­mos las puer­tas cerra­das. Ni siquiera sabía­mos por qué. Es ver­dad que ya se res­pi­raba un clima de gue­rra. Los dis­cur­sos de Hitler se trans­mi­tían por la radio y mis padres, que habla­ban ale­mán, sabían lo que estaba pasando. Pero noso­tros tenía­mos once años y todo eso nos pare­cía un poco pin­to­resco. Así que vol­vi­mos a casa corre­teando y jugando. A los cinco minu­tos, una flo­ti­lla apa­re­ció en el cielo y la gente salió de sus casas a gri­tar­nos que nos arro­je­mos al suelo mien­tras empe­za­ban a caer las bom­bas. El juego se nos acabó muy rápido.

Lo más extraño de la voz de Lans­siers era que pare­cía tener sólo un tono, en nin­gún momento se exal­taba ni se con­mo­vía. Narraba un fusi­la­miento como si fuese una receta de cocina. Ni siquiera se alte­raba para hablar de su fami­lia:

–Mi abuela la pasó mucho peor que noso­tros ése mismo día. Vivía en la tri­ple fron­tera con Holanda y Ale­ma­nia, donde exis­tía una for­ta­leza muy moderna. No me acuerdo el nom­bre, pero era una gran for­ta­leza. Los ale­ma­nes la ata­ca­ron con un cuerpo de para­cai­dis­tas. Las SS inva­die­ron el poblado y fusi­la­ron a mi abuela. Mi tía, en cam­bio, murió sepul­tada bajo los escom­bros de su casa. Cuando la encon­tra­ron supie­ron que su muerte no había sido inme­diata por­que en el suelo habían que­dando las mar­cas de sus uñas tra­tando de escar­bar una salida. En ese pue­blo no quedó ni una sola casa.

A par­tir de enton­ces, según el relato del sacer­dote, la fami­lia Lans­siers empezó a dor­mir y tra­tar de vivir en el sótano, donde los bom­bar­deos eran menos peli­gro­sos. Los mayo­res tenían cierta expe­rien­cia. La madre había sido pri­sio­nera de los ale­ma­nes varias veces en Lieja, durante la Pri­mera Gue­rra, en la que había ser­vido como correo desde la Holanda libre. El padre era un socia­lista rabioso que había ser­vido en la Legión Extran­jera. En la casa, se levan­ta­ban desde siem­pre con la trom­peta y se dor­mían con la Inter­na­cio­nal como can­ción de cuna. Le pre­gunté a Lans­siers si ser socia­lista no era prác­ti­ca­mente un delito para los nazis. Él me ofre­ció una humeante son­risa:

–Daba igual. El sim­ple hecho de exis­tir era un delito para los nazis.

En esos años, Ale­ma­nia peleaba la plaza con­tra Bél­gica e Ingla­te­rra, que cada vez ofre­cían menor resis­ten­cia. Las fami­lias debían dor­mir con las male­tas lis­tas para cuando los SS entra­sen a los pue­blos y nece­si­ta­sen las casas. Si al prin­ci­pio los pobla­do­res derro­ta­dos eran obli­ga­dos a con­se­guir pro­vi­sio­nes y aten­der las nece­si­da­des de todo tipo de los inva­so­res, pronto se reve­la­ron como des­ga­na­dos y hasta peli­gro­sos. El avance de Hitler empezó a rea­li­zarse sobre tie­rra que­mada y eva­cuada, el único des­tino de los derro­ta­dos era el pare­dón o la huida. Hasta que, como recuerda Lans­siers, patea­ron su puerta con una orden: -¡Bum, bum, bum, tie­nen que irse!

El pue­blo entero tomó lo que pudo –este tipo de avi­sos se daba con vein­ti­cinco minu­tos de anticipación-, aban­donó sus casas y empezó a cami­nar en direc­ción a Fran­cia. Parte de la Blitz­krieg con­sis­tía en cor­tar los cana­les de comu­ni­ca­ción a su paso para que el enemigo no pudiese rear­ti­cu­larse, de manera que la fuga debía ser rápida y con­cluir antes de que todos los puen­tes fue­sen vola­dos. Pero otra parte de la estra­te­gia de ocu­pa­ción era ase­gu­rar el pánico de los inva­di­dos y eli­mi­nar a los que fuese posi­ble, y eso se cum­plía dis­pa­rando ráfa­gas inter­mi­ten­tes sobre las vías de migración.

–Sí, lo recuerdo. Nunca había visto una carre­tera tan llena vaciarse tan rápido.

En esas con­di­cio­nes, la fami­lia Lans­siers llegó a la costa fran­cesa de Bou­logne. Por enton­ces, ya la gue­rra echaba un manto rojo y negro sobre Holanda y Fran­cia. Para los bel­gas no había escape posi­ble. Y sin embargo, tal vez cual­quier des­tino habría sido mejor que el que les tocó: Dun­kerke.

–La pri­mera vez que vi el mar no fue pre­ci­sa­mente en con­di­cio­nes muy poé­ti­cas. Los ingle­ses esta­ban tra­tando de reem­bar­car a sus hom­bres y los ale­ma­nes habían lle­gado a la carre­tera de la playa. Mi fami­lia pre­ten­día embar­carse hacia Ingla­te­rra, pero nues­tro buque fue hun­dido antes de tocar la ori­lla. El com­bate nos cercó bajo un camión entre las bate­rías de los navíos y el arma­mento pesado de tie­rra. Ade­más, esta­ban los Mes­sers­ch­midts, que lle­va­ban bajo las alas sire­nas que hela­ban la san­gre cuando se acer­ca­ban a tie­rra. Entre los res­tos de unos tan­ques ingle­ses y las cabe­zas rotas de todos los orí­ge­nes, mi madre nos abrazó a todos y nos dijo “ven­gan, hijos, al menos vamos a morir todos juntos”.Habían sal­tado de la sar­tén al fuego, lite­ral­mente. Tras la bata­lla, la fami­lia Lans­siers con­ti­nuó migrando pero en un estado de fata­lismo y resig­na­ción, con la calma que impone saber que la única salida es la muerte y que puede venir en cual­quier momento. El depar­ta­mento Norte de Fran­cia, zona estra­té­gica para des­em­bar­cos y para dete­ner a los nazis, era bom­bar­deado hasta cien veces al día por uno y otro bando.

Acos­tum­bra­dos al sil­bido de las balas y a las sor­das explo­sio­nes de las gra­na­das, era real­mente difí­cil alte­rar a los refu­gia­dos, pero no con­mo­ver­los. El pequeño Hubert cono­ció la soli­da­ri­dad obli­gada de los sóta­nos con­ver­ti­dos en refu­gios anti­bom­bas y las sopas impro­vi­sa­das con cás­ca­ras de patata que los fran­ce­ses ofre­cían a los migran­tes en el camino. Tam­bién vio las peleas e inclu­sive las deten­cio­nes de sol­da­dos SS con­tra per­so­nas que, a pesar de todo, salían a ofre­cer comida a los pri­sio­ne­ros cuando mar­cha­ban por las calles.

