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Cómo miente Chomsky

enero 6, 2010

ACLARACION: He leído este pan­fleto de prin­ci­pio a fin, y pese a ser admi­ra­dor del Chomsky y sus espe­ran­zas de acer­car­nos a ser un pla­neta más justo, tam­bién me camino con cui­dado cuanto se trata de acep­tar a pie jun­ti­llas todas sus teo­rías en con­tra de una Nor­te­amé­rica cons­pi­ra­tiva. Final­mente, la duda nunca ofende, nos hace más racio­na­les y nos ayuda a sacar nues­tras pro­pias conclusiones.

Noam Chomsky me ins­pira mucho res­peto, pero frente a lo que se hace “polí­ti­ca­mente correcto” (amada frase de los estu­pi­dó­lo­gos ya lo sé) les dejaré para su cri­te­rio el siguiente texto:

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Cómo miente Chomsky

Por: Daniel Rodrí­guez Herrera

“Buena parte de los escri­tos pro­pa­gan­dis­tas son sim­ple fal­si­fi­ca­ción. Los hechos mate­ria­les son supri­mi­dos, las fechas, alte­ra­das y las citas, saca­das de con­texto y mani­pu­la­das para cam­biar su sig­ni­fi­cado” (George Orwell)

Noam Chomsky es, para el New York Times, “pro­ba­ble­mente el inte­lec­tual vivo más impor­tante”; para el Chicago Tri­bune, “el autor vivo más citado del mundo”, y para la Rolling Stone “uno de los más res­pe­ta­dos e influ­yen­tes inte­lec­tua­les del mundo”. Chá­vez pro­clama su ado­ra­ción por él en la ONU. Los “afa­ma­dos” guio­nis­tas Ben Affleck y Matt Damon ala­ban su pan­fleto Fabri­cando con­sen­sos en la pelí­cula El indo­ma­ble Will Hun­ting. Una bús­queda en Goo­gle de su ape­llido ofrece apro­xi­ma­da­mente 13.400.000 resul­ta­dos. Para poner esto en pers­pec­tiva hay que indi­car que sobre Lenin y Sta­lin “sólo” hay, según el mismo bus­ca­dor, 14 y 15 millo­nes de men­cio­nes en inter­net, respectivamente.

Chomsky dice con­si­de­rarse anar­quista. Sin embargo, su supuesta ideo­lo­gía no tiene real­mente impor­tan­cia ni para él ni para sus segui­do­res, de ahí que el hecho de que haya inver­tido su con­si­de­ra­ble for­tuna capi­ta­lista de dos millo­nes de dóla­res en fon­dos de inver­sión a nom­bre de sus hijos, para evi­tar los impues­tos a la muerte, que ofi­cial­mente deplora, no haya pro­vo­cado heca­tombe alguna entre sus faná­ti­cos. No, el lin­güista debe su popu­la­ri­dad a sus aná­li­sis de polí­tica inter­na­cio­nal, que dan un bar­niz apa­ren­te­mente aca­dé­mico a la reli­gión pre­fe­rida entre la pro­gre­sía: el anti­ame­ri­ca­nismo, con su com­pa­ñero inse­pa­ra­ble, el “anti­sio­nismo”. Para alcan­zar su esta­tus de icono izquier­dista Chomsky sólo ha tenido que tras­la­dar el pres­ti­gio ganado en el campo de la lin­güís­tica a la polí­tica y, en esta nueva ocu­pa­ción, men­tir. Eso sí, con mucha clase.

Un aca­dé­mico hon­rado, aun cuando parta de ideas pre­con­ce­bi­das, las reexa­mina a par­tir de los datos que va encon­trando y las modi­fica, o no, depen­diendo de lo que la reali­dad le enseñe. Chomsky emplea el método opuesto. Parte de unas con­clu­sio­nes comu­nes a todos sus escri­tos: que Esta­dos Uni­dos e Israel son los cau­san­tes de todo el mal en el mundo, a par­tir de ellas busca los datos que pue­dan con­fir­mar­las y desecha los demás. Eso, en el mejor de los casos. En el peor, sim­ple­mente se los inventa.

Selec­ción de fuentes

Uno de los méto­dos de Chomsky para refor­zar sus argu­men­tos es esco­ger las fuen­tes que los apo­yan, por más débi­les que sean en com­pa­ra­ción con aqué­llas que los con­tra­di­cen. Por ejem­plo, en El Trián­gulo Fatí­dico: Esta­dos Uni­dos, Israel y los pales­ti­nos, obra dedi­cada a cul­par a Israel –y a Esta­dos Uni­dos, claro– de todo lo malo que sucede en Oriente Medio, Chomsky jus­ti­fica los actos vio­len­tos de los musul­ma­nes con­tra los judíos en 1929 con una supuesta “pro­vo­ca­ción” en forma de mani­fes­ta­ción orga­ni­zada por un grupo juve­nil “de corte fas­cista” lla­mado Betar. Para jus­ti­fi­car esta afir­ma­ción se basa en dos fuen­tes. La pri­mera es Simha Fla­pan, escri­tor de segunda fila y edi­tor israelí de izquier­das; es el his­to­ria­dor ele­gido para sopor­tar la afir­ma­ción de que la matanza de 133 judíos fue “pro­vo­cada” por esa mani­fes­ta­ción. Sin embargo, Fla­pan lo comenta de pasada y no ofrece jus­ti­fi­ca­ción alguna para tal afir­ma­ción. Estu­dio­sos a los que el mismo Chomsky alaba y emplea, como Y. Porath o Chris­top­her Skyes, expli­can que judíos y musul­ma­nes estu­vie­ron pro­vo­cán­dose unos a otros en los días y sema­nas pre­ce­den­tes. La mani­fes­ta­ción de Betar pro­vocó una con­tra­ma­ni­fes­ta­ción árabe en el mismo lugar al día siguiente, pero no hay razo­nes para pen­sar que moti­vara la car­ni­ce­ría de Hebrón, que tuvo lugar una semana des­pués. Es espe­cial­mente nota­ble el caso de Skyes, pues es a él a quien cita Chomsky como prin­ci­pal “auto­ri­dad” sobre esas muer­tes, pero pre­fiere igno­rarlo cuando no es afín a sus tesis. El ori­gen de la cali­fi­ca­ción de Betar como “fas­cista”, donde tam­bién halla­mos a Fla­pan, se las trae, pero lo vere­mos en el pró­ximo epígrafe.

Su segunda fuente es el perio­dista nor­te­ame­ri­cano Vicent Sheean, como “tes­tigo pre­sen­cial” de dicha mani­fes­ta­ción, lo que al pare­cer le da auto­ri­dad para expli­car unas matan­zas que no vio. La opi­nión de Sheean sobre los acon­te­ci­mien­tos entra en con­flicto con la de muchos otros tes­ti­gos, pero Chomsky lo escoge a él y sólo a él por­que apoya sus tesis. El hecho de que el perio­dista fuera un admi­ra­dor del Gran Muftí de Jeru­sa­lén y cali­fi­case en 1935 de “irra­cio­nal” el miedo de los judíos a los pogro­mos no parece des­ca­li­fi­carlo como obser­va­dor bien infor­mado, al menos a los ojos de Chomsky.[1]

La reac­ción de Chomsky a los aten­ta­dos del 11-S fue memo­ra­ble: “Los ata­ques terro­ris­tas fue­ron gran­des atro­ci­da­des. En su escala, sin embargo, puede que no lle­guen al nivel de muchas otras, de los bom­bar­deos de Clin­ton sobre Sudán, por ejem­plo, hechos sin nin­gún pre­texto creí­ble, que des­tru­ye­ron la mitad de sus recur­sos far­ma­céu­ti­cos y mata­ron un número des­co­no­cido de per­so­nas”. Pre­gun­tado sobre esto en una entre­vista, ase­guró que su inten­ción era mos­trar que el número de muer­tos no era algo raro, com­pa­rán­dolo con una acción menor de los Esta­dos Uni­dos, acción que “de acuerdo con las esti­ma­cio­nes rea­li­za­das por la emba­jada ale­mana en Sudán y Human Rights Watch, pro­ba­ble­mente pro­vocó dece­nas de miles de muertes”.[2] La ONG publicó una carta expli­cando que no había rea­li­zado estu­dio alguno[3] y que su refe­ren­cia a la emba­jada, en reali­dad, se refe­ría al emba­ja­dor de enton­ces, que, en un artículo de opi­nión escrito des­pués de dejar el cargo (bási­ca­mente, una dia­triba anti­ame­ri­cana), daba la cifra que repite Chomsky como “posi­ble” y sin abso­lu­ta­mente nin­guna base empí­rica en la que sostenerla.[4] Resulta, por otra parte, dudoso que una catás­trofe huma­ni­ta­ria seme­jante se hubiera pro­du­cido sin que nadie salvo un emba­ja­dor se hubiera dado cuenta. En el bom­bar­deo en sí, rea­li­zado por pen­sar la Inte­li­gen­cia esta­dou­ni­dense que la fábrica ela­bo­raba arma­mento quí­mico, murió un guar­dia de segu­ri­dad, pues se hizo de noche con el obje­tivo de pro­vo­car el menor número de víc­ti­mas posible.