–Pero las vis­lum­bres de huma­ni­dad, aun­que ilu­mi­nan el espí­ritu, no lle­nan el estómago.

Lans­siers recor­daba el ham­bre como una pro­yec­ción a futuro, no como el ape­tito coti­diano que uno sabe que satis­fará en un rato sino como el vacío que uno tiene con­cien­cia de que no se lle­nará en una semana, ni en dos, tal vez ni en un mes. Sus pri­me­ras fan­ta­sías eró­ti­cas tenían forma de pla­tos de sopa de cebo­lla, y cuando en la escuela estu­diaba la Edad Media sólo le intere­saba saber qué se ser­vi­ría en la mesa de los seño­res feu­da­les, “creo que por eso era muy malo en mate­má­ti­cas”. Pronto apren­dió a robar la remo­la­cha que se sem­braba para las vacas y el poco car­bón que podía encon­trar, cuya impor­tan­cia podía ser la dife­ren­cia entre la vida y la muerte. Con tem­pe­ra­tu­ras de –14º en invierno, si uno se mojaba debía que­darse en la cama hasta secarse. Cual­quier res­frío podía resul­tar mor­tal.

–Sin embargo, creo que a los chi­cos nos tem­plaba el ánimo todo eso. Cuando bajá­ba­mos al sótano durante los bom­bar­deos, yo lo hacía paso a paso, majes­tuo­sa­mente. Mi madre odiaba eso.

Al ter­mi­nar la gue­rra, el joven Lans­siers se enroló en el ejér­cito de ocu­pa­ción aliado en una ciu­dad de Colo­nia des­truida, rodeado de ale­ma­nas que se ven­dían por tres ciga­rri­llos y casas par­ti­das por la mitad con bom­bas de aire com­pri­mido.

–No sentí nin­gún remor­di­miento, por­que nos com­por­ta­mos de un modo infi­ni­ta­mente más civi­li­zado que ellos con noso­tros. Pero ya para enton­ces, sabía bien que el lado blanco de las cosas no era tan blanco pero el negro sí era tan negro.

Ahí cono­ció las com­po­nen­das polí­ti­cas que no tenían sen­tido para él antes de los die­ci­séis, el trá­fico de armas entre alia­dos, y el sufri­miento de los pro­pios ale­ma­nes. Ya había visto des­fi­lar a los alia­dos que des­em­bar­ca­ron en Nor­man­día tan ago­ta­dos que ape­nas podían com­po­ner una son­risa. Y tam­bién había oído escu­pir dis­cre­ta­mente el estri­bi­llo “Hitler Scheisse” a los cam­pe­si­nos de Baviera y a los obre­ros de Sajo­nia que ocu­pa­ron su casa vio­len­ta­mente durante los últi­mos combates.

Al ter­mi­nar su his­to­ria –que des­pe­da­zaba a la mía– me quedé espe­rando la mora­leja acerca de la tole­ran­cia y el per­dón. Pero no llegó. Lans­siers no soltó una lec­ción de toda esa época. No pon­ti­ficó ni filo­sofó al res­pecto más allá de unas fra­ses car­ga­das de humor negro. Sus sen­ti­mien­tos al res­pecto pare­cían estar fabri­ca­dos de un escép­tico silen­cio. Tuve que pre­gun­tar:

-¿Es por eso que esco­gió venir acá?

Lans­siers dio el último trago de su leche y apagó un ciga­rro en un rebo­sante ceni­cero.

–Yo no he podido esco­ger muchas cosas en mi vida.

Luego se des­pi­dió y subió a su habi­ta­ción. Al día siguiente, todos vol­vi­mos a Lima.

Sema­nas des­pués de la visita a la cár­cel de Picsi, llegó a mi ofi­cina un caso ocu­rrido en el penal de Máxima Segu­ri­dad de Yana­mayo, Puno, donde cum­plían con­dena varios de los cabe­ci­llas sen­de­ris­tas. Las con­di­cio­nes de vida en Yana­mayo ya habían moti­vado varios moti­nes: la tem­pe­ra­tura por las noches des­cen­día hasta a –10 ºC y no había cale­fac­ción. La dis­tan­cia de cual­quier cen­tro poblado y las órde­nes mili­ta­res –en el Perú, la Poli­cía Nacio­nal tra­ba­jaba bajo con­trol militar-, no per­mi­tían, salvo esca­sas excep­cio­nes, visi­tas ni fis­ca­li­za­ción civil.

El último motín había ocu­rrido cuando las auto­ri­da­des del penal tra­ta­ron de deco­mi­sar los apa­ra­tos de radio, prohi­bi­dos en el inte­rior del recinto, al igual que los libros, las revis­tas y los perió­di­cos. En esa oca­sión, los terro­ris­tas se nega­ron a entre­gar los apa­ra­tos. La poli­cía llamó enton­ces a una fis­cal pro­vin­cial, que siguiendo el pro­ce­di­miento, hizo un reque­ri­miento ofi­cial. Los pre­sos se vol­vie­ron a negar. Sin insis­tir, la fis­cal pro­vin­cial aban­donó el lugar deján­dolo en manos de un bata­llón de la Direc­ción de Ope­ra­ti­vos Espe­cia­les. No hay infor­mes sobre lo que ocu­rrió en el inte­rior, pero al día siguiente, tres diri­gen­tes terro­ris­tas fue­ron eva­cua­das con hema­to­mas que mos­tra­ban que habían sido vio­la­das con garro­tes poli­cia­les, a los que las auto­ri­da­des lla­man “las varas de la ley”. A nin­gún otro reo se le per­mi­tió salir.

La prensa no cubrió el caso. Nadie lo men­cionó. Muchos perió­di­cos esta­ban dedi­ca­dos por enton­ces a la cam­paña para demos­trar la homo­se­xua­li­dad de los can­di­da­tos opo­si­to­res al gobierno. Uno de ellos, “El Chino”, había lle­gado a publi­car una foto de dos cabe­zas de cerdo cor­ta­das. En el pie de foto figu­ra­ban los nom­bres de los can­di­da­tos. Ni siquiera la Defen­so­ría podía fil­trar el caso de Yana­mayo a riesgo de per­der la escasa con­fianza que los mili­ta­res le con­ce­dían y, con ella, cual­quier posi­bi­li­dad de intervenir.

Empecé a intere­sarme enton­ces por el otro lado de la his­to­ria, el lado del que los escri­to­res no escri­bían y los perio­dis­tas no habla­ban, el de las matan­zas que habían sido come­ti­das “por nues­tro bien”. No había una cen­sura explí­cita en torno a esos temas. Se sabía de matan­zas como la de Uchu­rac­cay, en la que murie­ron ocho perio­dis­tas en el año 83, aun­que para la comi­sión inves­ti­ga­dora había sido difí­cil de deter­mi­nar con exac­ti­tud el grado res­pon­sa­bi­li­dad de los mili­ta­res de la zona. Se sabía de las fosas comu­nes en la sie­rra y de los estu­dian­tes y pro­fe­so­res ase­si­na­dos en la Uni­ver­si­dad de la Can­tuta o de la masa­cre que come­tió el Ser­vi­cio de Inte­li­gen­cia en Barrios Altos, ya durante el gobierno de Fuji­mori. Ofi­cial­mente nadie impe­día hablar de ello. Pero nadie que­ría hacerlo tampoco.

Durante un viaje de tra­bajo a Aya­cu­cho, la cuna de Sen­dero Lumi­noso, entré en con­tacto con Angé­lica Men­doza, una cam­pe­sina que­chuaha­blante que diri­gía la Aso­cia­ción Nacio­nal de Fami­lia­res de Secues­tra­dos, Dete­ni­dos y Des­a­pa­re­ci­dos en Zonas Bajo Estado de Emer­gen­cia en el Perú (ANFASEP).

Al hijo de Angé­lica, Arquí­me­des Ascarza, se lo habían lle­vado durante la madru­gada del 2 de julio de 1983. Doña Angé­lica recor­daba que fue­ron unos treinta hom­bres arma­dos con fusi­les y ame­tra­lla­do­ras, algu­nos ves­ti­dos de uni­forme, otros de civil. Baja­ron de dos camio­nes mili­ta­res y casi tum­ban la puerta a gol­pes. A la fami­lia tam­bién la gol­pea­ron y ame­na­za­ron mien­tras regis­tra­ban la casa –mien­tras des­truían la casa– en busca de algo, nunca supie­ron de qué. Sólo encon­tra­ron a Arquí­me­des des­calzo y en ropa de dor­mir. Lo saca­ron a ras­tras y carajos.

Sobre­po­nién­dose a los caño­nes que le apun­ta­ban a la cara, su madre se pren­dió de Arquí­me­des con uñas y dien­tes. A ella tam­bién la arras­tra­ron hasta el camión y luego la patea­ron para que lo sol­tase. Doña Angé­lica llamó a gri­tos a su vecino Eute­mio, que era poli­cía, pero él no salió de su casa. Desde el camión, Arquí­me­des le pidió a su madre que lo reco­giese a la mañana siguiente en el cuar­tel. Esa fue la última vez que doña Angé­lica vio a su hijo. El chico tenía 19 años y que­ría ser poli­cía.

Horas des­pués del secues­tro empe­za­ría la trá­gica odi­sea de doña Angé­lica por los cuar­te­les y comi­sa­rías de Hua­manga. El Ejér­cito dijo que no sabía nada, que tal vez la Guar­dia Repu­bli­cana, pero los repu­bli­ca­nos la envia­ron a la Guar­dia Civil, que sugi­rie­ron que tal vez la Poli­cía de Inves­ti­ga­cio­nes. En todas par­tes, la res­puesta fue siem­pre igual, “no sabe­mos, mamita, no sabe­mos nada”.

Nada.

Dos sema­nas des­pués, un sos­pe­choso de terro­rismo libe­rado de la base mili­tar de Los Cabi­tos le llevó a doña Angé­lica una carta de su hijo. La letra era tem­blo­rosa pero alcan­zaba para saber que estaba vivo. Arquí­me­des le con­taba que lo tor­tu­ra­ban, y que si se que­jaba, lo calla­ban y lo tor­tu­ra­ban más. Su com­pa­ñero de celda dijo que una mujer, harta del tor­mento, ase­guró que Arquí­me­des era terro­rista. Lo último que supo su com­pa­ñero fue que se lo lle­va­ron en un helicóptero.

Enlo­que­cida por la deses­pe­ra­ción, Doña Angé­lica empezó a cono­cer las que­bra­das donde echa­ban a los muer­tos: Pura­cuti, Pay­co­cha­llocc, Huas­cahura. Algu­nas de ellas esta­ban vigi­la­das. Reci­bió ame­na­zas de muerte pero ya no le impor­taba. Res­pon­día “Si me quie­res matar, mátame, pero pri­mero dime dónde está mi hijo”. Ner­vio­sos, los sol­da­dos la insul­ta­ban, la empu­ja­ban, la saca­ban de las que­bra­das, ella los insul­taba de vuelta y se dispu­taba los cadá­ve­res con los perros y los cer­dos. Sólo que­ría saber si estaba ahí Arquí­me­des, lo único que nece­si­taba era la prueba final. Nin­gún sol­dado pudo dis­pa­rarle nunca. Muchas veces ni siquiera hallaba resis­ten­cia. En una oca­sión, en el cemen­te­rio de Qui­nua, la Poli­cía des­en­te­rró quince cuer­pos para que ella los reco­no­ciese. “Nin­guno es tu hijo”, le dije­ron, “a estos los ha traído la Marina de Esc­cana.” Uno por uno, Doña Angé­lica reco­no­ció a un pro­fe­sor de San Miguel y a toda su clase. En efecto, nin­guno de ellos era su hijo. Antes de irse, los poli­cías le dije­ron, “tú eres madre, todos tene­mos madre. Ruega por noso­tros por favor, para que no nos pase nada”.

Durante su tra­ve­sía, doña Angé­lica des­cu­brió que otras per­so­nas tam­bién bus­ca­ban a sus hijos, a sus padres, a sus her­ma­nos o pare­jas. Casi espon­tá­nea­mente, una agru­pa­ción civil fue sur­giendo de esas cami­na­tas angus­tio­sas. Cuando ya eran alre­de­dor de treinta, empe­za­ron a reci­bir ame­na­zas. La mayo­ría aban­donó el grupo. Doña Angé­lica no cejó. Viajó a Lima con un pequeño grupo a dor­mir bajo los árbo­les frente al Minis­te­rio de Jus­ti­cia. Final­mente con­si­guie­ron que un fis­cal las acom­pa­ñase a algu­nas de las fosas comu­nes. Pero cuando lle­ga­ron, los cadá­ve­res ya no tenían cabe­zas o tenían el ros­tro pintado.

Ante la pre­sión de las fami­lias, los fis­ca­les se ofre­cie­ron a par­ti­ci­par en las bús­que­das, pero usual­mente pos­po­nían las inter­ven­cio­nes hasta que los cuer­pos des­a­pa­re­cían. En res­puesta, los fami­lia­res, ya orga­ni­za­dos bajo el nom­bre de ANFASEP, deci­die­ron levan­tar los cadá­ve­res y lle­var­los al hos­pi­tal antes de denun­ciar sus hallaz­gos. Tam­bién empe­za­ron a cui­dar a los huér­fa­nos de los des­a­pa­re­ci­dos. Pidie­ron un terreno rega­lado, soli­ci­ta­ron apoyo de diver­sas aso­cia­cio­nes de dere­chos huma­nos y de la Igle­sia para cons­truir un techo de cala­mina, com­pra­ron la comida que pudie­ron, enfren­ta­ron las acu­sa­cio­nes de terro­rismo. Entre la cari­dad de algu­nas per­so­nas y sus inter­mi­na­bles ges­tio­nes, saca­ron ade­lante un pequeño local.