Pero aún puede hacerse una selec­ción más des­ver­gon­zada de las fuen­tes en las citas. Por ejem­plo, Chomsky afirma que las razo­nes de segu­ri­dad para las tres prin­ci­pa­les amplia­cio­nes del pre­su­puesto del Ejér­cito tras la Segunda Gue­rra Mun­dial (lle­va­das a cabo por Tru­man, Ken­nedy y Reagan) son débi­les o fabri­ca­das, mien­tras que no se hizo nada para evi­tar en 1950 un riesgo ver­da­dero: los misi­les balís­ti­cos inter­con­ti­nen­ta­les con cabe­zas nucleares.[5] La refe­ren­cia con que debe­ría demos­trar sus tesis es una cita a… dos ante­rio­res tra­ba­jos suyos, en los que repite la misma acu­sa­ción. Y el caso es que no esta­ría mal que apor­tara alguna prueba de lo que escribe, por­que resulta com­pli­cado afir­mar, en pri­mer lugar, que Esta­dos Uni­dos sabía en 1950 (siete años antes del Sput­nik) la tec­no­lo­gía que se le venía encima, ni qué hubiera podido hacer al res­pecto de haber for­mado parte de las preo­cu­pa­cio­nes de los gober­nan­tes, dado que Sta­lin no era pre­ci­sa­mente alguien que hiciera caso a las suge­ren­cias de los diplo­má­ti­cos esta­dou­ni­den­ses.

Fal­sea­miento de fuentes

Otra inve­te­rada cos­tum­bre de Chomsky es hacer que sus pos­tu­ras que­den refren­da­das por alguna publi­ca­ción impor­tante. Quie­nes han exa­mi­nado ese tipo de afir­ma­cio­nes sue­len encon­trarse con que las citas en cues­tión no dicen lo que el radi­cal anti­ame­ri­cano ase­gura que dicen, sino que, en muchas oca­sio­nes, afir­man exac­ta­mente lo con­tra­rio. Por ejem­plo, para defen­der el libro de una fan de Milo­se­vic que niega las matan­zas ser­bias en Bos­nia Chomsky se basa en la favo­ra­ble reseña de un tal “Robert Caplan” en la pres­ti­giosa Inter­na­tio­nal Affairs, de la “Royal Aca­demy”. El caso es que Caplan lo ponía a caer de un burro y se llama Richard, y la revista de marras está edi­tada por el Royal Ins­ti­tute of Inter­nal Affairs.[6]

Una de las prin­ci­pa­les joyas en la his­to­ria inte­lec­tual de Chomsky es su nega­ción del geno­ci­dio cam­bo­yano. En 1977 jus­ti­ficó esa pos­tura, entre otras muchas razo­nes, en que “publi­ca­cio­nes como el Far Eas­tern Eco­no­mic Review, el Eco­no­mist de Lon­dres, el Mel­bourne Jour­nal of Poli­tics y otras han publi­cado aná­li­sis rea­li­za­dos por espe­cia­lis­tas cua­li­fi­ca­dos que han estu­diado todas las evi­den­cias dis­po­ni­bles y con­cluido que las eje­cu­cio­nes lle­ga­ron como mucho a los miles y estu­vie­ron limi­ta­das a zonas con escaso con­trol por parte de los jeme­res rojos“[7]. Sin embargo, lo que el Eco­no­mist publicó fue un artículo favo­ra­ble a la esti­ma­ción de cien­tos de miles de eje­cu­cio­nes lle­vada a cabo por el jesuita fran­cés Fra­nçois Pon­chaud. Es en una carta al direc­tor de un fun­cio­na­rio de una agen­cia de la ONU, escrita como res­puesta a ese artículo, donde se encuen­tra la esti­ma­ción que cita Chomsky. La carta dice, lite­ral­mente, “siento que esas eje­cu­cio­nes podrían ser cifra­das en los cien­tos o en los miles más que en los cien­tos de miles”. Sin duda, todo un “aná­li­sis” rea­li­zado por un “espe­cia­lista cua­li­fi­cado” que ha estu­diado “todas las evi­den­cias dis­po­ni­bles”. Por su parte, en el Far Eas­tern Eco­no­mic Review lo máximo que se llegó a decir es que sólo podía cer­ti­fi­carse la eje­cu­ción de miles de per­so­nas, no que no hubiera más. La prác­tica tota­li­dad de las citas en ese artículo excul­pa­to­rio de los jeme­res rojos está mani­pu­lada de forma similar.[8]