360 niños habían sido cui­da­dos y ali­men­ta­dos en ANFASEP hasta el momento en que hablé con Angé­lica. La aso­cia­ción había lle­gado a tener 800 miem­bros. Pero los años pasan y los muer­tos, como dice Mac­beth, no son sino pin­tu­ras, retra­tos, pla­tos vacíos en las mesas. El des­aliento de no lograr una res­puesta fue minando la moral de la aso­cia­ción y la redujo a cien per­so­nas. Doña Angé­lica, huér­fana de hijo, con­ti­nuó, sin embargo, en la pre­si­den­cia. Habían pasado die­ci­siete años desde la oscura noche en que empezó su bús­queda, y aún enton­ces, cada vez que sonaba la puerta, en su mente bri­llaba la ins­tan­tá­nea ilu­sión de que fuese Arquí­me­des. Lo único que había guiado su vida era saber dónde estaba y qué se había hecho con él, aun cuando en ese momento, casi cua­tro­cien­tos niños y jóve­nes de Aya­cu­cho, cada vez que la veían, le decían “mamá”.

Mien­tras doña Angé­lica me con­taba su his­to­ria, pensé que ella y yo pare­cía­mos venir de dos paí­ses dis­tin­tos, o de una gue­rra civil entre esos dos paí­ses, una gue­rra para la cual a mí me había bas­tado pro­te­germe con cinta adhe­siva en las ven­ta­nas. Y a ella no le había bas­tado con nada.

Poco des­pués de esa entre­vista, volví a toparme con Hubert Lans­siers. En reali­dad, con un libro de artícu­los que aca­baba de publi­car. A él en per­sona lo veía apa­re­cer por la Defen­so­ría con cierta fre­cuen­cia, pero no se acor­daba de mí ni de nues­tra con­ver­sa­ción y, aun­que lo hubiera hecho, no era de los que para­ban a salu­dar. Iba direc­ta­mente a sus asun­tos.

El libro en cues­tión, del que yo debía hacer una reseña, reco­pi­laba artícu­los escri­tos a lo largo de años sobre situa­cio­nes de emer­gen­cia huma­ni­ta­ria que él había pre­sen­ciado en Asia. Su redac­ción era tan ácida y cor­tante como su manera de hablar, y aña­día una gran dosis de sen­tido común ante la bru­ta­li­dad. Una vez más, me hizo sen­tir como un imbécil.

Por lo que con­ta­ban los artícu­los y lo que fui ave­ri­guando para la reseña, a media­dos de la década del 50, Hubert Lans­siers tomó los hábi­tos de los Sagra­dos Cora­zo­nes de la Reco­leta y par­tió en misión de evan­ge­li­za­ción a Oriente. El archi­pié­lago al que llegó a estu­diar teo­lo­gía el joven semi­na­rista era prác­ti­ca­mente un país del cuarto mundo para cuyos habi­tan­tes todos los extran­je­ros eran ame­ri­ca­nos. Sin embargo, Lans­siers no encon­tró la resis­ten­cia a los extran­je­ros que sí había visto en Ale­ma­nia. La filo­so­fía nipona con­si­deró con jus­ti­cia y sim­pleza que el empe­ra­dor había per­dido el man­dato del cielo y que había venido a reem­pla­zarlo otro sho­gun lla­mado McArt­hur.

El pri­mer tra­bajo de Lans­siers fue en el Hok­kaido, el país de la nieve, la isla más sep­ten­trio­nal del Japón, donde las capas de hielo pue­den alcan­zar los seis metros. Los habi­tan­tes de esa zona son cau­ca­sia­nos de raza, “las muje­res tie­nen hasta bigote”. Se trata de la zona con menos extran­je­ros. Cuando Lans­siers salía a com­prar, los niños lo rodea­ban sor­pren­di­dos por sus ojos redon­dos, su color y su esta­tura. Y susu­rra­ban a coro “es ame­ri­cano”, “es ame­ri­cano”. Cuando el padre supo sufi­ciente japo­nés, pudo res­pon­der “no, no soy ame­ri­cano”. Más sor­pren­di­dos aún, los niños no le res­pon­die­ron. Sólo con­ti­nua­ron mur­mu­rando “es mes­tizo, es mes­tizo”. Curio­sa­mente, el Hok­kaido es una de las zonas más cató­li­cas del país por­que fue cate­qui­zada hace cua­tro­cien­tos años, durante la época de los Toku­na­was. Tal grado de cato­li­cismo, por supuesto, no repre­senta más del 2% de la pobla­ción.

A tem­pe­ra­tu­ras impo­si­bles y con la habi­ta­ción forrada de ideo­gra­mas para apren­der una len­gua que le pare­cía hui­diza como el mer­cu­rio, Hubert Lans­siers ase­gura haber sido feliz durante muchos años. Hasta que tuvo que movi­li­zarse a Indo­china, pre­ci­sa­mente cuando cre­cía al máximo el poder de un movi­miento comu­nista que ame­na­zaba con revo­lu­cio­nar el con­cepto de revo­lu­ción: el khmer rouge entraba en escena.

Lans­siers trató de entrar a Sai­gón antes de que lo tomase el Viet­nam, pero llegó tres días tarde y tuvo que bajar a Cam­boya con las fuer­zas fran­ce­sas que habían luchado con­tra los comu­nis­tas y se reti­ra­ban hacia el Mekong. Se pasó una década entre la reti­rada fran­cesa, la lle­gada de los ame­ri­ca­nos y el avance de los Viet­cong por un lado y Pol Pot por el otro. Viajó con los ran­gers sur­viet­na­mi­tas que inva­die­ron Cam­boya. Fas­ci­nado con la gue­rra, ase­gura haberse sen­tido como un pez en el agua entre los com­ba­tes: “hasta los males­ta­res esto­ma­ca­les que había tenido mucho tiempo, des­a­pa­re­cie­ron en cuanto lle­gué”. Lejos de har­tarse, cuando se ente­raba de un con­flicto en el que no podía par­ti­ci­par, se sen­tía frus­trado. Algún tiempo des­pués, tuve oca­sión de pre­gun­tarle sobre esa época:

–Usted venía de una fami­lia socia­lista. ¿Nunca se iden­ti­ficó con los comu­nis­tas?

–Yo aprendí desde muy chi­quito a escu­char y no tomar el par­tido de nadie. Y los comu­nis­tas ahí fue­ron reci­bi­dos con feli­ci­dad por su gente pero empe­za­ron a por­tarse como unos sal­va­jes inme­dia­ta­mente. Ni qué decir de los gooks, unos monos.

-¿Estaba usted del lado de los ame­ri­ca­nos, entonces?

–Los ame­ri­ca­nos eran una banda de idio­tas. No sabían ni dónde esta­ban para­dos. A un tipo que conocí, un sica­rio que los ayudó a come­ter muchos ase­si­na­tos, yo le pre­gun­taba “¿Cómo le va con sus ami­gos ame­ri­ca­nos?” y él res­pon­día, “nada, fuera de una exce­siva cor­dia­li­dad exte­rior, no hay nada. Al menos con los fran­ce­ses, esto era una que­re­lla de amor”. Cuando entré a Cam­boya con los sur­viet­na­mi­tas, sus socios de Esta­dos Uni­dos se reti­ra­ron a los tres días que­mando toda la comida y la pro­vi­sión que habían traído. Y a noso­tros nos habría venido tan bien, ahí muer­tos de ham­bre en medio de la jun­gla. Unas bes­tias.

La vida coti­diana en ese con­texto era poco menos que una ruleta rusa. Lans­siers recor­daba entre risas que si ibas al cine, había un doble sus­penso: el de la pelí­cula y el de no saber si ibas a regre­sar vivo a casa. Las salas tenían una malla en la entrada para con­te­ner las gra­na­das, mien­tras hubo salas. Cada grupo tenía su comité de ase­si­na­tos, y todos tra­ta­ban de enve­ne­narse mutua­mente. Inclu­sive los cató­li­cos anti­co­lo­nia­lis­tas y las sec­tas extra­va­gan­tes como los hoa-hoa, que ado­ra­ban a Víc­tor Hugo. Comer una sopa china era casi un sui­ci­dio. Solían echar pelos de tigre en el caldo, para cor­tar los intes­ti­nos de las víc­ti­mas. Y a eso se suma­ban las cos­tum­bres más pecu­lia­res. En algu­nos salo­nes de baile, el espec­táculo incluía mala­ba­res con tigres. Pero des­pués del show, nadie ama­rraba las fie­ras, que se pasea­ban entre las mesas, “recuerdo a varias seño­ras que gri­ta­ban de repente por­que un mons­truo les estaba mor­dis­queando los pies. Real­mente, era muy divertido”.

El con­flicto, los con­flic­tos, aún no tenían ni visos de extin­guirse cuando Lans­siers fue tras­la­dado y tuvo que tomar un bana­nero en Tokio rumbo a una Amé­rica Latina que nunca había cono­cido. Lans­siers ya pare­cía mucho más un aven­tu­rero o un refu­giado que un sacer­dote. En un bar pana­meño, una noche de tor­menta, le pre­guntó a un amigo:

-¿Quié­nes son esos idio­tas que bai­lan bajo la llu­via allá en la calle?.

El hom­bre les echó una expe­ri­men­tada mirada de mari­nero viejo y res­pon­dió:

–Son de Lima, ahí nunca llueve. ¿Tú a dónde vas?.

–Justo ahí — res­pon­dió Lans­siers.

Y luego, ter­mi­nando su copa, mas­cu­lló:

–Mierda.

Del mismo país al que él no que­ría lle­gar en los años setenta, yo me que­ría lar­gar mien­tras leía su libro, unos veinte años des­pués. Pero lo malo de saber de gente que ha estado en situa­cio­nes tan gra­ves –como Lans­siers, como Angé­lica– es que dejan en ridículo las situa­cio­nes de uno.

Yo estaba harto del Perú, y supongo que con razón. Antes de la Defen­so­ría del Pue­blo había tra­ba­jado como guio­nista de una tele­no­vela. Pero el canal –que tenía una línea infor­ma­tiva de opo­si­ción– fue expro­piado de su dueño y entre­gado a los socios mino­ri­ta­rios, así que la pro­gra­ma­ción cam­bió. Des­pués estuve a punto de escri­bir los guio­nes de un pro­grama cómico, hasta que el actor prin­ci­pal fue con­tra­tado por el canal del Estado con guio­nis­tas asig­na­dos por la junta direc­tiva. De inme­diato, el humor polí­tico –al menos el humor de opo­si­ción– des­a­pa­re­ció de sus guio­nes. Y el tra­bajo en tele­vi­sión des­a­pa­re­ció de mi futuro.

Más ade­lante, entré como perio­dista en un dia­rio ofi­cia­lista, una empresa casi fic­ti­cia, por­que el dia­rio no se ven­día en reali­dad. Su única uti­li­dad era publi­car por­ta­das ama­bles que el gobierno agra­de­cía con su apoyo a otras empre­sas del dueño. Muchos colum­nis­tas polí­ti­cos no creían en lo que escri­bían, pero tenían fami­lias que man­te­ner y no se que­ja­ban. Los edi­to­ria­lis­tas habían inven­tado un con­curso: quién escribe el artículo más rápido a favor del gobierno. El récord estaba en cinco minu­tos con veinte segundos.

Las pers­pec­ti­vas de vida, pues, eran paté­ti­cas. Y sin embargo, ante las his­to­rias que iba des­cu­briendo, mis pro­ble­mas me pare­cían cada vez más un capri­cho de niño rico. Supongo que los que hemos tenido edu­ca­ción reli­giosa y fami­lias de izquier­das tene­mos dos estig­mas: la famosa culpa y esa cosa que lla­ma­mos “cons­cien­cia social”. Aun­que nos las tra­te­mos de qui­tar de encima, siem­pre nos que­dan reza­gos de esas taras. En este caso, ambas me hacían sen­tir como una cuca­ra­cha bur­guesa.

En un esfuerzo por hacer al menos mi pequeña gesta heroica per­so­nal, decidí sumer­girme en el tema de los des­a­pa­re­ci­dos para escri­bir un repor­taje, en el que inclui­ría decla­ra­cio­nes de Lans­siers, con la espe­ranza de ven­dér­selo a alguno de los pocos dia­rios de opo­si­ción. Lans­siers lle­vaba vin­cu­lado a los temas huma­ni­ta­rios y de terro­rismo desde que esos temas exis­tían en el Perú y, por lo gene­ral, rehuía las entre­vis­tas, las decla­ra­cio­nes polí­ti­cas y las tomas de posi­ción, lo cual aumen­taba su valor. Yo pen­saba que, con lo que sabía de él, podría sacarle algu­nos comen­ta­rios bas­tante con­tun­den­tes. Para la infor­ma­ción gene­ral sobre el tema de las desa­pa­ri­cio­nes en el Perú con­taba con la pro­pia ins­ti­tu­ción en que tra­ba­jaba y sus archivos.