Déca­das des­pués de este artículo, si bien Chomsky ya no podía negar la reali­dad del geno­ci­dio, claro, seguía inten­tando excul­par a los jeme­res rojos y acu­sar a los Esta­dos Uni­dos, en la medida de lo posi­ble. En reali­dad, la acti­tud de Chomsky ante cual­quier matanza es bas­tante pre­vi­si­ble. Si se le puede acha­car cual­quier res­pon­sa­bi­li­dad al gigante nor­te­ame­ri­cano, la matanza existe, alcanza pro­por­cio­nes épicas y es imper­do­na­ble. Si, por el con­tra­rio, está total­mente fuera de cual­quier posi­ble actua­ción esta­dou­ni­dense, o no existe (como los casos de Viet­nam tras la gue­rra, Cam­boya o Yugos­la­via) o sim­ple­mente no la comenta. En 2004 afir­maba que “los bom­bar­deos [esta­dou­ni­den­ses sobre Cam­boya], que la CIA estimó que habían matado unas 600.000 per­so­nas, movi­li­za­ron a los jeme­res rojos”. La esti­ma­ción de la CIA se refe­ría a muer­tes por ambos ban­dos, y adver­tía de que era una cifra dis­cu­ti­ble y de que no tenía “una buena justificación”.[9]

Tam­poco es nece­sa­rio irse a algo tan extremo como la nega­ción de la exis­ten­cia de una masa­cre o un geno­ci­dio, ni citar a una fuente res­pe­ta­ble. Vol­va­mos un momento a “ese movi­miento de estilo fas­cista que, en pala­bras de Fla­pan, des­cri­bía a Hitler como el sal­va­dor de Ale­ma­nia y a Mus­so­lini como el genio polí­tico del siglo”, es decir, Betar, o Betar según Chomksy, más bien. Resulta que Simha Fla­pan, ese autor de segunda, sim­ple­mente hablaba de la “nada velada sim­pa­tía de algu­nos de sus miem­bros hacia cier­tos regí­me­nes auto­ri­ta­rios (des­cri­bían a Hitler, por ejem­plo, como el sal­va­dor de Ale­ma­nia, y a Mus­so­lini como el genio polí­tico del siglo)”. En manos de Chomsky, “algu­nos de sus miem­bros” se trans­forma en toda la orga­ni­za­ción. Es más, el pro­pio Fla­pan reco­noce que no se basa en fuente alguna, sino en sus pro­pios recuer­dos como mili­tante de Has­ho­mer Hat­zair, una orga­ni­za­ción simi­lar a Betar pero socia­lista. En defi­ni­tiva, la base con la que Chomsky llama “fas­cista” a Betar es simi­lar a la que ten­dría cual­quier escri­tor que hubiera per­te­ne­cido a las juven­tu­des del PSOE o de ERC y se basara en sus recuer­dos para lla­mar den­tro de unas déca­das “fas­cista” a las Nue­vas Gene­ra­cio­nes del PP.

Turno para las pre­si­den­cia­les nor­te­ame­ri­ca­nas de 2004. Al habla Chomsky: “Las más pres­ti­gio­sas ins­ti­tu­cio­nes que con­tro­lan la opi­nión pública lle­va­ron a cabo estu­dios exten­sos rela­cio­na­dos con las elec­cio­nes. Justo antes de las mis­mas, este octu­bre. Se informó poco sobre ellos, prác­ti­ca­mente nada. Y son muy intere­san­tes: dicen mucho sobre las elec­cio­nes. En reali­dad, lo que dicen es que, en efecto, no tuvie­ron lugar”. Afir­ma­cio­nes extra­or­di­na­rias requie­ren prue­bas extra­or­di­na­rias, o eso dicen. En reali­dad, sólo nom­bra dos ins­ti­tu­cio­nes, y ambas se limi­ta­ron a hacer encues­tas rela­cio­na­das con el cono­ci­miento del público sobre la polí­tica exte­rior de EEUU. Eso se tra­duce en que 120 millo­nes de esta­dou­ni­den­ses en reali­dad no pusie­ron el pape­lito en la urna.[10]