Sería sufi­ciente, al menos para comen­zar. Entre 1980 y 1996, más de 10,000 expe­dien­tes sobre desa­pa­ri­cio­nes y eje­cu­cio­nes extra­ju­di­cia­les se acu­mu­la­ron en las ofi­ci­nas del Minis­te­rio Público sin con­se­cuen­cias para los ase­si­nos. Los pocos pro­ce­sos judi­cia­les que se lle­ga­ron a abrir se inte­rrum­pie­ron en 1995 con una ley de amnis­tía. En 1996, cuando el Minis­te­rio Público tras­ladó algu­nas de sus fun­cio­nes a la recien­te­mente creada Defen­so­ría del Pue­blo, la ins­ti­tu­ción reci­bió tam­bién el acervo docu­men­ta­rio sobre temas de dere­chos huma­nos. Durante cua­tro años, un equipo espe­cial estuvo revi­sando el archivo. El resul­tado fue el hallazgo de 7762 casos de des­a­pa­re­ci­dos, de los cua­les 1674 habían reapa­re­cido vivos, 514 muer­tos, y 4,022 con­ti­nua­ban hasta ese momento sumi­dos en el mis­te­rio.

Según la infor­ma­ción dis­po­ni­ble, una cons­tante en los cuer­pos eran las seña­les de tor­tura. A veces, la muerte no había sido deli­be­rada, había sobre­ve­nido a con­se­cuen­cia de los mal­tra­tos físi­cos. Otras veces sí, los cadá­ve­res habían sido encon­tra­dos con las manos ata­das, de rodi­llas y con dis­pa­ros en la nuca o en la sien. Por lo gene­ral, los tiros de gra­cia se alo­ja­ban en la cabeza. En nin­gún caso, el eje­cu­tor miraba a los ojos de su víctima.

Las téc­ni­cas para ocul­tar la iden­ti­dad de los cuer­pos eran casi una repe­ti­ción de lo que se había hecho con ellos cuando esta­ban vivos: entre los res­tos encon­tra­dos, muchos habían sido des­pe­da­za­dos con explo­si­vos o les habían arran­cado los ojos.

La cifra de des­a­pa­re­ci­dos en el Perú supe­raba la de Chile y se acer­caba a la de Argen­tina durante los gobier­nos mili­ta­res de los años setenta. Sin embargo, sus fami­lia­res nunca habían sido reco­no­ci­dos, no habían pin­tado en la Plaza Mayor las silue­tas de la gente que per­die­ron, nin­gún escri­tor les había dedi­cado un libro y, por supuesto, no habían subido a un esce­na­rio con Sting o U2. Sus fami­lia­res tam­bién fue­ron des­a­pa­re­ci­dos de la memo­ria del país.

El manto de silen­cio que cubría todos esos casos sólo se explica por el miedo vis­ce­ral al terro­rismo y por una razón más triste aún: mien­tras que entre las víc­ti­mas del Cono Sur se con­ta­ban inte­lec­tua­les, artis­tas, perio­dis­tas y miem­bros de la clase media urbana, en el Perú todos fue­ron cam­pe­si­nos, muchos de ellos anal­fa­be­tos sin nin­gún con­tacto efec­tivo con el Estado, sin nin­gún repre­sen­tante. Nadie habló por ellos por­que ellos no eran nadie.

De hecho, la única carac­te­rís­tica común a todas las víc­ti­mas era jus­ta­mente su mise­ria: 2326 de ellas, el 58% del total, fue­ron repor­ta­das en uno de los depar­ta­men­tos más pobres del país, Aya­cu­cho. Huá­nuco, cen­tro de ope­ra­cio­nes del nar­co­trá­fico y de los dos prin­ci­pa­les gru­pos terro­ris­tas –el MRTA y Sen­dero Lumi­noso– ocu­paba el segundo lugar con ape­nas el 11%.

Lo más sor­pren­dente era que, a dife­ren­cia a la cos­tum­bre lati­noa­me­ri­cana, en el Perú de los que ya no están no hubo dife­ren­cia entre demo­cra­cia y dic­ta­dura. El regreso a la demo­cra­cia con el pre­si­dente Fer­nando Belaunde pro­dujo 1229 desa­pa­ri­cio­nes, casi 800 más que los cua­tro años pos­te­rio­res al golpe de 1992. El semes­tre de más desa­pa­ri­cio­nes –351– fue el último del gobierno demo­crá­tico de Alan Gar­cía. Sin embargo, durante la cam­paña con­tra Fuji­mori, Belaunde fue exal­tado como un pala­dín de la demo­cra­cia. Y a Gar­cía, sus enemi­gos polí­ti­cos lo ata­ca­ron siem­pre por su pésima ges­tión eco­nó­mica y nunca por las matan­zas que ocu­rrie­ron durante su gestión.

En mi opi­nión, toda esa infor­ma­ción podía bas­tar para arran­carle al imper­té­rrito Lans­siers una decla­ra­ción con­tun­dente. Ade­más, un nuevo hecho ali­mentó mis espe­ran­zas. Por enton­ces, tam­bién se acabó el tra­bajo de la comi­sión para el indulto de inocen­tes. La Defen­so­ría había anun­ciado su deci­sión de colo­car obser­va­do­res en las elec­cio­nes del 2000. En cas­tigo, el gobierno trans­fi­rió los casos pen­dien­tes de la comi­sión al Minis­te­rio de Jus­ti­cia. Era una oca­sión pro­pi­cia para que Lans­siers tuviese ganas de alzar la voz con­tra el régi­men.

Pasé dos sema­nas insis­tién­dole a su secre­ta­ria antes de lograr hablar con él. Le insistí a esa mujer en que tenía que hablar con Lans­siers per­so­nal­mente sin admi­tir que se tra­taba de una entre­vista, que con toda pro­ba­bi­li­dad recha­za­ría. Repetí en todas las lla­ma­das que tra­ba­jaba en la Defen­so­ría, tra­tando de ganarme su con­fianza. Final­mente, con­se­guí hablar con el sacer­dote y pedirle la entre­vista:

-¿Vamos a hablar de polí­tica? –preguntó-. No hablo de polí­tica. Hay cosas que no vale la pena ni comen­tar.

–Vamos a hablar de su memo­ria, padre Lans­siers, de su his­to­ria.

–Fran­ca­mente, no sé a quién le pueda intere­sar mi his­to­ria.

Pero me con­ce­dió la entre­vista, aun­que toda­vía no se acor­daba de mí. Creo que lo hizo sólo por cor­te­sía y por­que hacía tiempo que no des­em­pol­vaba algu­nos recuer­dos.

La noche ante­rior a nues­tro encuen­tro, soñé con los perros de Deng Xiao Ping col­ga­dos de los pos­tes.

En la entre­vista, dedi­qué mis pre­gun­tas sólo a la expe­rien­cia de Lans­siers en el Perú. El sacer­dote había lle­gado en la segunda mitad de los setenta, vía Gua­ya­quil. En esa ciu­dad cono­ció dos cosas que des­pués ten­dría que aguan­tar hasta el can­san­cio: la cos­tum­bre de los vigi­lan­tes de sonar sus sil­ba­tos toda la noche sin nece­si­dad y la leva, el reclu­ta­miento for­zoso de jóve­nes car­ga­dos a gol­pes en camio­nes mili­ta­res para ser­vir a la Patria como Dios manda.