Ocul­ta­ción de hechos incómodos

Algo que no debe ponerse nunca en el camino de una cru­zada exi­tosa es un hecho que la des­mienta. Por ejem­plo, en el citado Trián­gulo fatí­dico hay doce refe­ren­cias a Hitler, todas ellas dedi­ca­das a com­pa­rarlo con Israel, los sio­nis­tas o los judíos. Sin embargo, obvia el hecho bien cono­cido de la admi­ra­ción pública del Gran Muftí de Jeru­sa­lén por el Füh­rer y sus polí­ti­cas anti­se­mi­tas, y su inten­ción de visi­tarlo en 1943. Para hacerlo, sim­ple­mente lo hace des­a­pa­re­cer, a él y a su movi­miento polí­tico, de un libro supues­ta­mente dedi­cado a estu­diar la his­to­ria del con­flicto entre pales­ti­nos e israe­líes. Nin­gún his­to­ria­dor, ni siquiera los más proára­bes, había lle­gado a tal extremo antes que él.[11]

No obs­tante, el caso más fla­grante de esta prác­tica es Las inten­cio­nes del Tío Sam, pan­fleto dedi­cado a la his­to­ria de la Gue­rra Fría. El eco­no­mista Brad DeLong resume bien el prin­ci­pal pro­blema del libro: “Lo que objeto es la falta de fondo y de con­texto. Cuando se cuenta la his­to­ria de la Gue­rra Fría tal y como suce­dió –aun­que sea en sólo diez pági­nas– tiene que haber un lugar para Sta­lin, una inves­ti­ga­ción sobre el carác­ter de los regí­me­nes que Sta­lin patro­cinó y una eva­lua­ción de los pla­nes esta­li­nis­tas y de sus pro­gra­mas de expan­sión. Y Chomsky impla­ca­ble­mente suprime la mitad de la his­to­ria de la Gue­rra Fría, la his­to­ria de lo que suce­dió al otro lado del Telón de Acero”.[12] Es decir, Chomsky es capaz de con­tar la Gue­rra Fría como una serie de actos uni­la­te­ra­les. Así es sen­ci­llo mos­trar a Esta­dos Uni­dos como un mons­truo; tam­bién lo pare­ce­ría si nos mos­tra­ran el des­em­barco de Nor­man­día sin nin­gún con­texto, sin nin­guna expli­ca­ción de lo que había pasado en Ale­ma­nia y las razo­nes de la invasión.[13]

Las cosas oscuras

Noam Chomsky pro­cura no decir muchas de las cosas que dice. Uno lo lee, saca su con­clu­sión de lo que sig­ni­fica, va a pro­ce­der a cri­ti­carlo y, al releerlo aten­ta­mente, se da uno cuenta de que en reali­dad no ha dicho tajan­te­mente lo que da a enten­der. Por ejem­plo, Chomsky no duda de que Ben Laden haya lle­vado a cabo los aten­ta­dos del 11-S, sim­ple­mente afirma que, “quie­nes cono­cen bien las con­di­cio­nes, tie­nen tam­bién sus reser­vas en cuanto a la capa­ci­dad de Ben Laden para pla­near una ope­ra­ción tan sofis­ti­cada desde una cueva“[14]. Son otros, quién sabe quié­nes, los que dudan.

Fue famosa su acu­sa­ción de que Esta­dos Uni­dos estaba matando de ham­bre a millo­nes de afga­nos con su ata­que al régi­men tali­bán, rea­li­zada el 11 de octu­bre de 2001. Las pala­bras exac­tas, des­pués de invo­car la auto­ri­dad de la ONU y el New York Times como fuente (fal­seada, claro), fue­ron: “Parece que lo que está suce­diendo es algún tipo de geno­ci­dio silen­cioso”. Un mes des­pués mati­zaba leve­mente diciendo que nunca podría lle­gar a cono­cerse el número total de víc­ti­mas, pese a que todas las muer­tes masi­vas han dejado un ras­tro impo­si­ble de disi­mu­lar en la demo­gra­fía de los paí­ses donde han sucedido.[15] En febrero seguía hablando, en una entre­vista publi­cada por El Mundo, del “riesgo” de un “geno­ci­dio silencioso”.[16] Fíjense que nunca llega a afir­marlo del todo. Chomsky nunca dirá algo así como: “Esta­dos Uni­dos está pro­vo­cando un geno­ci­dio silen­cioso en Afga­nis­tán”; pri­mero, por­que sabe que es men­tira y, segundo, por­que sabe que su pre­dic­ción no se va a cum­plir y debe pre­pa­rar el terreno para corregirse.

Chomsky tam­bién ha hablado de “la eva­cua­ción de Phnom Penh”; “amplia­mente denun­ciada en su día y desde enton­ces por su indu­da­ble bru­ta­li­dad, podría en reali­dad haber sal­vado muchas vidas. Es sor­pren­dente que los hechos cru­cia­les rara­mente apa­re­cen entre las voces condenatorias”.[17] Se pone a salvo hablando de “bru­ta­li­dad” para luego decir, en con­di­cio­nal, que en reali­dad salvó vidas. Es de supo­ner que en esas vidas sal­va­das no cuenta los 30.000 niños que murie­ron; en total falle­cie­ron algo más de 800.000 habi­tan­tes de esa ciu­dad durante la dic­ta­dura comunista.

En defi­ni­tiva, Chomsky es un experto en el arte de enga­ñar, lo que le aho­rra el tra­bajo de men­tir. Tal y como argu­menta Bruce Sharp[18], un pro­pa­gan­dista ave­zado nunca diría: “El libro de Hil­de­brand y Por­ter mues­tra que las con­di­cio­nes bajo los jeme­res rojos eran bas­tante bue­nas”. Es mejor decir que el libro pre­senta una “ima­gen muy favo­ra­ble” y ala­barlo como “cui­da­do­sa­mente docu­men­tado”; el lec­tor sacará la con­clu­sión que quie­res que saque. Que el libro sea un pan­fleto comu­nista que no cita más que a las auto­ri­da­des del régi­men de los jeme­res rojos se oculta sin más. Por otro lado, si se desea decir que “el libro de Pon­chaud pre­senta una ima­gen falsa de las atro­ci­da­des bajo los jeme­res rojos”, es mejor limi­tarse a comen­tar que es un “maca­bro relato” ela­bo­rado “sin cui­dado” y “cuya vera­ci­dad es difí­cil de eva­luar”. Por supuesto, Pon­chaud decía la ver­dad sobre el geno­ci­dio cam­bo­yano, o al menos lo que podía saberse cuando se escribió.

Men­ti­ras directas

Chomsky pro­cura evi­tar men­tir sin sub­ter­fu­gios, por­que eso es más fácil­mente detec­ta­ble. Eso no quiere decir que no lo haga. Por ejem­plo, en una entrevista[19] en la que des­cribe el comienzo de la Segunda Inti­fada ase­gura que el 30 de sep­tiem­bre de 2000 Israel empezó a matar civi­les sin que “hubiera fuego por parte pales­tina”, que se limi­taba a “tirar pie­dras”. Des­gra­cia­da­mente para el pro­fe­sor, ese es justo el día en que murió el niño Moha­med al Durah durante un tiro­teo entre fuer­zas israe­líes y pales­ti­nas que medio mundo pudo ver por tele­vi­sión. Sin entrar a con­si­de­rar de quién fue­ron las balas que lo mata­ron final­mente, de lo que no cabe duda es de que tam­bién los pales­ti­nos usa­ban armas de fuego ese día en que Chomsky ase­gura que se limi­ta­ban a tirar piedras.

Vea­mos otro ejem­plo. Chomsky ha lle­gado a escri­bir en una carta[20] que, “en com­pa­ra­ción con las con­di­cio­nes impues­tas por la tira­nía y la vio­len­cia de EEUU, el Este de Europa bajo la esfera rusa era prác­ti­ca­mente un Paraíso”; un paraíso con millo­nes de muer­tos debi­dos a la repre­sión y en el que no había liber­tad, a la que parece con­ce­der muy poca impor­tan­cia el inte­lec­tual. Claro que, en el libro que le dio fama y for­tuna en esto de la polí­tica, llegó a escri­bir que “es rele­vante la his­to­ria de la colec­ti­vi­za­ción en China, que, com­pa­rada con la de la Unión Sovié­tica, mues­tra una mayor con­fianza en la per­sua­sión y la ayuda mutua que en la fuerza y el terror y parece haber tenido más éxito“[21], obviando así el ase­si­nato ofi­cial­mente reco­no­cido de 800.000 per­so­nas (ofi­cio­sa­mente, unos dos millo­nes) durante los pri­me­ros años de dic­ta­dura, sin duda un claro ejem­plo de per­sua­sión. Ade­más, la indus­tria­li­za­ción a mar­chas for­za­das impuesta por Mao en el Gran Salto Ade­lante llevó a unas 30 millo­nes de per­so­nas a morir, cabe supo­ner que tam­bién volun­ta­ria­mente, de hambre.