Pero, aun­que venía cur­tido de enfren­ta­mien­tos mili­ta­res, la pri­mera ima­gen del Perú la pare­ció más cho­cante que la peor de las gue­rras: Chim­bote, una ciu­dad por­tua­ria cons­truida para extraer ancho­veta y fabri­car harina de pes­cado, pro­ducto en el cual el Perú ocu­paba durante los años setenta el pri­mer lugar de pro­duc­ción en el mundo. Habi­tada sólo por los colo­nos que lle­ga­ron para vivir del boom, rodeada de dunas secas, sucia y carente en abso­luto de áreas ver­des, Chim­bote es con­si­de­rada con jus­ti­cia la ciu­dad más fea del país, opi­nión que su per­ma­nente olor a pes­cado no ayuda a des­men­tir.

–Y las muje­res, su modo de cami­nar, sus chis­mes, pare­cían yeguas. Yo nunca había viso eso en Oriente.

Lans­siers, el día que ama­ne­ció frente al puerto, quiso morir y no pudo.

Tam­poco pudo huir. Empezó a tra­ba­jar con los comer­cian­tes infor­ma­les japo­ne­ses en el mer­cado negro de La Parada y dedicó un tiempo a sus cla­ses en la escuela. Pero bastó que su currí­cu­lum cir­cu­lase un poco entre los obis­pos para que su vida repo­sada diese un vuelco más. En 1979, un año antes del comienzo de la gue­rra interna, Lans­siers fue desig­nado cape­llán de la super­po­blada y caó­tica cár­cel de Luri­gan­cho. Casi inme­dia­ta­mente des­pués, y casi con­tra su volun­tad, se sumó a sus fun­cio­nes la cape­lla­nía de El Fron­tón, una mítica pri­sión en la isla de San Lorenzo que albergó a los más impor­tan­tes pre­sos polí­ti­cos durante déca­das de his­to­ria peruana.

Si Luri­gan­cho estaba dedi­cada sobre todo a delin­cuen­tes comu­nes, la his­to­ria del Fron­tón la con­vir­tió en el último des­tino de los sen­de­ris­tas desde que sus aten­ta­dos empe­za­ron a cobrar vidas, en el año ochenta, cuando la demo­cra­cia regresó al país bañada en sangre.

Los sen­de­ris­tas no eran como los demás pre­sos. Tenían un sen­tido de colec­ti­vi­dad inque­bran­ta­ble que pasaba por des­fi­lar y orga­ni­zar cere­mo­nias con ban­de­ras rojas e imá­ge­nes de Mao. Usa­ban uni­for­mes caqui estilo chino y mar­cha­ban ento­nando him­nos con bas­tante más dis­ci­plina de la que los mis­mos poli­cías podían mos­trar. Pronto, su patio de la cár­cel fue para­dó­ji­ca­mente decla­rado “zona libe­rada”. Al Pabe­llón Azul, cual­quier mili­tar o civil, cual­quiera que no fuese miem­bro del par­tido, tenía el ingreso prohi­bido. Sólo entra­ban las balas. Y el padre Lans­siers.

–La pri­mera vez que entré, la recep­ción fue gélida. Pedí hablar con el dele­gado del pabe­llón. Un tipo me llevó a otro tipo, que me llevó donde otro, y éste donde otro… hasta que dije “esto parece el Vati­cano, cuando uno quiere hablar con el Papa: pri­mero hay que hablar con el obispo y luego con el otro obispo, que te lle­van donde el Mon­se­ñor, que te lleva donde otro…” Pero no sur­tió efecto el comen­ta­rio. Care­cían abso­lu­ta­mente de sen­tido del humor. Cuando al fin logré hablar con el dele­gado, trató de adoc­tri­narme. Al final les pro­puse un acuerdo: “yo no voy a cate­qui­zar­los a uste­des; y uste­des, no vale la pena ni que tra­ten con­migo”. Enton­ces empe­za­mos a lle­var­nos bien.

El tra­bajo de cape­llán, en estos casos, no tuvo nada que ver con abs­trac­cio­nes teo­ló­gi­cas. La pri­mera labor de Lans­siers fue bus­car col­cho­nes, que no había. Y la pri­mera idea que se le ocu­rrió fue lla­mar al fla­mante pre­si­dente de la Repú­blica Fer­nando Belaúnde a Pala­cio de Gobierno. No tenía nin­gún con­tacto ni hizo nin­guna ges­tión, “yo no cal­cu­laba mucho mis fuer­zas por enton­ces”, pero lo increí­ble es que su lla­mada acabó lle­gando sema­nas des­pués a oídos del pre­si­dente quien, furioso, ordenó que man­da­sen col­cho­nes al Fron­tón, “que es una ver­güenza que ten­gan que venir los extran­je­ros a preo­cu­parse por nues­tros pro­pios pre­sos”.

Sin embargo, no todas las auto­ri­da­des lo tra­ta­ron tan ama­ble­mente. Su incon­ce­bi­ble preo­cu­pa­ción por los terro­ris­tas y su insis­ten­cia en adver­tir con sus artícu­los perio­dís­ti­cos sobre los inocen­tes con­de­na­dos lo con­vir­tie­ron en sos­pe­choso de sub­ver­sión. La Marina de Gue­rra le puso todas las tra­bas que pudo, y la Direc­ción Nacio­nal con­tra el Terro­rismo lo man­tuvo vigi­lado por años. Si con­ti­nua­ban per­mi­tién­dole asis­tir a las cár­ce­les, la única razón era que nadie más podía entrar a los pabe­llo­nes de terroristas.

-¿Así que su rela­ción con las fuer­zas arma­das ha sido siem­pre tensa?

–La rela­ción con la gente que lleva armas de fuego suele ser tensa. Y en esa época, los poli­cías usual­mente dis­pa­ra­ban, casi por hobby. Mata­ban perros, pája­ros y a veces, gente. Un día mata­ron a dos inter­nos. Cuando el fis­cal y el juez entra­ron por los cadá­ve­res, fue­ron secues­tra­dos. Enton­ces me lla­ma­ron. Yo lle­gué preo­cu­pado por­que había dejado el auto esta­cio­nado en una zona en que se lo iban a robar, así que que­ría resol­ver ese asunto rápido. Les dije a los del pabe­llón “por una mal­dita vez el fis­cal y el juez expli­can a los poli­cías que no se mata a la gente, los rega­ñan al menos, y uste­des ¿Qué hacen? Van y los secues­tran ¿Se han vuelto locos?”. Pero ellos que­rían hacer su litur­gia a los cadá­ve­res, que es mucho más com­pli­cada que la cató­lica: “cama­rada Fulano, muerto por el perro Belaúnde, te ven­gará el Ejér­cito Revo­lu­cio­na­rio…”, cada frase repe­tida nueve veces por los cama­ra­das, con pasa­mon­ta­ñas y dis­cur­sos con­tra cada uno de los fun­cio­na­rios, y si alguno de ellos que­ría hablar lo calla­ban. Tuve que pasarme toda la noche ahí para que no les hicie­ran nada. Como a las cinco de la mañana, empe­za­ron a deli­be­rar si devol­ve­rían los cuer­pos. Dos horas más. Al final vino uno y me dijo: “com­pa­ñero, hemos deci­dido que no le vamos a devol­ver los cuer­pos a la reac­ción ven­de­pa­tria… Se los vamos a dar a usted”. Lo único que atiné a pen­sar fue “qué suerte que son más bien del­ga­dos”. Los car­gué hasta afuera y se los devolví a la reac­ción. No me roba­ron el auto pero, por supuesto, nadie fue cas­ti­gado por los ase­si­na­tos. En otra oca­sión, toma­ron de rehén a toda la plana mayor del Ins­ti­tuto Nacio­nal Peni­ten­cia­rio, en fin, todas las noches había una llamada.

Eso fue en 1985. Al año siguiente, en julio, un motín con­junto de terro­ris­tas en los prin­ci­pa­les pena­les del país fue repri­mido con una nueva ver­sión de solu­ción final: cen­te­na­res de pre­sos fue­ron ase­si­na­dos en un día bajo órde­nes direc­tas del gobierno de Alan Gar­cía. Lans­siers los cono­cía a todos. Desde enton­ces, el padre se dedicó a tra­ba­jar por una recon­ci­lia­ción cuyo pri­mer paso, segu­ra­mente for­zado, se dio recién más de una década des­pués con el acuerdo de paz pro­puesto por el líder Abi­mael Guz­mán desde la pri­sión.

–Hasta ahora, ni los sen­de­ris­tas ni el gobierno saben de qué se trata ese acuerdo, pero ellos han cam­biado. Ya no cele­bran los aten­ta­dos, al con­tra­rio, los deplo­ran. Y lo más impor­tante: ahora tie­nen sen­tido del humor.

El segundo paso se dio cuando el padre Lans­siers logró que el gobierno crease la comi­sión ad hoc para el indulto de inocen­tes acu­sa­dos de terro­rismo, que durante tres años con­si­guió cinco mile­nios de liber­tad si se suman las con­de­nas aho­rra­das a cua­tro­cien­ta­se­tenta per­so­nas. Y sin embargo, el camino por reco­rrer es bas­tante más largo:

–Muchos de los faná­ti­cos son sim­ple­mente per­so­nas que quie­ren que todos los cam­bios socia­les se hagan ya. Por eso no les gusta la demo­cra­cia, por­que es fruto de muchos acuer­dos y con­sen­sos, por­que toma mucho tiempo.

-¿Nunca ha sen­tido miedo, padre?

–En reali­dad, no.

-¿Por qué?

–No sé por qué, creo que me falta ima­gi­na­ción. En algu­nas situa­cio­nes, habría sido más inte­li­gente tener miedo.

-¿Cuál es el movi­miento más letal que ha cono­cido?

–El khmer rouge. Esos eran irra­cio­na­les. Los sen­de­ris­tas tam­bién, pero han cam­biado.

-¿Y si un khmer rouge tomase el poder en el Perú, sen­tiría miedo?

Lans­siers apagó el último ciga­rri­llo casi rebal­sando el ceni­cero. Tras tres horas de lucha, todo pare­cía indi­car que final­mente expre­sa­ría un sen­ti­miento, quizá hasta hiciera una decla­ra­ción de valo­res por­que, por pri­mera vez, se tomó unos segun­dos casi imper­cep­ti­bles para pen­sar su res­puesta.

–Sí, sen­tiría miedo. Pero no me iría. Es una cues­tión de prin­ci­pios. Sim­ple­mente, uno tiene que hacer algo para que no se maten entre todos. Y a menudo, lo único que hace falta es que los enemi­gos se conoz­can.

Durante nues­tras tres horas de con­ver­sa­ción, no sacó con­clu­sio­nes, ni me dio res­pues­tas, ni me resol­vió nin­guna duda. Elu­dió cual­quier pre­gunta que impli­case una opi­nión y se negó a decir nada que no fuese una narra­ción pura y directa, sin emo­ción visi­ble, sobre las cosas que había visto. Salí de su ofi­cina con un repor­taje dema­siado largo para publi­carlo en nin­guna parte y la cabeza llena de cosas que nadie que­rría saber.

La parte nove­dosa del repor­taje, la infor­ma­ción sobre los des­a­pa­re­ci­dos, fue recha­zada hasta por los perió­di­cos de opo­si­ción, con el argu­mento de que la noti­cia no tenía ángulo ni entraba en la coyun­tura. Uno de los edi­to­res me sugi­rió que mejor escri­biese un repor­taje sobre chi­cas en la playa. Algo con fotos más agra­da­bles.

Meses des­pués, el 11 de octu­bre del 2000, aban­doné el Perú.

Muchas cosas han ocu­rrido desde enton­ces en el país. La dic­ta­dura ter­minó, y curio­sa­mente, estuvo a punto de ser ele­gido pre­si­dente Alan Gar­cía, el de las matan­zas. A lo mejor lo logra en las pró­xi­mas elec­cio­nes. Ade­más, una Comi­sión de la Ver­dad inves­tigó la ver­da­dera can­ti­dad de muer­tos y des­a­pa­re­ci­dos entre los años 80 y los noventa. Su diag­nós­tico señala alre­de­dor de 70,000 víc­ti­mas, casi la mitad por acción de las fuer­zas arma­das y poli­cia­les. Aún no se ha juz­gado a nadie por esos crí­me­nes. Y tras la des­ac­ti­va­ción de la comi­sión de indul­tos, tam­poco ha sido libe­rado un solo inocente más.

Fuera del país, tam­bién el terro­rismo ha dejado de ser lo que fue. Ahora pro­duce gue­rras y deter­mina la polí­tica exte­rior de los paí­ses más gran­des. Quizá por eso, cada vez com­prendo mejor la neu­tra­li­dad escép­tica del padre Hubert Lans­siers. Cuando se enfren­tan dos gru­pos, uno que defiende el orden aun­que cueste la muerte y otro que defiende la jus­ti­cia aun­que cueste la muerte, al final no queda orden ni jus­ti­cia. Sólo mucha muerte. De un modo u otro, siem­pre es igual: son los mis­mos perros de Deng Xiao Ping que siguen col­gando de los pos­tes del mundo, y lo único que cam­bia es el pelaje frío de sus cuerpos.

© San­tiago Ron­ca­gliolo 2006

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