Tam­bién ha men­tido sobre sí mismo. Inten­tando hacerse la víc­tima, afirmó, sobre los ries­gos de “salirse del guión” en EEUU: “No es que te vayan a pegar un tiro en este país, como ocu­rri­ría en muchas socie­da­des ase­si­nas, pero hay sin duda san­cio­nes, en tér­mi­nos de carrera pro­fe­sio­nal, esta­tus, ingre­sos”. Sin embargo, una vez admi­tió que el Ins­ti­tuto Tec­no­ló­gico de Mas­sa­chu­setts sólo cubría “un 30 o un 40%” de su sala­rio. “El resto viene de otras fuen­tes, en su mayor parte del Depar­ta­mento de Defensa”.[22]

“Yo nunca dije eso”

De tanto en tanto, el peso de la reali­dad es tan abru­ma­dor que Chomsky se ve obli­gado a rec­ti­fi­car. Bueno, algo así. En reali­dad, su téc­nica prin­ci­pal es ase­gu­rar que nunca dijo o escri­bió lo que real­mente dijo o escri­bió. Por ejem­plo, negó haber apo­yado a Ho Chi Minh[23], pero de hecho pro­nun­ció un dis­curso, emi­tido por la nor­viet­na­mita Radio Hanoi el 14 de abril de 1970, durante un viaje de pla­cer pagado por el Gobierno del dic­ta­dor a inte­lec­tua­les con­tra­rios a la gue­rra, donde ala­baba el “tra­bajo cons­truc­tivo de la revo­lu­ción social del pue­blo viet­na­mita” y la “cons­truc­ción de una socie­dad de pros­pe­ri­dad mate­rial, jus­ti­cia social y pro­greso cultural”.[24]

Como era de espe­rar, en 2003 afirmó que “nunca había pre­di­cho” el famoso “geno­ci­dio silen­cioso” en Afga­nis­tán. Ase­guró que se había limi­tado a infor­mar de las adver­ten­cias de las agen­cias de ayuda huma­ni­ta­ria. Sin embargo, éstas se habían limi­tado a adver­tir del riesgo que corrían 7 millo­nes de afga­nos si se redu­cían los envíos de ayuda; Chomsky con­vir­tió eso en el hecho de que iban a morir 3,5 millo­nes y en que el Gobierno esta­dou­ni­dense lo sabía y le impor­taba una higa.[25]

Tam­bién des­min­tió haber afir­mado que Esta­dos Uni­dos y Gran Bre­taña uti­li­za­ron los ejér­ci­tos nazis para ata­car a la Unión Sovié­tica y pro­lon­gar el Holo­causto; dijo que se tra­taba de “acu­sa­cio­nes infan­ti­les publi­ca­das en revis­tas que inten­ta­ban des­acre­di­tar a enemi­gos polí­ti­cos” y “un intento de des­acre­di­tar a un enemigo polí­tico odiado”. Des­gra­cia­da­mente (para él), esa afir­ma­ción está gra­bada en vídeo.[26]

Quizá su des­men­tido más gra­cioso ha sido éste: “Siem­pre me he opuesto expli­cita y enér­gi­ca­mente a las teo­rías cons­pi­ra­to­rias, incluso soy cono­cido por ello”. Sin embargo, Chomsky ha dicho cosas como la que sigue: “En lo que se refiere a la pobla­ción en gene­ral, a la que se diri­gen los medios de comu­ni­ca­ción de masas reales, lo prin­ci­pal es qui­tár­se­los de encima. Hacer que se intere­sen por otra cosa. Depor­tes pro­fe­sio­na­les […], ¿Quién quiere ser millo­na­rio?, quién va a ganar las Series Mun­dia­les, sexo, cual­quier cosa que no importe. Y si vemos los medios de comu­ni­ca­ción de masas, eso es lo que hacen”. Car­los Sobera como parte de un plan malé­fico para domi­nar a las masas, ni más ni menos. Lo siguiente será cali­fi­car la manera que tiene de levan­tar la ceja como sis­tema de hip­no­sis colec­tiva; y, por supuesto, negar que eso sea una teo­ría conspiratoria.

Conclusiones

El culto a Chomsky se parece mucho a una reli­gión, sin duda. Crí­ti­cas como las que han sido expues­tas bre­ve­mente en este artículo han sido rara vez con­tes­ta­das sin una ads­crip­ción acrí­tica a las tesis de Chomsky, por más que se hayan demos­trado fal­sas. Es fre­cuente que los acó­li­tos argu­men­ten que tales “fallos” no son algo repre­sen­ta­tivo de su tra­bajo, sino acci­den­tes debi­dos a las pri­sas, o algo menor com­pa­rado con el resto de su extra­or­di­na­rio trabajo.

No hay duda de que los suce­si­vos gobier­nos de Esta­dos Uni­dos come­ten erro­res, y segu­ra­mente hayan per­pe­trado alguna que otra atro­ci­dad, aun­que es difí­cil, no obs­tante, encon­trar otro poder glo­bal en la his­to­ria de la Huma­ni­dad tan come­dido (no lo fue­ron el impe­rio bri­tá­nico o el espa­ñol, por ejem­plo). Pro­ba­ble­mente haya noti­cias sobre matan­zas y geno­ci­dios que resul­tan ser fal­sas. De lo que no cabe duda es de que jamás hay que fiarse de lo que diga Chomsky sobre ello.

Tam­poco hay que ser com­ple­ta­mente duros. Es indu­da­ble que algu­nas de las cosas que Chomsky ha dicho y escrito son cier­tas, aun­que él no se haya dado cuenta. Pero la mejor manera de acer­carse a uno de sus tra­ba­jos es recor­dar lo que dije­ron en su día de Lilian Hell­man y asu­mir que todo lo que ha escrito es men­tira, incluso los sig­nos de pun­tua­ción. Acer­ta­re­mos más.

[1] Wer­ner Cohn: “Com­pa­ñe­ros en el odio: Noam Chomsky y los nega­do­res del holocausto”.

[2] Entre­vista de salon.com a Noam Chomsky, 16 de enero de 2002.

[3] Carroll Bogert, direc­tora de comu­ni­ca­ción de Human Rights Watch.

[4] Tal y como denun­cia Keith Winds­chuttle en “La hipo­cre­sía de Noam Chomsky”, New Criterion.

[5] Noam Chomsky: World Orders Old and New, Pluto Press, pág. 61.

[6] Marko Attila Hoare, “La nega­ción del geno­ci­dio de Chomsky”.

[7] Noam Chomsky y Edward S. Her­man: “Dis­tor­tions at Fourth Hand”, The Nation.

[8] James Donald: “Chomsky lies”.

[9] Paul Bog­da­nor: “Las 100 prin­ci­pa­les men­ti­ras de Chomsky”.

[10] Oli­ver Kamm, “Chomsky’s finest”.

[11] Wer­ner Cohn, op. cit., nota 76.

[12] J. Brad­ford DeLong, “My Very Aller­gic Reac­tion to Noam Chomsky”.

[13] Hay un aná­li­sis más por­me­no­ri­zado del libro en Ben­ja­min Kers­tein, “Las inten­cio­nes del Tío Sam: una revisión”.

[14] Noam Chomsky: 11/09/2001, RBA, página 61.

[15] Brian Car­nell: “Chomksy back­pe­dals on ‘Silent Geno­cide’ in Afghanistan”.

[16] Entre­vista en El Mundo, 24 de febrero de 2002.

[17] Noam Chomsky y Edward S. Her­man: After the Cata­clysm, South End Press, 1979, página 160.

[18] Bruce Sharp: “Ave­ra­ging Wrong Ans­wers: Noam Chomsky and the Cam­bo­dia Controversy”.

[19] Monthly Review, noviem­bre de 2001.

[20] Reim­presa en Ale­xan­der Cock­burn, The Gol­den Age Is In Us (Verso, 1995), pági­nas 149–151.

[21] Ame­ri­can Power and the New Man­da­rins (edi­ción revi­sada , The New Press, 2002), página 137, nota 56.

[22] Paul Bog­da­nor, op. cit.

[23] New Sta­tes­man & Society, Reino Unido, 3 de junio de 1994.

[24] Tim Starr: “Noam Chomsky: Viet Cong cheerleader”.

[25] The Inde­pen­dent, 4 de diciem­bre de 2003.

[26] Paul Bog­da­nor, op. cit.

Tomado de: Liberalismo.org

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